MÓVILES Y REDES SOCIALES: NUEVOS DILEMAS PARA LA CIENCIA EN SOCIEDAD

Siento preocupación por los efectos que resultan de los usos y las aplicaciones de las tecnologías de la información, en particular de los móviles y su proyección en las redes sociales. A finales del siglo pasado se puso en marcha el concepto de tecnologías convergentes para englobar las nano, bio, info  y cogno tecnologías. En este póquer las aplicaciones de las dos últimas han y están causando grandes impactos sociales, mientras que las dos primeras se caracterizan por impresionantes avances científicos y sus desarrollos tecnológicos, contribuyendo con ellos a tan profunda revolución social. En poco tiempo -son  los momentos de las velocidades trepidantes- estas tecnología definidas como “sistemas de conocimiento científico y tecnológico que tienen fuertes sinergias entre sí y son a la vez tecnologías facilitadoras” se han ramificado en dos parejas en atención a sus impactos, estrategias y trayectorias.

Apoyándome en la muleta que me suele ayudar para transitar por la senda de la alta divulgación científica que es la revista Investigación y Ciencia, versión española de Scientific American, y con la ayuda de la serendipia, he llegado a identificar un artículo de interés para analizar los efectos de los móviles en los adolescentes.

Bajo el título “¿Está embotando el móvil el cerebro de los adolescentes?”, número de abril de 2018, págs. 24-31, Carlin Flora, periodista y editora de Psychology Today, revista de divulgación científica dirigida al público en general, ofrece un magnífico ejemplo de periodismo científico de altura que llega a ser una revisión de la situación del estado de la investigación científica sobre un tema de la ciencia más actual y palpitante. La dualidad profesional de la autora permite iluminar de modo brillante el escenario con los actores que interpretan la obra encaminada a contestar la pregunta acerca de si “los amados móviles están abocando a los adolescentes a los trastornos mentales y al aislamiento social”.

He descubierto los trabajos de una de las principales intérpretes de esta función, Jean Twenge, profesora de psicología en la Universidad de California en San Diego. Una búsqueda en Google Académico de 9 de  junio de 2018 revela que sus libros y artículos recogen casi veintinueve mil quinientas citas y un índice h de 64. Su trabajo publicado en 2017 en Child Development mostraba que los adolescentes actuales presentaban tendencias a ser menos activos que sus predecesores introduciendo una paradoja: eran menos proclives a actividades hedonistas pero también en actividades de índole social como salir en pareja y trabajar, es decir que datos comportamentales aparentemente positivos venían acompañados de otros negativos. Esa investigadora en psicología social presentó datos estadísticos en artículos posteriores que apuntaban a “un deterioro de la salud mental de los adolescentes que se atribuía a los teléfonos”. En ese periodo y en esa línea de análisis, se publicaron estudios que achacaban trastornos de ansiedad  a las redes sociales. En el trabajo de Carlin Flora se recordaba el libro publicado en 2015 por la psicóloga social Shirley Turkle del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, siglas del inglés) que acaparó muchos titulares y cuyo título “En defensa de la conversación. El poder de la conversación en la era digital” (Ático de los libros, edición en castellano, 2017) es auto explicativo. En él se presentaban conclusiones dramáticas tales como que “tanto adultos como adolescentes estaban perdiendo la capacidad de entenderse y prestarse atención mutua por la naturaleza desarticulada y solitaria de las comunicaciones electrónicas”. Debo confesar, y perdón por la autocita, que desde hace tiempo he coincidido en este diagnóstico de la psicóloga al reclamar la necesidad de la palabra para una comunicación eficiente, ante el frio de la que se canaliza por la pantalla,  atribuyendo a la misma nuestra  condición de ser humanos.

