¿SE EQUIVOCAN LAS ENCUESTAS?

Esta es una pregunta que resurge cada vez que hay elecciones y los resultados no coinciden con lo pronosticado por los sondeos previos. Ocupa también buena cantidad de espacio informativo en todo el mundo, especialmente desde 2016. En ese año “fallaron” en anticipar la victoria de Donald Trump en EEUU y la del Brexit en el referéndum realizado en Gran Bretaña. Estos dos resultados fueron uno de los principales temas abordados, con notable preocupación, en la asamblea anual de WAPOR (World Association for Public Opinión Research) de 2017. En este contexto, en 2018 se ha publicado un estudio en Nature Human Behaviour para demostrar que las encuestas no fallan. Los autores combinaron los datos de más de 26.000 encuestas sobre 338 procesos electorales en 45 países que tuvieron lugar entre 1942 y 2013. También incluyeron datos de elecciones celebradas entre 2014 y 2016. La variable dependiente ha sido la diferencia entre el porcentaje de voto recibido y el anticipado por la encuesta, en valor absoluto. El resultado principal del estudio es que no se ha producido un aumento en la tasa de error de las encuestas consideradas globalmente[i].

En cualquier caso, los resultados de las elecciones andaluzas nos proporcionan una buena oportunidad para reflexionar sobre el tema. Empecemos con un breve repaso de lo que ha ocurrido en esa Comunidad Autónoma en los tres últimos comicios. En 2012 los sondeos coincidieron en señalar que el PP obtendría mayoría absoluta. No fue así. Ganó, pero no obtuvo mayoría suficiente para gobernar. Y corrieron ríos de tinta sobre la incapacidad de las encuestas de predecir ese resultado. En 2015 los sondeos vaticinaron una victoria del PSOE sin mayoría absoluta. No hubo sorpresas, pero sí artículos de reflexión. Uno titulado “El éxito de las encuestas” apuntaba cómo el acierto en Andalucía era un claro indicador de que “el electorado ya es más previsible”[ii]. En 2018, todas las encuestas anticiparon una victoria del PSOE y la mayoría apuntaron a una entrada de VOX en el Parlamento Andaluz. Pero ha vuelto a haber sorpresas. El resultado del PSOE ha sido notablemente peor de lo esperado. Lo más destacable, sin embargo, ha sido la entrada en estampida de VOX, que finalmente ha obtenido 12 escaños.

Entonces, ¿se equivocan, o no se equivocan las encuestas? Como ocurre con más frecuencia de la que nos gustaría, todo depende del lado desde el que se mire. En mi opinión, la pregunta realmente pertinente es: ¿tiene sentido pensar que las encuestas “aciertan”? Para responder a esta pregunta hay que tener en cuenta dos cuestiones adicionales: ¿qué son las encuestas?, ¿cuál es su objetivo?

Vamos con ellas. La encuesta es una técnica que sirve para obtener información de manera sistemática acerca de una población determinada, a partir de las respuestas que proporciona una pequeña parte de los individuos de esa población[iii]. Desde el punto de vista de la investigación, los procedimientos que utilizan encuestas establecen reglas que nos permiten acceder de forma científica a lo que las personas opinan. Porque la única forma de saber lo que la gente piensa es preguntárselo. Con las encuestas podemos conocer prácticamente todo lo que se nos ocurra y sobre lo que la gente esté dispuesta a ser encuestada[iv].

Como herramienta para obtener conocimiento las encuestas no se equivocan. Serán más o menos capaces de captar la realidad social en función de multitud de factores. Pero esa realidad es la que es. En Andalucía anticiparon quién obtendría el respaldo mayoritario de la población en las tres ediciones. En el referéndum del Brexit mostraron que la sociedad británica estaba prácticamente dividida en dos mitades iguales. En EEUU le atribuyeron a Hilary Clinton un 70% de posibilidades de ganar. Pero eso solo significaba que Donald Trump tenía un 30% de posibilidades de hacerlo, no que no pudiera ocurrir.

Por lo que respecta a los objetivos, dependen de qué tipo de encuesta se trate. Las electorales buscan “estimar las tendencias electorales de los ciudadanos de cara a una elección. Estimar. No predecir”[v]. No obstante, cada vez es más frecuente concebir las encuestas como el oráculo de Delfos de nuestra época y, por tanto, asumir que pueden “anticipar cómo votarán millones de personas cuando ni siquiera esas personas lo saben con seguridad”[vi].

El supuesto de que las encuestas pueden anticipar el voto de los ciudadanos se sustenta en la idea de que un cálculo basado en muchos datos combinados de manera sofisticada mediante complejos algoritmos tiene la capacidad de predecir el futuro. A mí esto me hace pensar en los intentos por adivinar el número del Sorteo de Navidad de la Lotería, y por eso unas veces “toca” acertar y otras no. En las elecciones celebradas en Andalucía el 2 de diciembre de 2018 la única encuesta que se acercó algo al resultado final fue la que realizó GAD3 para el periódico ABC. No porque esa empresa haya encontrado la piedra filosofal, sino porque realizó la recogida de datos cuando las elecciones eran inminentes[vii]. Y como muestra el artículo de Nature Human Behaviour al que he hecho referencia un poco más arriba, el error disminuye notablemente cuanto más cerca del día de la elección se hace la toma de datos.

