¿PARA QUÉ SIRVE LA CIENCIA?

El día 25 de enero se presentó en una sala del Congreso de los Diputados el Informe sobre la Ciencia y la Tecnología en España, elaborado por la Fundación Alternativas. Supongo que dará mucho que hablar en las próximas semanas, y que algunos de sus doce autores relatarán, quizás en esta misma revista, sus aspectos más relevantes. Consta de 165 páginas muy bien documentadas y recomiendo su lectura a todos aquellos que se sientan interpelados por la crítica situación a la que ha sido llevada la ciencia en estos últimos años por las irresponsables políticas del Partido Popular.

Solo me detendré en estas líneas en uno de sus aspectos: la relación entre ciencia y sociedad. Uno de los datos del informe que más ha llamado mi atención es el de que tan solo un 20% de la población española se interesa por las noticias relacionadas con la ciencia y la tecnología. La media de este dato en la Unión Europea es del doble. Este bajo interés probablemente tenga hondas raíces históricas y explicaría también el bajo interés de nuestra clase política (unos menos interés que otros, pero bajo en general) por sostener a la ciencia de manera estable en el tiempo. En efecto, el informe evidencia que la financiación de la ciencia en España ha sufrido fuertes vaivenes dependiendo de los gobiernos y de las coyunturas económicas.

Este bajo interés no se corresponde con los beneficios que la ciencia reporta a las sociedades que invierten en ella. Si la sociedad española fuera más consciente de esto, seguramente consideraría los recortes en ciencia tan dañinos como los recortes en sanidad y educación. Una sanidad bien financiada protege nuestra salud. Una buena educación nos permite desenvolvernos en un mundo cada vez más complejo. La ciencia, por su parte, protege nuestro futuro como sociedad avanzada. Protege a la vez nuestra salud, nuestra seguridad, y nuestra calidad de vida. Sin ella, solo podríamos aspirar a ser un país de servicios que obtendría las migajas de la riqueza generada por otros países más prósperos, a cambio de sol, playa y raciones de calamares.

Un ejemplo dramático de las consecuencias de no invertir en ciencia lo sufrió España en la Guerra de Cuba (1898): la exigua y anticuada armada española se enfrentó en Santiago de Cuba a una armada estadounidense más numerosa y moderna. No hubo batalla como tal, ya que los barcos españoles fueron hundidos a distancia uno tras otro cuando intentaban escapar del puerto. Un ejemplo en sentido contrario lo tenemos en los desarrollos del sonar y del radar que los británicos pusieron a punto al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Ello les otorgó una ventaja decisiva frente a los alemanes y les permitió salvar muchas vidas.

La ciencia actualmente es internacional y colaborativa. Los avances se producen en cualquier parte del mundo, y sus resultados se publican en revistas de amplia difusión accesibles en todos los países. Sólo estar al día de lo que se publica en cada uno de los campos requiere un amplio contingente de científicos dedicados en cuerpo y alma al estudio. Afortunadamente, no hay nada maligno en los genes nacionales que nos impida tener buenos científicos. Hay numerosos ejemplos de hombres y mujeres españoles, tanto dentro como fuera de España, que han demostrado y demuestran cada día su capacidad para producir nuevos conocimientos. Lo que nos impide tener un mejor sistema de ciencia y tecnología son nuestras miopes políticas y un cierto desentendimiento de la sociedad ante el problema.

Algunas discusiones recurrentes entre los gestores políticos de la ciencia evidencian que se comprende mal cómo funciona esta. Por ejemplo, cuando se plantea una disyuntiva entre financiar la ciencia básica, o la aplicada. O cuando se quiere financiar solo a los grupos llamados de excelencia y no al resto. La ciencia funciona como un río, donde unos conocimientos empujan a otros y hacen que el río fluya. Probablemente una parte del río se perderá en el mar, mientras que otra parte servirá para regar las huertas adyacentes y producir riqueza. Pero no es posible determinar a priori qué parte del río será la productiva. Si se corta la financiación de la ciencia básica, o la de la “clase media” científica, probablemente el río se secará y no habrá ni ciencia aplicada, ni ciencia de excelencia. También es útil el símil de la pirámide: sin una amplia base no puede haber cúspide. Si se quiere excelencia, hay que tener una masa amplia de científicos adecuadamente financiada: de mucha buena ciencia, y con el tiempo, surge la excelente.

Un buen ejemplo de lo que digo es el caso de un pequeño teorema sobre los números primos descubierto por el matemático francés Pierre de Fermat en el siglo XVII. Su propósito era simplemente entender mejor los números primos. En 1974, dicho teorema fue desempolvado y mejorado por los matemáticos Gary Miller (Canadá) y Michael Rabin (Israel), y convertido en el llamado test de Miller-Rabin, para determinar eficientemente cuándo un número es primo. Gracias a ello, otros matemáticos inventaron el sistema criptográfico RSA (de Rivest, Shamir y Adleman), cuyas claves se basan en grandes números primos, y que actualmente nos permite cifrar nuestros mensajes y proteger nuestras cuentas bancarias. Nadie pudo imaginar tal resultado práctico en el siglo XVII.

Otro buen ejemplo es el del matemático británico Alan Turing. Con la intención de desentrañar un problema de fundamentos que tenía convulsionado al mundo matemático desde principios del siglo XX, escribió en 1936 un artículo en el que venía a demostrar que no toda proposición lógica es susceptible de ser probada o refutada mediante un procedimiento mecánico. Como una consecuencia no buscada, estableció formalmente el concepto de procedimiento algorítmico y de máquina programable. A la vuelta de pocos años, estas ideas dieron lugar al surgimiento de los computadores, que hoy son imprescindibles en nuestras vidas.

Los investigadores, por nuestra parte, deberíamos hacer un esfuerzo mayor por divulgar la ciencia que hacemos y por poner de relieve el impacto que puede tener en la sociedad. Eso ayudaría a muchas personas a entender mejor la importancia de la ciencia, y también estimularía el interés de los más jóvenes por la misma. Porque otro de los problemas que tenemos en España es la relativa escasez de vocaciones científicas, producto a su vez del bajo reconocimiento que la ciencia tiene a nivel político y en los medios de comunicación. Aprovecho la ocasión en este sentido para difundir algunos buenos blogs de divulgación científica que se pueden consultar en la red: Café y Teoremas, dedicado a las matemáticas, Crónicas de Astromanía, con noticias y descubrimientos astronómicos y Crónicas del Intangible, dedicado a las ciencias de la computación. Una mayor cultura científica quizás nos ayudará a comprender mejor lo que nos jugamos con los insensatos recortes en ciencia.