Conviene insistir, como también se ha repetido muchas veces, que en la ciencia no existen dogmas, que lo que opera en el método y la actividad científicas son las verdades evolutivas. Las verdades absolutas menos aún pueden darse en terrenos tan complejos como el de las tecnologías de los teléfonos inteligentes y de su incidencia en nuevos patrones de conducta que son ensalzados  por la ciudadanía en general convertida en  un agujero negro del consumo, los ambientes mediáticos y sin duda importantes sectores económicos. Por ello no es de extrañar que nos encontremos no solo en un ámbito proclive a la controversia, carácter inherente al método científico, sino que estemos sumergidos en las contradicciones propias de una sociedad encenagada a fuer de paradójica (http://cchs.csic.es/en/article/emilio-munoz-ifs-reflexiona-concepto-sociedad-encenagada-marco-transhumanismo).

Pronto iban a surgir otras contribuciones  cuestionando  esos resultados de Twenge porque como se recoge en el artículo  de C. Flora, esa investigadora había publicado  en 2016 un artículo en colaboración con otros dos autores en el que se concluía que: “ los adolescentes de hoy son más felices y estaban más felices con la vida que sus predecesores”. La  crítica correcta pero firme  sobre tales resultados   se centra, según evoca el artículo de Investigación y Ciencia, en las matizaciones de otra figura de gran prestigio en el desarrollo de los adolescentes, Laurence Steinberg ,  catedrático de psicología de la Universidad Temple en Pensilvania, el cual sostiene  que en el mismo periodo al que alude Twenge “también  ha habido mejoras en la salud mental (de los adolescentes )”. El carácter de referente científico de este catedrático viene avalado por los siguientes datos: en  una consulta en Google Académico en la fecha antedicha revela ochenta y siete mil citas y un índice h de 124 para sus publicaciones.

El análisis es complicado porque los investigadores han  enfocado distintos aspectos de la salud mental  y la vida de diversas maneras. Adaptabilidad es la cualidad esencial del cerebro de los adolescentes y que representa tanto su fuerza como su debilidad. De ahí  que las críticas a los trabajos que han concluido de forma contundente sobre los efectos de los móviles y redes sociales hayan subrayado que: “El cerebro  de los niños y los adolescentes se ve influenciado por factores  de todo tipo… los teléfonos inteligentes no tienen influencia especial. Pero… todo aquello a lo que uno dedica más tiempo deja una huella más profunda  en el cerebro”.

Ante esta situación de debate, lo lógico es acudir a la orientación moderna de la psicología que sirve para acreditarla como ciencia. Sobre este punto se centran  los dos apartados sustantivos  del artículo glosado, cuyos títulos son: “Lo que sabemos y lo que no” y “Vidas digitales, contrapartidas reales” y que abarcan más de las tres cuartas partes del texto. Lo que se describe y discute en ellos es apasionante para cualquiera que sienta atracción por el método  científico. Por ello es imposible para quien esto escribe ofrecer una síntesis satisfactoria del contenido. Trataré en lo que sigue como simple orientación de enunciar experimentos, datos y conclusiones. Un primer experimento  se refiere al realizado por la joven investigadora Lauren Sherman- ahora en Temple como investigadora posdoctoral- en 2015 que se vio  conmovida al presenciar en primera persona el injustificado pánico  causado por la relación entre móviles y adolescentes. Llevó a un grupo de estudiantes de secundaria a  experimentar  sus reacciones en un  escáner de resonancia magnética frente a imágenes de Instagram, divididos en dos subgrupos; unos las veían con muchos “me gusta” y otros  las veían con pocos. La visión de sus fotografías  con muchos “me gusta” mostraba una respuesta  en el estriado ventral, zona de gratificación. La publicación en Psychological Science desató reacciones desorbitadas tanto para la autora del experimento como para expertos como Nicholas Allen del Centro de Salud Mental  Digital de Oregón, el propio Steinberg y Larry D. Rosen de la Universidad de California en Domínguez Hills. En general, estos autores estiman que las relaciones entre los móviles, el desarrollo cerebral y ciertas patologías como la ansiedad y la depresión son más bien correlacionales que causales.

