VERDAD Y CIENCIA: DE LA PRESUNCIÓN DE INOCENCIA A LA PRESUNCIÓN DE CORRUPCIÓN

El día 22 de abril de 2017 los científicos han realizado marchas por la ciencia en más de 500 ciudades del mundo; cinco de estas marchas han tenido lugar en España y de la que se celebró en Madrid nos hemos hecho eco en esta plataforma. El prestigioso periódico británico The Guardian en el número de 18 de abril de dicho año ha titulado el artículo con el sugerente título: Scientists to take the streets in global march for truth (“Los científicos van a tomar la calle en una marcha global por la verdad”), en el que se comentaba analíticamente ese evento y sus dimensiones. Hay que insistir en esta iniciativa por la que muchos científicos han puesto en marcha un fenómeno global (la ciencia es universal) para defender la necesidad de aplicar el pensamiento (análisis) basado en la evidencia y el método científico.

Esta necesidad es, para quien escribe, cada vez más perentoria, cuando estamos en un momento de la historia en que se ha recogido, en un diccionario de prestigio internacional y se ha distinguido como “palabra del año”, el término posverdad. Este término se orienta a reconocer las mentiras que circulan social y políticamente como verdades, que se difunden como fruto de estrategias de emisión y de la insólita capacidad de aceptación por parte de una ciudadanía a la que atribuiría la condición de estar “clonada socialmente”.

Esta búsqueda de la verdad es el ambicioso y modesto, valga la paradoja, objetivo de este texto. Debo recurrir de nuevo, en el apartado de la modestia, a una invocación a las cualidades con las que abordo el reto. Soy un científico con más de medio siglo de carrera que ha apostado por la interdisciplinariedad, consciente del riesgo que conlleva esta adscripción[1], para lo que he contado con el vehículo de los estudios sobre ciencia, tecnología y sociedad (estudios CTS). En este camino, he dedicado a los últimos 25 años a explorar tanto la relación e influencia de la ética con la investigación científica y técnica, como a indagar si tales influencias se pueden vincular con la política científica.

Este trabajo es por lo tanto, aunque sorprenda a la ortodoxia, un análisis de la política, de la situación política española, desde la ciencia. Ya he aplicado esta aproximación en ocasiones anteriores expuestas precisamente en esta plataforma. En diciembre de 2015, tras el debate preelectoral que sostuvieron los candidatos a la presidencia del Gobierno, señores Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, publiqué un artículo, en el que bajo el marco de la ética de la responsabilidad -guía de nuestros trabajos en ética de la investigación científica y técnica-apliqué el análisis semántico al duro debate sostenido. Fue un artículo que firmaron conmigo, Federico Mayor Zaragoza, Jesús Ávila y Miguel Ángel Quintanilla, como respuesta a una reacción mediática y ciudadana sorprendente a nuestros ojos y oídos porque el señor Sánchez consideró indecente en el plano político al señor Rajoy y cuya reacción fue muy violenta e incluso rica en adjetivos descalificadores del señor Sánchez (http://www.fundacionsistema.com/el-deber-de-decir-la-verdad-hasta-aqui-hemos-llegado/).

Sin embargo no hubo equidad en la ciudadanía ni en los medios ya que, según ellos, aquello se tradujo en cinco puntos de incremento del voto del señor Rajoy, al considerar que el señor Sánchez se había excedido, mientras que no se criticaba la desmesurada reacción del otro candidato. Unos días después se publicó un segundo artículo, después de las elecciones, en el que se analizaba el resultado de las mismas bajo el prisma comparativo de la política y las éticas de la convicción y de la responsabilidad, método suscitado inicialmente por Max Weber, y utilizado en un libro póstumo de Javier Pradera para analizar el periodo de Gobierno socialista (http://www.fundacionsistema.com/evolucion-y-eticas-reflexiones-sobre-democracia-tras-las-elecciones-generales-de-diciembre-de-2015/).

