MIL DÍAS DE CALIFATO, ¿MIL AÑOS DE YIHADISMO?

El Califato ha sido derrotado. La “liberación” o “conquista” o toma de Mosul por las fuerzas militares iraquíes, con el inestimable apoyo de una coalición internacional formada por más de 70 países, acaba con la enésima ensoñación de un pseudo-Estado teocrático.

Después de Mosul, vendrá el asalto a Raqqa, la ciudad siria donde el EI ha establecido su aparato de gobierno. Se prevé otro ciclo de destrucción masiva, de desamparo descomunal. Mosul y Raqqa son las dos caras de este ensayo condenado desde un principio, pero inevitable para mentalidades mesiánicas.

Pero estas son derrotas militares, no morales, advierten los propagandistas islamistas. El Daesh no ha muerto, aseguran los yihadistas. Se repliegan y preparan para el próximo combate. Otros espacios alternativos como Libia o el Sahel tampoco parecen seguros. Ni siquiera el extremo oriente (Filipinas, Indonesia) se antojan áreas libres de riesgo exterminador. No importa. Las profecías de la inminente batalla definitiva contra el Infiel tendrán que ser reescritas. Esa reinterpretación de la realidad, pasada, presente, para anticipar el futuro, se lleva haciendo durante siglos. Los tiempos de Alá son infinitos.

La victoria anima, pero la derrota enfebrece. La épica de la derrota resulta siempre más seminal que los dividendos de las victorias. Hay una mística del martirio que resulta esencial en el discurso yihadista. La muerte es una forma rápida de tránsito al paraíso cuando se ingresa por la puerta grande del sacrificio y la rendición incondicional a los designios divinos. De ahí que la dudosa muerte del Califa Al Baghdadi no constituya un factor adicional de debilidad yihadista. Como no lo fue la liquidación de Bin Laden. Lo que resulta más perjudicial para estos grupos es la desaparición de sus cuadros medios y operativos (1).

Entre los especialistas hay un debate sobre un previsible cambio de naturaleza del Daesh. Incluso sobre su posible transformación en una organización distinta. Esta idea del yihadismo como crisálida que va mutando al albur de la respuesta occidental y de sus propias contradicciones no es nueva. El Daesh fue una respuesta a la crisis de Al Qaeda, a su debilidad y su agotamiento, y no sólo derivado de los golpes recibidos tras el 11 de septiembre.

Al Qaeda atesora aún una cierta legitimidad fundacional en el yihadismo más reciente. Y, lo que es igualmente importante en este icónico mundo actual, conserva la patente del atentado más audaz de los tiempos presentes. La imagen del derrumbamiento de las Torres Gemelas constituye un imán propagandístico insuperable.

Por esa razón, algunos analistas estiman que la derrota del Daesh podría provocar una especie de resurrección de la veterana organización fundada por Osama Bin Laden. Pero, en opinión de Daniel Byman, director del Centro para Oriente Medio de la Brookings Institution, el declive de Al Qaeda es inevitable. La fractura generacional y la esclerosis de los veteranos discípulos de Bin Laden parece irreversible (2).

UNA RESISTENCIA A PRUEBA DE DERROTAS

En todo caso, el proyecto de Califato queda congelado por tiempo indefinido. Pero los expertos occidentales advierten que el “terrorismo islamista” no sólo no va a desaparecer, sino que, tras Mosul y Raqqa, es previsible que se incrementen los atentados y se hagan más salvajes, más devastadores (3).

Muchos de ellos pertenecen a escuelas de pensamiento y aparatos de seguridad que ignoran o desprecian las causas profundas del yihadismo y se limitan a combatirlo. Para ellos, está más que justificado el mantenimiento de las medidas especiales de seguridad, de los estados especiales o de excepción, con la denominación o la justificación que se le quieran dar. Macron lo ya ha dejado claro. La prolongación del Estado de guerra ha sido una de las primeras medidas de sus dos primeros gobiernos.

