LA LUCECITA DE WATERLOO

¿Recuerdan la “lucecita de El Pardo”? Pues, ahora, parece que quieren encender otra en la ciudad belga de Waterloo.

Para los más jóvenes convendría recordar que, en su momento, se llamó la “lucecita de El Pardo” a un faro ideológico que pretendía guiar a los nostálgicos del franquismo una vez que, muerto el dictador, se estaba desmontando su herencia política.

Andan los independentistas catalanes buscando una solución, cuadrando dicen algunos, que satisfaciendo a sus incondicionales no sea motivo de nuevas imputaciones penales o refuerce las actuales. Y, entre otras imaginativas soluciones, se les ha ocurrido nombrar un gobierno títere de Puigdemont, algo así como encender una candela en la nueva residencia de Puigdemont en Waterloo que pueda avivar, en algún momento más propicio, los rescoldos de la República de Cataluña. Una especie de “lucecita de Waterloo”.

Pero, y ahora me dirijo especialmente al ex-President, esto tiene riesgos si sus pretensiones son las de vicariar a alguien. Debería recordar el señor Puigdemont que el nombramiento de testaferros no siempre se ha resuelto con éxito para el representado por la rebelión del representante, una vez que se siente con la capacidad suficiente para hacerlo. Hay, tanto en España como en otros países, bastantes ejemplos de que encargar a alguien que le guarde el sitio en el poder no ofrece garantías de que eso termine siendo verdad. Y no creo que haga falta citar nombres.

En el terreno de la economía sumergida la figura del testaferro está mucho mejor estudiada e, incluso, sometida a regulación en muchos países dando lugar a figuras como el fideicomiso o el trust. Pero, en el terreno en el que parece jugar el independentismo catalán, es decir en el de los márgenes de la legalidad, podemos distinguir dos tipos de testaferros económicos. Uno es el de una persona alejada del representado que no llega a saber nunca que es lo que está firmando cuando tiene que hacerlo. Se emplea, para ello, a indigentes o, incluso, muertos en el caso más extremo.

El otro tipo es el de personas muy cercanas al representado como suelen ser familiares de primer grado, generalmente cónyuges en régimen matrimonial de separación de bienes. A este tipo de testaferros se les puede contar todo ya que son dignos de la mayor confianza y, aunque tampoco sepan que es lo que están firmando, se fían de lo que hacen.

En el caso del señor Puigdemont, este necesita, por mor del Estatut de Catalunya, un testaferro que sea diputado en el Parlament y, dado que no tiene familiares de primer grado que cumplan con esa condición ni tampoco hay indigentes entre sus Señorías, va a tener que nombrar testaferro a una persona con riesgo de que, en algún momento, pueda querer volar por su cuenta. Y, claro, el riesgo para Puigdemont no es solo que pierda la capacidad de influir. Es que, cuando pierda eso, se va a quedar también sin la fuente de financiación, ya no de la candela para la lucecita, sino, también, de la ventana desde donde luce aquella e, incluso, de la propia casa de Waterloo de la que, en la actualidad, está disfrutando.

Así pues, mi consejo es que fuerce la celebración de otras elecciones en Cataluña. No es que piense, y él estoy seguro de que tampoco lo hará, que vaya a cambiar mucho la situación pero, por lo menos, tendrá unos meses más de lucecita y de, digámoslo claro, disfrutar del chollo.

Porque de pocas formas más claras se puede calificar la situación de una persona que, siendo autor de varias mentiras de difusión masiva, responsable último de la calamitosa situación política de Cataluña, de su ruptura social y colaborador necesario de que otros colegas estén en cárceles españolas, se mantenga en el altar de los anhelos nacionalistas de la mitad de la población catalana y sea el máximo foco de la atención española en estos momentos. Y, además, por el mismo precio, se haya convertido en una figura histórica. Un chollo.