La situación política en España en la primavera de 2017: el mal sueño de la corrupción

Pretendo profundizar en las reflexiones sobre esta pesadilla, planteando semánticamente el conflicto entre convicción y responsabilidad. Según el DRAE, convicción es “la seguridad que tiene una persona de la verdad o certeza de lo que piensa o siente”; una segunda acepción es “Idea religiosa, ética o política fuertemente arraigada”. Ambas acepciones reflejan el profundo componente de subjetivismo que presenta este concepto, con el yo y con la fe como referentes, de forma que el sujeto científico, el método científico, tropiezan con serias dificultades al enfrentarse a este concepto y a las circunstancias que lo definen.

Sin embargo, responsabilidad, según la misma fuente y Wikipedia, es la “cualidad de responsable”, es decir la” condición de actuar con la conciencia acerca de las consecuencias que tiene todo lo que hacemos sobre uno mismo y los demás”. Es por lo tanto un concepto relacional, más objetivo, y de este modo cercano al valor de la empatía. Con todo ello, la conexión y relación con la actividad científica gana evidencia y fuerza.

Con el armazón de este marco cognitivo y en aras de mi responsabilidad, estimo que la situación actual en España es grave. Para sustentar este diagnóstico preocupante me apoyo en el concepto de ecosistema, aplicado para el país y/o la sociedad como conjunto formado por los seres vivos y los elementos no vivos del medio, que dependen de la energía y de los alimentos, es decir de la jerarquía dentro de la cadena, en el presente caso, política y por lo tanto dependiente de las convicciones y las responsabilidades.

El primer nivel de responsabilidad sobre la situación política española se sitúa en la sociedad que es la que vota. Esta sociedad española parece revelar una importante dosis de conflicto entre convicción (la suma de la de sus individuos) y la responsabilidad (suma e integración de los compromisos), puesto que el partido más votado, el PP, parece mantener un suelo del 30 por ciento de fieles (es decir movidos por sus convicciones) independientemente de las cotas de responsabilidad política en la que incurran sus representantes. El segundo nivel reside en el partido que gobierna. Este papel se ejemplifica en quien es presidente del gobierno y presidente del partido a la vez, el señor Mariano Rajoy. En relación con este doble ejercicio, el señor Rajoy ofrece, en nuestra opinión, notables déficits y disfunciones por lo que concierne a los dos grandes problemas que experimenta España en estos momentos: el paro que acompaña a la desigualdad y la corrupción. En estas críticas cuestiones, el señor Rajoy parece actuar de acuerdo con sus convicciones y no enfrentando sus responsabilidades. Por lo que en toda acción pública, en cuanto puede, expone su creencia de que la política económica que aplica es la adecuada y además exitosa; en estas defensas solo se han escuchado referencias a los indicadores macroeconómicos, esencialmente al crecimiento del PIB. Aunque una reflexión en profundidad sobre este indicador excede de los límites de este artículo, sí quiero hacer algunas anotaciones sobre el mismo. Sostengo, con el apoyo de las ideas de economistas como Stiglitz,Sen, Fitoussi, Sachs, Piketty, Borrell por citar algunos, mis propias reflexiones desde hace tiempo acerca de que este indicador es limitado y artefactual: mide el crecimiento sin matices y para ello incorpora procesos de intercambio económico, tan dudosos en términos de ética y responsabilidad, como la venta de armas y equipamientos militares; la prostitución, el juego y el tráfico de drogas. Sin embargo, el PIB no cuenta, o mejor no descuenta, aquellas transacciones que resultan en la contaminación del agua y del aire; las que generan destrucción de grandes reservas naturales; las que determinan la pobreza infantil (por cierto, España tiene uno de los índices más altos como señalan organizaciones como Save the Children, entre otras muchas, puesto que uno de cada tres niños está en riesgo de pobreza o exclusión social ); la desigualdad (de nuevo con indicadores preocupantes para España según OCDE, Eurostat, Caritas, Cruz Roja y numerosos artículos académicos y de alta divulgación como el reciente de José María Maravall en la sección de Opinión de El País de 29 de marzo de 2017 en el que se reconocía, entre otros datos y consideraciones, que: “España se mantuvo en la cola de la desigualdad europea durante la crisis), así como el fraude fiscal o la corrupción.