Ciertamente, la lucha adoptará sus clásicas formas de guerrilla urbana, de combate informal. Seguirá habiendo atentados en las calles y espacios públicos de nuestro mundo. Con Califato o sin Califato, con el Daesh o con la criatura en la que se resuelva o prolongue. Con medidas policiales y judiciales reforzados o extraordinarias o sin ellas (4). La lucha yihadista, como cualquier otra que se reclame de un propósito divino, nacional o utópico, está plagada de estímulos alentadores mucho más fuertes que el desánimo ocasionado por los fracasos políticos o el encadenamiento de derrotas militares.

Más allá del terrorismo de origen islamista, la mayoría de las organizaciones de lucha armada relacionadas con la causa árabe, o más específicamente, palestina, en los últimos setenta años, han demostrado una capacidad indomable de adaptarse a las circunstancias, a los reveses, a las derrotas.

Las guerrillas palestinas de los setenta se transformaron en una energía combativa más enraizada en la vida cotidiana hasta adoptar la forma de resistencia civil y popular, violenta y pacífica a la vez, conocida como Intifada. El terrorismo brutal de oscuros grupúsculos montados o infiltrados en los ochenta por aparatos de seguridad de Estados regionales hostiles a Occidente (Siria, Irak, Libia, Sudán) o demonizados por el poder imperial agotó su tiempo y se convirtió en semilla de las nuevas formas de violencia organizadas en el albor del presente siglo.

A veces estas transformaciones sucesivas sorprenden por su extraordinaria ductilidad. La aparente derrota abrumadora del Baas iraquí sobrevivió a la humillante liquidación física del dictador. El aparato militar y de inteligencia de Saddam, en su día enemigo jurado de cualquier forma de yihadismo, resultó esencial para construir la maquinaria militar y pseudo estatal del Daesh, como pareció demostrar la documentación revelada en su día por el semanario alemán DER SPIEGEL.

Incluso se han dado perversiones asombrosas. Como la protagonizada por una secta argelina que, en los terribles noventa, se volvió violentamente contra Alá por haber permitido la derrota del proyecto islamista y se entregó a los actos más repugnantes de terror.

Siempre habrá alguien que pueda robar un vehículo y arrollar a unos viandantes en cualquier ciudad. Porque considere que es su obligación como devoto musulmán. O porque haya llegado a la conclusión de que un acto terrible contra los infieles puede lavar los pecados de una vida impía. Los “lobos solitarios” se antojan inextinguibles, aunque algunos analistas hayan puesto en duda la pertinencia, e incluso la realidad de esta figura (5).

La atracción por la energía destructiva es la formulación teorizada de un primario sentimiento de frustración que reclama venganza, retribución, oprobio. Los califatos históricos construyeron civilizaciones, sin renunciar a la violencia o incluso al terror, como cualquier otra forma estatal, de cualquier confesión o credo. El Califato de Al-Baghdadi fue una caricatura. Pero ha resultado útil para quienes están dispuestos a morir por no haber encontrado sentido real a sus vidas.

NOTAS.

(1) “¿Is ISIS leader Baghdadi still alive? What his death would mean for the Group’s survival”. COLIN P. CLARKE. FOREING AFFAIRS, 22 de junio.

(2) “Judging A-Qaida´s record”. DANIEL L. BYMAN. MARKAZ. BROOKING INSTITUTION, 29 de junio.

(3) “¿What comes after ISIS? (Varios autores). FOREIGN POLICY, 10 de julio.

(4) “ISIS, despite heavy losses, still inspires global attacks”. BEN HUBBARD y ERIC SCHMITT. THE NEW YORK TIMES, 8 de julio.

(5) “Lone-Wolves no more. The decline of a myth”. DAVEED GARTENSTEIN-ROSS. FOREING AFFAIRS, 27 de marzo.