Particularmente activo ha sido Rosen, catedrático emérito, quien ha explorado las situaciones anímicas no solo en función del uso del móvil sino de factores como la “ansiedad tecnológica” o la nomofobia asociados con la no disposición de teléfono. Ha utilizado “espectroscopia infrarroja funcional del infrarrojo cercano para analizar la corteza prefrontal de usuarios empedernidos y moderados del teléfono, detectando un uso distinto de la corteza prefrontal en empedernidos frente a moderados al menos  mientras llevan a cabo una tarea ejecutiva “ .

El segundo gran tema es el de la influencia de las redes sociales. Existe asimismo, como indica el artículo de Investigación y Ciencia, posiciones que van desde quienes señalan una mejoría de las habilidades relacionales de los adolescentes cuando usan redes sociales -un estudio holandés de 2016 que analizó a 942 adolescentes por medio de un test y que repitieron el análisis un año después- hasta quienes no detectaron diferencias significativas entre la relación presencial o por videoconferencia (Sherman), mientras que se detectaban resultados positivos para expresar  emociones o experimentar trastornos afectivos y sexuales si se les somete a exceso de pornografía. También se ha visto, según Theo Kiimstra, profesor de psicología del desarrollo en la Universidad de Tilburg, Países Bajos, que los móviles inteligentes son un arma de doble filo para la formación de la identidad:  su efecto “parecería depender del entorno en el que se desarrollan las vidas y la abrumadora variedad de identidades que ofrece Internet”.

Aunque no se pueda concluir claramente que el teléfono móvil y su proyección en redes sociales contribuyan a fomentar el aislamiento social ni que agraven la confusión identitaria, si hay un efecto: duermen menos. Este dato, contrastado por Sakari Lemola, profesor ayudante de psicología de la Universidad de Warwick, puede ser por los instrumentos en sí o por las prácticas que favorecen, o incluso por una mezcla de ambos factores.

Existe un amplio consenso de que hay contradicciones entre los estudios sobre los efectos de las redes sociales en las conductas y actitudes mentales de los adolescentes y  de que  faltan muchos estudios de largo plazo y metodología bien definida que podrían llegar a establecer una relación causal. Entretanto,  se ha puesto en marcha un proyecto emblemático que persigue analizar el efecto de los teléfonos inteligentes en función de las aplicaciones móviles sobre el cerebro adolescente a lo largo del tiempo”. El estudio ABCD (siglas de Adolescent Brain Cognitive Developtment)  ha sido financiado con 300 millones de dólares. Se han reclutado cerca de 7000 niños entre nueve y diez años para el estudio que tiene su sede en San Diego y contará con 21 centros repartidos por los Estados Unidos”.

Los jóvenes serán seguidos durante los próximos diez años como mínimo, mientras que sus cerebros serán escrutados con las técnicas modernas de diagnóstico por imagen cada dos años y se les seguirá su trayectoria mediante los móviles y otras aplicaciones entre cada tres y seis meses. Los primeros datos se han recogido en diciembre de 2017 y estarán disponibles sin restricción alguna   para los investigadores que quieran usarlos.

Es evidente que estamos ante una temática de enorme complejidad, situación que plantea dificultades para alcanzar  un consenso sobre los efectos de las tecnologías de las comunicaciones y sus aplicaciones en el desarrollo de los adolescentes. Como se señala en la revista Investigación y Ciencia “al menos la mitad de los trastornos mentales aparecen antes de los 14 años y el 75 por ciento antes de los 24, según señala Jay Giedd, director de psiquiatría infantil y adolescente de la Universidad de California en San Diego”, investigador y universidad de referencia en estos trabajos. Por lo tanto es indispensable seguir investigando con aproximaciones de orientación interdisciplinar ante este dilema, hay que incorporar este deber entre las prioridades de las políticas de fomento de la investigación científica y mantener esta obligación en el recuerdo de todas las partes implicadas.

Igual de este modo progresamos en el sentido más rico del término progresar en una cuestión crucial para la supervivencia de nuestra especie.