Una vez producido el resultado, sobre todo cuando resulta inesperado, hay que utilizar la información de que disponemos para obtener conclusiones que nos ayuden a entenderlo y a extraer enseñanzas para el futuro. En los datos de los barómetros realizados por el CIS antes de las elecciones andaluzas ya se percibían algunas tendencias que apuntaban a un resultado más parecido al que se ha producido finalmente. La tabla 1 recoge los resultados de 2012, 2015 y 2018 en una selección de preguntas. Hay varias cuestiones en la información de la tabla que me parecen interesantes.

Tabla 1. Algunas preguntas de los estudios preelectorales del CIS en Andalucía (% de respuesta).

En primer lugar, la pregunta sobre qué partido creen que ganará indica que esa opinión parece reflejar más lo que “está en el aire” que la opinión de quienes responden. Llevo tiempo pensando que las encuestas de intención de voto fuera de periodo electoral, probablemente también en periodo electoral en muchos casos, reflejan más bien el clima de opinión sobre el partido que tiene más posibilidades, el que destaca, del que se habla. Como nos indica la psicología cognitiva, hay dos sistemas de procesamiento. El Sistema 1 opera de manera rápida, automática y con escaso control voluntario utilizando heurísticos. El Sistema 2 centra la atención en las actividades mentales que requieren esfuerzo. Aunque va en contra de lo que pensamos de nosotros, la mayor parte de nuestro procesamiento cognitivo está guiado por las impresiones del Sistema 1 y por la memoria asociativa. Esta se describe como una red inmensa, en la que las ideas, los conceptos, son como nudos dentro de ella. Cuando una idea se activa, transmite activación a todas las demás con las que está relacionada, y así sucesiva­mente, mientras la señal se va debilitando. Una de las consecuen­cias de todo esto es que las personas tendemos a evaluar la importancia relativa de los acontecimientos según la facilidad con que nos vienen a la memoria[1]. Del mismo modo, una manera de responder rápidamente cuando nos preguntan a quién vamos a votar y no lo tenemos claro o no queremos revelarlo es decir el nombre del partido que está de actualidad, pues es el que nos viene rápidamente a la mente.

En segundo lugar, el porcentaje de personas que no dice a quién votaría ha ido incrementándose hasta situarse cerca del 30% en 2018. En consonancia con ese dato, la abstención ha sido alta. Y parece claro que han sido los votantes de izquierda los que han optado en mayor medida por quedarse en casa. Una hipótesis: es posible que se hayan sentido desencantados por la incapacidad manifestada por las líderes de los dos partidos de izquierda para entenderse. Si no iba a servir de nada, ¿para qué ir a votar?

En tercer lugar, se observa una disminución notable en el número de personas que manifestó su deseo de que ganara el PSOE y un aumento en el porcentaje de aquellas a las que les gustaría que hubiera cambio en la presidencia de la Junta. Una segunda hipótesis es que el PSOE ha obtenido peor resultado del estimado porque ha habido muchos votantes que han decidido su voto en el último momento[2]. Además, sus resultados muestran una tendencia decreciente continuada debido al desgaste de haber estado más de 30 años en el Gobierno. Entrando de lleno en el terreno de la especulación, creo que durante mucho tiempo en la decisión de los votantes ha tenido más peso el miedo al cambio que el descontento con la situación del momento. Como dice la Teoría de las Perspectivas, las personas rehuimos asumir riesgos cuando las ganancias están aseguradas, pero los buscamos cuando es la pérdida la que está garantizada[3]. Por algún motivo, o más probable por la combinación de varios, en 2018 un porcentaje nada despreciable de votantes tradicionales del PSOE ha percibido que un nuevo gobierno de ese partido suponía una pérdida garantizada. Parece que el rechazo a tener más de lo mismo ha pesado más que el miedo a la derecha.

Por último, más del 30% de las personas encuestadas consideró que ninguno de los partidos con representación parlamentaria defiende los intereses de Andalucía, representa las ideas del votante, inspira confianza, tiene un buen líder para la Comunidad o está capacitado para gobernar. En este sentido, estoy de acuerdo con Daniel Innerarity en que, desafortunadamente, la mayor parte de los análisis de los resultados de las elecciones en Andalucía no están siendo certeros en el diagnóstico porque no están teniendo en cuenta el voto de la irritación[4], ese que dice: “que os molesta el voto a VOX, pues eso voto”[5]. Considero que es algo que se deberían mirar con urgencia nuestros representantes políticos.

