Las DIVISIONES EDITORIALES en los Organismos Públicos de Investigación. El caso del CIEMAT

Marco de análisis

Asistimos, ello parece indiscutible, a un flujo de información cuya amplitud, no en igual medida su profundidad, crece a ritmo vertiginoso. Asimismo, las tecnologías, fundamentalmente en el ámbito de las TIC, son ubicuas.

Hoy la ciudadanía, apoyándose en la facilidad de acceso a estas últimas, está permanentemente «conectada» a la actualidad. No obstante, la difusión y la caducidad de las noticias nunca han sido tan veloces como ahora, a menudo al precio de una calidad y una fiabilidad de la fuente harto menores. Esto se constata, lamentablemente, analizando algunas noticias «virales» de raíz científica y técnica («¡nueva cura milagrosa!», «¡riesgo aterrador para nuestra salud!», etc.). De hecho, con algunas personas de mi entorno cruzo apuestas para ver quién detecta antes los errores periodísticos, sea en los datos sea en su interpretación.

Por otro lado, la incertidumbre es intrínseca de las ciencias empíricas. Los investigadores sabemos que los experimentos apenas capturan un pequeño fragmento de la realidad, cuyo significado, además, sólo puede asignarse mediante hipótesis previas y análisis probabilístico. De ahí que, en no pocas ocasiones, sean contradictorias las afirmaciones de la comunidad científica, suscitando en quienes desconocen la naturaleza contingente de este trabajo esperanzas ilusorias o alarmas infundadas. Y esto, dado el cortoplacismo que nos invade, puede infundir desconfianza o, en el peor de los casos, indiferencia.

Si queremos contribuir a que la gestión de lo cotidiano se apoye en el análisis racional de los datos empíricos y a que la sociedad sea parte activa en el debate político de los múltiples y complejos problemas que nos atañen como colectividad (calentamiento global, energía, agua, demografía, obsolescencia programada, etc.) necesitamos incrementar la relación sociedad-ciencia. Un modo de conseguirlo, como insisten acreditadas voces en el ámbito de la sociología de la ciencia, es comunicar a la sociedad qué se hace en la ciencia. Sin embargo, en España, tradicionalmente los investigadores nos hemos burlado de los medios de comunicación generalistas («el que sabe, sabe, y el que no… enseña»). El saldo es triste, y cada vez más deprimente en esta época de «postverdades»: el resto de los receptores de los medios de comunicación acaba burlándose de nosotros.

En la comunidad científica, ello resulta obvio, estamos cometiendo graves errores de comunicación. Si a esto le sumamos el interés de algunos medios en buscar el enfrentamiento, incluso el engaño, opuestos ambos al sosiego exigido en el debate científico, es fácil colegir la dimensión de los obstáculos que se oponen a la «verdad» científica. Una amenaza bien patente, por ejemplo, en las polémicas sobre la vacunación, la xenofobia, las energías microcontaminantes, etc., inspirando en muchos conciudadanos una enorme suspicacia hacia la ciencia como institución, con graves y duraderas repercusiones en la salud pública, el enfrentamiento social y los hábitos de consumo.

Hay que proporcionar un mejor y más exacto concepto de la investigación científica y sus aplicaciones técnicas, de su método, sus dificultades y, lo que a la larga es más importante, de su relevancia tanto desde una perspectiva cultural —el conocimiento científico es cultura—, como para ayudar a tomar decisiones personales y hacer frente a los gravísimos problemas que nos atañen como sociedad. La relevancia genera apoyo y, en la práctica, ese apoyo trae una mejor financiación. A sabiendas o no, la sociedad depende cada vez más de los desarrollos científicos y tecnológicos. La historia y la sociología muestran que una comunicación de la ciencia bien diseñada hace que las personas adviertan esto, porque acicatea la imaginación y estimula reflexiones significativas que reivindican el valor social de la ciencia.

En su forma más ambiciosa la comunicación provoca una unión más íntima entre los valores colectivos y científicos. Esto, sin duda, es un estímulo para que surjan más investigadores y de mayor calidad y, con suerte, mejores artículos científicos en los medios generalistas. Semejante cambio no sucede de la noche a la mañana. La comunidad científica tiene que variar radicalmente su actitud hacia la comunicación de la ciencia, incrementando su capacidad y disposición para explicar al vecindario el trabajo que realiza. Pero también debe producirse una transformación institucional para hacer de la investigación científica y el desarrollo tecnológico campos permanentemente abiertos y siempre accesibles al público.

