LA RESECA DEL 10-N

Así terminé mi artículo de la semana pasada: “la incógnita está el próximo domingo en el resultado de las urnas. Los dos bloques parece que siguen, aparentemente, igual; pero los actores de esos bloques no. Y habrá perdedores y ganadores”.

No hacía falta ser una gran adivina para saber que, aunque los resultados fueran similares, no todo continuaría igual, como así ha sido. Cuando sí me equivoqué, y además estrepitosamente, fue cuando afirmé que nunca se harían unas segundas elecciones, pues los actores principales se jugaban demasiado, era un riesgo muy elevado e innecesario. Me recordaba a la película de James Dean, conduciendo de cara al acantilado a ver quién era más valiente y aguantaba más; pero siempre supuse conocían dónde están los frenos, cuando ha de aparecer el sentido común. Me equivoqué.

Espero no equivocarme ahora si afirmo que ya no se repetirán las elecciones, porque se ha aprendido la lección. Votar es un ejercicio democrático, pero no un juego, ni una táctica, ni estrategia de números, ni sobredosis de orgullo, ni pelea de gallos. Lo que no quiere decir que el entendimiento sea fácil. Además, lo he dicho y repetido, todos tienen su parte de razón en el planteamiento de problemas y soluciones, como también todos tienen su parte de responsabilidad.

Pero, el 10-N, independientemente de que haya dejado la situación más embrollada, de que el parlamento esté más fraccionado, y de que el consenso sea igual de difícil (o más), marcará un antes y un después.

En primer lugar, los ganadores y perdedores. Todos han perdido, menos Vox. Vox es el único partido que tenía motivos de celebración la noche electoral. Y, aunque muchos de sus votantes también lo consideren así, Vox supone una grave preocupación. Vox ha sido blanqueado por la ceguera del resto de partidos. Ha convencido con mensajes simplistas, sin tener ni idea de cómo aplicar la economía ni realizar medidas sociales, tan solo sabe generar enemigos: fuera los otros, las mujeres a su puesto, ilegalizar partidos, y arriba España. Como si España solo fuera, otra vez más en la historia, de unos cuantos frente al resto.

El gran perdedor ha sido, sin duda, Albert Rivera, cuya derrota ha sido tan abrumadora que ha tenido que dimitir, incluso anunciar su retirada de la política. Era previsible su retroceso, porque Ciudadanos había entrado en una peligrosa deriva: intolerancia, líneas rojas, soberbia, y, lo que es peor, gobiernos con PP y Vox. Así lo ha dicho Manuel Valls, que negociar con la ultraderecha significa perder el alma. Pero con la pérdida de Ciudadanos, se pierde también un partido (al menos de momento) que, si no se hubiera tirado por el precipicio del absurdo, hubiera significado un espacio nuevo del liberalismo político.

Aunque PP aparente alegría, no deja de estar en la cuerda floja. Es cierto que Pablo Casado ha hinchado los pulmones por una temporada, pero no acaba de consolidarse como el líder de la derecha, no ha llegado a los escaños que esperaba, y además Abascal le pisa los talones. Vox es el aliado del PP pero también su principal enemigo.

UP vuelve a retroceder y no deja de hacerlo. Aunque digan que han resistido, lo cierto es que pierden votos a sacos. Con un hiperliderazgo y apagadas las ilusiones de lo que Podemos representó, deben enfrentarse a sus contradicciones. En cinco años de existencia, UP ha ido fagocitando voces plurales, a IU, a las mareas, y a muchos de sus propios miembros, que hoy van errantes por el panorama político español.

Y el PSOE también se ha dejado buenos jirones. Cierto que ha ganado otra vez las elecciones, y lo ha hecho de forma repetida durante todas las últimas convocatorias, pero el objetivo no era ese. Es un ganador con más problemas de los que tenía anteriormente.

En segundo lugar, en España crecen los extremos. Esos son los que han ganado: el radicalismo, la voz que grita, el enfrentamiento … El Parlamento sigue en dos bloques, más o menos, pero absolutamente fragmentado, y, además, la única euforia está en los extremismos territoriales. Del nacionalismo español al independentismo catalán.

En tercer lugar, ese ha sido el elemento más importante de la campaña: la independencia. Decíamos que Rajoy era una máquina de hacer independentistas, pero ahora es el independentismo el que genera votos para la extremaderecha. Y siguen provocando. Ahí están los CDR y toda esa troupe, poniendo en jaque al resto de España y a todos los que, buenamente, desde Cataluña y desde fuera, piensan que hay que escuchar, hablar, dialogar,… pero, pasadas estas elecciones, y viendo que la ultraderecha crece porque la violencia independentista no cesa, se acabaron las excusas.

Cataluña no saldrá así del atolladero, porque los independentistas, pese a que algún grupo esté eufórico por haber entrado en el parlamento como es la CUP, siguen sin ser una mayoría ni social ni política. La independencia no está creciendo de votos, solo está haciendo cada vez más ruido, generando más enfrentamiento social, hundiendo el país, y lo peor, han entrado en una espiral de la que no pueden salir si no es ganando o perdiendo. Han convertido su contienda político-ideológica en un juego de suma cero, y eso solo puede traer pésimas consecuencias.

En cuarto lugar, el gran problema territorial. España ruge desde los nacionalismos. Nacionalismo versus nacionalismos. Nacionalismo español contra nacionalismos periféricos. Y ambas posiciones, no solo son irreconciliables y están enfrentadas, sino que destruyen un discurso común. Los que aúllan por una España única, envueltos en la bandera patriótica, se olvidan de la pluralidad, la diversidad, las distintas culturas, y un largo etcétera de lo bueno que tiene España. Mientras tanto, otros chillan igual de alto amenazando que sus escaños serán ingobernables, dispuestos a romperlo todo, porque no hay más nación que el territorio propio: tanto miedo me dio Vox como ver la euforia de la CUP o Bildu.

En quinto lugar, y algo que me entristece mucho. Ayer se enterró el 15-M. Aquel espíritu democrático e inconformista, de búsqueda del bien común, donde la ciudadanía llenó las calles y ofreció una esperanza nueva, se ha difuminado. Los llamados “partidos nuevos” han sido los más castigados. Podemos ya no es la esperanza que surgió de aquel espíritu. Ni tampoco se habla de lo que ocurrió en la crisis, ni si volverá a ocurrir.

Nada es igual después del 10-N. Todo es probablemente más complejo. Pero también es verdad que la aparición de Vox simplifica las posiciones. O una única España, al ordeno y mando de Vox, o una España donde estemos los imperfectos, los que tenemos frustraciones y esperanzas, los que no pensamos igual pero queremos entendernos. Ese es el dilema y el ejercicio de responsabilidad.