Respondiendo a la pregunta que nos ocupa, no se equivocan las encuestas, erran los intentos por convertirlas en una bola de cristal. Porque las decisiones de los votantes no pueden predecirse por muy sofisticados que sean los algoritmos que apliquemos a los datos obtenidos. La “cocina” puede ser útil cuando hay estabilidad, porque se apoya en las tendencias pasadas y en esas circunstancias lo que las personas dicen que van a votar y lo que luego realmente votan tiende a coincidir. Sin embargo, cuando hay inestabilidad lo primero no sirve para pronosticar lo segundo. Porque el pasado ayuda a comprender el presente, pero no tiene por qué ser la clave para anticipar el futuro. Y, como dice la sabiduría popular, del dicho al hecho hay mucho trecho.

Además, como apunta la hipótesis del marcador somático propuesta por el neurocientífico Antonio Damasio, las emociones ayudan en el proceso de razonamiento en vez de perturbarlo sin excepción, que es lo que se ha tendido a dar por supuesto. Es más bien al contrario, las emociones han proporcionado una ventaja evolutiva, ya que permiten a los seres vivos reaccionar con inteligencia sin tener que pensar de manera inteligente[6]. Hemos heredado los mecanismos neuronales que evolucionaron para llevar a cabo continuas evaluaciones del nivel de riesgo. Por eso evaluamos las situaciones como buenas o malas. Esa evaluación genera sentimientos de agrado o desagrado que influyen en nuestros juicios y decisiones[7]. El origen biológico de este mecanismo hay que situarlo en la necesidad de mantener el equilibrio homeostático. Por eso habla Damasio de la maquinaria biológica de la razón. A ella contribuyen la emoción y el sentimiento, junto con la maquinaria fisiológica que se oculta tras ellos, ya que nos ayudan a planificar nuestras acciones[8].

Ir a votar y elegir el partido en el que depositar nuestro voto es una decisión sobre la que influyen muchos factores. Y uno nada despreciable son los sentimientos: preocupación (por ejemplo, ante la posibilidad de que el resultado no sirva para que haya estabilidad política), deseo (de que las cosas cambien, o de que sigan igual), frustración (ante la sensación de que hagamos lo que hagamos la situación no mejora) o indignación (y, por consiguiente, deseo de “dar un bofetón” al sistema). Y los algoritmos no pueden predecir los sentimientos porque les falta el sustrato biológico[9].

Esa parece ser la razón de que, a pesar de que los análisis solo hubieran otorgado un 4% de posibilidades a un resultado electoral que proporcionara a los partidos de derechas la posibilidad de gobernar en Andalucía[10], la realidad ha sido tozuda en demostrarnos que una baja probabilidad puede acabar convirtiéndose en realidad. Por eso la lotería toca.

 

* Ana Muñoz van den Eynde es Investigadora Titular de Organismos Públicos de Investigación. Responsable de la Unidad de Investigación en Cultura Científica (CIEMAT)

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[1]Jenings, W. y Wleizen, C. (2018). Election polling errors across time and space. Nature Human Behaviour, 2: 276-283.

[2] Llaneras, K. y Rivero, G. “El éxito de las encuestas”. El País, 31 de marzo de 2015.

[3] Font Fàbregas, J. y Pasadas del Amo, S. (2016). ¿Qué sabemos de? Las encuestas de opinión. Madrid: CSIC y Los Libros de la Catarata.

[4] León, O. G. y Montero, I. (1993). Diseño de Investigaciones. Introducción a la Lógica de la Investigación en Psicología y Educación. Madrid: McGraw-Hill.

[5] Ferrándiz, J. P. “¿Han acertado los sondeos?”. El País, 22 de marzo de 2015.

[6] Ídem nota 2.

[7] En: https://www.gad3.com/single-post/Andalucia-2D-Encuesta-final-de-GAD3-para-ABC-a-las-2000h. Consultado el 10 de diciembre de 2018.

[8] Kahneman, D. (2011). Pensar rápido, pensar despacio. Barcelona: Debate.

[9] Mora, A. J., Cañas, J. A., Sánchez, N. “He tenido dudas de a quién votar hasta el último momento”. El País, 2 de diciembre de 2018.

[10] Kahneman, nota 8

[11] Innerarity, D. “Las voces de la ira”. El País, 10 de diciembre de 2018.

[12] Martín-Arroyo, J. “Los votantes socialistas que se quedaron en casa”. El País, 5 de diciembre de 2018.

[13] Damasio, A. (2017). El error de Descartes. La emoción, la razón y el cerebro humano. Barcelona: Editorial Planeta.

[14] Kahneman, notas 8 y 10.

[15] Damasio, nota 13.

[16] Damasio, A. (2018). The Strange Order of Things. Life, Feeling, and the Making of Cultures. New York: Pantheon Books

[17] Llaneras, K. “¿Quién va a ganar las elecciones en Andalucía?”. El País, 2 de diciembre de 2018.