Precisamente, la posición del señor Rajoy ante la corrupción es todavía más inquietante. No ha querido asumir la responsabilidad política indudable que le corresponde por haber ocupado puestos dirigentes en su partido, el PP, durante treinta años ,ni siquiera la ha asumido como presidente de un partido que está investigado por presunta financiación irregular, ni fue capaz de asumirla en una importante comparecencia ante las Cortes por haber apoyado telefónicamente al tesorero de su partido, el señor Bárcenas, investigado judicialmente y en prisión preventiva por varios delitos fiscales y de apropiación indebida. Apenas pidió excusas en aquella comparecencia que en términos de responsabilidad democrática debía saldarse con la dimisión (la petición de perdón o los votos populares no eximen de la responsabilidad pública). El señor Rajoy ha mostrado a lo largo de su actividad política una aversión por prevenir, prefiere alejarse de los problemas, negarlos (hundimiento del Prestigie, cambio climático), dejar que pase el tiempo: en plena vorágine mediática del caso Lezo, abril de 2017, estando en el extranjero, la recomendación que se transmitió a sus colegas de partido fue: “hay que esperar a que pase la tormenta”. Como conocedor de la investigación en salud pública que soy, debo informar y recordar a los lectores que la prevención ha sido y es el instrumento básico para erradicar enfermedades infecciosas e incluso metabólicas, y en analogía, la corrupción es una grave enfermedad política tanto infecciosa como metabólica.

Hay un hecho todavía más grave en el comportamiento del señor Rajoy respecto a la corrupción. En sus comparecencias ante el control público, sea parlamentario o mediático, el presidente del gobierno nunca menciona la palabra ni el nombre de los corruptos. De nuevo bajo la perspectiva científica, se diría que experimenta alteraciones en la teoría del lenguaje y en la neuropsicología y fisiopatología del lenguaje; me atrevería a sugerir que sufre un proceso al que definiría como “amnesia conceptual regresiva” (por cierto, en la rueda de prensa tras la última cumbre de Bruselas celebrada el 29 de abril de 2017, la única pregunta sobre corrupción que se le formuló fue respondida omitiendo la palabra y sus repercusiones socio-políticas). Irónicamente, estos olvidos de palabras, nombres y procesos se ven compensados con constantes referencias a la presunción de inocencia con la que pretende explicar o justificar su lentitud, incluso ausencia, de reactividad ante las cuestiones de responsabilidad política. Obviamente no soy experto en derecho pero sí, como científico implicado en la ética, me atrevo a señalar que un logro tan importante de la justicia en los Estados de Derecho, no puede ser usado arteramente para la defensa de la propia fe o de tus convicciones personales.

Los otros partidos políticos no se libran de las críticas ante el conflicto entre convicción y responsabilidad. Por un lado, PSOE y Ciudadanos se encuentran en una actualidad tan conflictiva presos de sus compromisos y convicciones (intereses) relacionados con el PP y con el mantra de la estabilidad (¿de quién?); están con ello incumpliendo cuotas importantes de su responsabilidad con los votantes en particular y con la ciudadanía en general.

Finalmente, los más conspicuos representantes de la nueva política, Unidos Podemos, continúan sumidos en su convicción de que hay que hacer política de impacto mediático (moda que inauguro quizá Berlusconi, continuada por Beppe Grillo, Trump…), lo cual conduce con frecuencia a olvidarse de las obligaciones parlamentarias, y recurrir a un autobús que pasea retratos de integrantes de la llamada “trama”, o bien, cuando se reconocen tales olvidos y se reacciona con promover y proponer algo tan importante y necesario como una moción de censura, se actúa de nuevo más impulsados por convicciones que por responsabilidad; se hace de forma poco adecuada y altamente improvisada. Tal modo de actuar, aunque pueda sonar injusto o irresponsable por mi parte, me induce a dudar entre si lo que se pretende es derrocar a Rajoy o más bien fortalecerlo y aposentarlo, movilizados los implicados por el afán de “ocupar los medios” en lugar de “asaltar los cielos”.