Adaptación institucional al ciberespacio en el ámbito editorial

¿Cómo lograr una comunicación eficaz en un Organismo Público de Investigación (OPI)? Para ello, desde mi punto de vista, la institución tiene que girar en torno a tres ejes:

  1. La creación de grupos como la Unidad de Investigación en Cultura Científica (UICC), que ya existe en el CIEMAT, capaces de aumentar nuestro conocimiento científico del cuerpo social en su interacción con la ciencia, para ayudarnos a saber ¿cómo comunicar?, ¿quién comunica?, ¿dónde se comunica?, ¿qué efectos tiene lo comunicado?… con modelos análogos al PICA propuesto por la UICC-CIEMAT.
  2. La potenciación de unidades de relaciones públicas profesionalizadas, conocedoras de la administración, la empresa y, por supuesto, del ámbito científico y tecnológico. Y ello sin descuidar las ciberredes sociales, todo ello para que las intervenciones ante la opinión pública permitan modificar la actitud de la sociedad para implicarla en la gobernanza de la ciencia.
  3. El fomento de un equipo competente en el ámbito editor (en el sentido anglosajón).

Me centraré en este último eje, pues llevo trabajando en la editorial del CIEMAT desde hace catorce años. Y lo haré ayudado por mi triple condición de investigador científico en el ámbito de la química física (con más de quince años de experiencia investigadora, múltiples congresos y varias decenas de informes técnicos y artículos en revistas especializadas, nacionales e internacionales), de divulgador científico (con casi un centenar de artículos de divulgación, recensiones y traducciones de libros científicos y apariciones en medios de comunicación generalistas, lo que me ha llevado a integrarme en la Asociación Española de Comunicación Científica de la mano del inolvidable maestro de maestros: Manuel Calvo Hernando) y, últimamente, como miembro fundador de la Asociación Española para el Avance de la Ciencia, apadrinado por Emilio Muñoz.

Un OPI, además de editar libros técnicos, cuyo público objetivo lo conforman los especialistas, tiene que abrirse a la sociedad a través de la edición continuada de obras de buena divulgación. Esto exige no sólo —y ello es esencial— el apoyo decidido de la alta dirección del Centro (para animar a sus profesionales en la redacción de ensayos científicos de calidad, pero con objetivo divulgador), sino también una mayor profesionalización de la División Editora, que, además de diseñar las publicaciones en íntima conexión con el autor, tiene que trabajar coordinada con la UICC y el equipo de relaciones públicas (con éste, por ejemplo, para que la presentación de los dos o tres títulos que puedan editarse al año tenga huella en los medios generalistas en España y en otros mercados, sean o no hispanohablantes, advirtiendo la dificultad de competir en el mundo editorial).

La división editora de un OPI tiene que cumplir, según mi criterio, con tres objetivos: Dos de ellos referidos a la obra publicada en sí, que el idioma inglés distingue muy bien: edition y publishing, y otro vinculado con los medios técnicos. Los dos primeros son clásicos, están claramente definidos y hoy no me entretendré en ellos. Sin embargo, el último aspecto merece un pequeño análisis.

Con el advenimiento de las TIC, la panorámica de la edición se ha extendido al mundo audiovisual y de Internet (sitios web, blogs, podcast…). Esto implica que los profesionales de la división editora deben investigar de manera permanente sobre las características de la publicación académica en el mundo, al punto, no sólo de obsesionarse con la buena narrativa científica y su estética, sino con los denominados libros enriquecidos (enhanced ebooks).

A título de ejemplo, adviértase que los formatos electrónicos EPUB3 y PDF interactivo permiten incluir gran variedad de contenidos multimedia y ejecutables con interactividad: videos, voz, audio, galerías, diapositivas, animación, autoevaluaciones, formularios, HTML5 y javascript.

Así pues, el entorno digital, que ha abierto caminos cuyo tránsito parece inevitable, no destruye el libro, pero está transformándolo profundamente desde un mero producto a un servicio multifacético. Si en los OPI no somos capaces de ver esto y actuar en consecuencia (y el libro científico y de divulgación es uno de los ámbitos más proclives a la experimentación en los nuevos medios), nuevamente estaremos cometiendo un grave error de comunicación.