LAS TESIS Y EL MÉTODO CIENTÍFICO

Asocio estos dos términos porque es lo que se espera de un doctor: que sepa aplicar el método científico, sea cual sea el que se utilice en su especialidad. El método científico no es único, ni las tesis se plantean de la misma manera en todas las especialidades y por ello una parte de la formación consiste en que el doctorando aprenda como desarrollar una creatividad (el trabajo debe ser original) que tenga “método” en su ámbito de conocimiento, es decir que aprenda a estructurar intelectualmente su capacidad de explorar lo desconocido. Una tesis doctoral tiene como primer objetivo el formativo en la metodología y en la materia: el alumno debe ser capaz al terminar su tesis de investigar por sí mismo, sin necesidad de un director o guía y además de haberse especializado en una temática. Por eso las tesis se encuadran en el tercer ciclo universitario.  Son el summum de lo que se puede aprender, a desarrollar y crear nuevo conocimiento. Esos son en mi opinión los primeros resultados de una tesis: la formación, la especialización del candidato y la estructuración de su creatividad.  En los tres ciclos universitarios actuales de Grado, Master y Doctorado, el Master es especialización y el doctorado tiene esas otras características de método intelectual y creatividad.

En los albores de creación de las universidades, un aspirante al “saber” escogía un maestro que le guiaba y enseñaba hasta que el discípulo era capaz de seguir su propio camino exploratorio, fuera de las ciencias, de la pintura o de la literatura.  Cuando se hacía independiente, se hacía “doctor”.  En el campo de las ciencias, eso implicaba aprender las técnicas de ensayo y de cómo verificar con evidencias, sus teorías. ¿Cuántos alumnos hubo con respecto a brillantes científicos en el pasado? ¿Cómo ha respondido la universidad a estos retos? En nuestro país el número de doctores es escaso comparativamente hablando, ya que la mayoría que acceden al tercer ciclo lo hacen sobre todo por ser un paso imprescindible para desarrollar la carrera docente o investigadora. Muy pocos lo hacen por dotarse de mejores herramientas intelectuales. Las empresas y, en general la sociedad, no valoran un doctorado. Desde luego lo valoran mucho menos que en otros países donde la sociedad y las empresas buscan talento, pero talento estructurado para desarrollar gestión e innovación. Por cierto, tampoco la Administración reconoce el doctorado y eso ha creado siempre problemas a la hora de establecer los salarios a los investigadores y técnicos dentro de la Función pública: Es un tema que merece reflexión comparativa internacional, iniciativa que podría ponerse en marcha desde la AEAC.

El ultimo Real Decreto 99/2011, de 28 de enero, por el que se regularon las enseñanzas oficiales de doctorado trató de alinear este ciclo con el Espacio Europeo de Educación Superior (plan Bolonia) que tiene como objetivos no solo la formación universitaria sino también el Espacio Europeo de Investigación y la internacionalización de la Universidad. En el preámbulo del Real decreto se decía “El proceso del cambio del modelo productivo hacia una economía sostenible necesita a los doctores como actores principales de la sociedad en la generación, transferencia y adecuación de la I+D+i. Los doctores han de jugar un papel esencial en todas las instituciones implicadas en la innovación y la investigación, de forma que lideren el trasvase desde el conocimiento hasta el bienestar de la sociedad”. Entre objetivos del Real Decreto estaba el de estimular un aumento de estudiantes de doctorado. Según Eurostat, la proporción de alumnos cursando el doctorado en España en 2015 era del 1,63% de todos los matriculados en el ciclo universitario, muy por debajo del 6,59% de Alemania, del 4,84% del Reino Unido, y del 5,71% de Portugal, en Francia el porcentaje es del 2,83%.

Estos días de tantas opiniones vertidas sobre Másteres y tesis doctorales, se ha echado de menos más voces que recordaran estos objetivos y que transmitieran a la sociedad los objetivos principales del doctorado. Estos títulos son necesarios socialmente pero no para exhibirlos como un trofeo, sino que deberían ser indicación del porcentaje en una sociedad de personas con capacidad de reflexión e innovación “que lideren el trasvase desde el conocimiento al bienestar de la sociedad”

Por lo dicho, bienvenidos sean todos aquellos que quieren cursar el ciclo de doctorado, aunque sus trabajos nos sean extraordinarios, porque para que haya tesis extraordinarias en sus aportaciones, la estadística dice que habrá muchas justitas y otras menos numerosas que serán de notable.  Las notas durante muchos años en nuestro país han sido en las tesis de “sobresaliente cum laude” y aunque ahora se restringe el porcentaje de estos cum laude en las universidades, en realidad muy pocas alcanzan un grado de excelencia destacable. La calidad de las tesis son un reflejo de la calidad de las propias universidades y de la sociedad que las mantenemos. Los excepcionales son un porcentaje muchas veces menor del 1%, y tesis de genios solo aparece alguna cada muchos años.

Lo que una sociedad debe aspirar y no renunciar es a tener personas formadas y personas que verifiquen las hipótesis y sepan cómo hacerlo de manera rigurosa y sean creativos buscando caminos diferentes, aunque estos caminos sean casi iguales a los de otros anteriores. No se puede pedir que todos los doctores hagan tesis extraordinarias.  El doctorado les habrá formado para otros retos en su futuro que no tienen por qué ser retos de investigación. Necesitamos personas que sean racionales frente a tantas falsedades que ahora circulan por las redes y que, frente a tanta visceralidad, apliquen el raciocinio. En mi modesta opinión necesitamos más personas capaces de entender, de analizar y por ello de crear nuevos caminos.