En suma, la sociedad española con sus virtudes pero también con notables defectos en calidad democrática, está siendo sometida a una saturación de “posverdades” y estrategias basadas en convicciones, ¿intereses particulares? La saturación es un fenómeno que desde la física, la química o la bioquímica revela problemas; cuando se da, no se puede aumentar la concentración de un soluto en un disolvente y se inhibe la actividad de las proteínas funcionales, los enzimas; es decir no se puede aumentar el cambio de situación o la transformación de una sustancia. Tampoco es favorable en economía ya que la saturación del mercado por exceso de oferta puede dar lugar a la caída de su precio. Se puede sugerir por tanto que el abuso de la corrupción y el uso excesivo de la presunción de inocencia pueden alterar el metabolismo democrático de la sociedad, dando lugar a contraponer la presunción de corrupción a la presunción de inocencia.

Por último, una nueva referencia científica, ahora en el campo de la biología evolutiva. Traigo a colación la conclusión a la que he llegado durante los análisis llevados a cabo en la última década sobre las relaciones entre evolución, ética y economía (La crisis de la sociedad actual y los riesgos de involución, La Catarata, 2016). El objetivo de la selección natural es la supervivencia y el instrumento para alcanzarla es la adaptación. La adaptación tiene lugar en un entorno de sociabilidad (NACE) integrado por tres elementos: Naturaleza (biología de los individuos y medio ambiente), Cultura y Ética, elementos interrelacionados pero sin jerarquía (no son un ecosistema). La calidad de esos elementos determinará la calidad del entorno y su influencia en las cualidades de los adaptados: si predominan la depredación ambiental en la relación entre biología y ambiente, la cultura del a explotación y el consumo desorbitado y las éticas de las convicciones basadas en la fe de cada uno sin esperanza y sin caridad, el resultado puede ser escalofriante.

Ciudadanos españoles! hay mimbres y datos para preocuparse!

Post scriptum. Cuando comento con José Félix Tezanos, antes de enviar los textos con mis reflexiones sobre convicción y responsabilidad, siempre me termina hablando y recomendando el texto de Max Weber con el título “El político y el científico”. Entrando en Google, he visto que está en Alianza y deberé leerlo. Pero hasta ahora no lo he leído y por ello debo y quiero señalar que mis consideraciones, sin duda más pobres y limitadas, son independientes de lo que el gran sociólogo planteó en un texto que por lo poco que he visto en Google no confrontaba ambas carreras o profesiones sino que las analizaba separadamente. Si es verdad que en la parte atinente al político se refiere, y confronta, la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad, con lo que habría en mi caso un principio de convergencia evolutiva intelectual (CEI). Sobre este concepto véase enlace: https://www.google.es/?gws_rd=ssl#q=convergencia+evolutiva+intelectual,emilio+mu%C3%B1oz&spf=382.
En el mismo sentido, recomiendo escuchar el programa, emitido mientras escribía este texto “A vivir que son dos días “que dirige Javier del Pino, día 30 de abril de 2017, horario de 9 a 10 am. Asimismo atraigo la atención sobre el artículo publicado en El País, pagina 2, sábado 29 de abril de 2017, de Julio Llamazares titulado “Perplejidad”. Son otros casos interesantes de CEI, evidentemente impulsados por la actualidad sociopolítica y la curiosidad intelectual.

[1] Wagensberg, Jorge , Tribuna Libre ,” La interdisciplinariedad en aforismos”, BABELIA, El País ,sábado 29.04.17,pág.14