IRAK: AL-SADR O EL SORPRESIVO TRIUNFO DEL NACIONAL-POPULISMO.

Década y media después de la invasión norteamericana, dos guerras atroces y batallas cotidianas sin descanso, Irak sigue sumido en el desconcierto y la inestabilidad, aunque los años de sobresalto parezcan haber quedado atrás. Las elecciones generales, relegadas por los medios occidentales a un plano secundario merecen una atenta  cuidadosa reflexión.

LA SORPRESA AL-SADR

La sorpresa ha propiciado la recuperación del interés mediático. La victoria del otrora “enfant terrible” de la socio-política iraquí ha desconcertado a los analistas y expertos. Nadie aventuró que Moqtada Al-Sadr pudiera resultar el vencedor de los comicios. Sin embargo, su evolución en estos cinco lustros explica razonable su éxito actual (1).

El flamígero clérigo se convirtió en la principal pesadilla de las fuerzas norteamericanas de ocupación después de la derrota y eliminación del aparato baasista. Bush (W.) puso precio simbólico a su cabeza. “Un solo hombre no puede comprometer la paz de un país entero”, dijo del presidente que promovió la guerra causante de cientos de miles de muertos.

Sadr organizó a los millares de pobres de los barrios periféricos de Bagdad, Basora y otras ciudades en una fuerza político-militar denominada Ejército del Mahdi (el mesías shií por venir).  Ante las masas seguidoras del culto al yerno del Profeta, el joven clérigo se convirtió en  heredero militante y abrasivo de la autoritas familiar (los ayatollahs Sadr), acuñada durante años de lucha y martirio contra el laico y sunni Saddam Hussein. De ahí que su principal feudo, el turbulento suburbio de Saddam City, fuera rebautizado como Sadr City, en honor a la familia más venerada del shiismo iraquí.

La intervención norteamericana no privó a Sadr del discurso encendido, sino al contrario. Para él y sus seguidores, no era aceptable derrotar una tiranía para sustituirla por una ocupación extranjera. Mientras Washington se empeñaba en lubrificar y pastorear a una clase política atenta a sus intereses, Moqtada el Sadr se convertía en la piedra angular de una contestación radical y violenta.

La presión norteamericana y el lento pero inexorable control de la seguridad por las fuerzas regulares aminoró el vigor de las milicias del Mahdi. Luego, la insurgencia sunní, primero bajo la divisa de Al Qaeda y luego con la renovada marca del ISIS oscureció la influencia de Al-Sadr.

El joven clérigo maduró en esos años de relativo ostracismo. Poco a poco fue variando su discurso y tomando distancias con Irán, centro de peregrinación permanente en su etapa inicial de activismo. Sus milicias no participaron activamente en la contraofensiva contra el Daesh, protagonizada por el Ejército regular y, en los momentos más atroces, por las milicias más claramente proiraníes agrupadas en las Fuerzas de Movilización Popular.

En los últimos años, el discurso de Al-Sadr había virado del sectarismo shií y la lealtad al santuario iraní hacia posiciones más claramente nacionalistas, en sintonía con el gran santón del chiismo iraquí, el ayatollah Alí Al-Sistani, que nunca ha aceptado el dominio de Irán en cualquiera de los ámbitos del estado o la sociedad iraquíes. Esta evolución le llevó a escuchar a los saudíes, a no oponerse a una presencia reglada de los norteamericanos, a colaborar con los iraníes sin imposiciones, a entablar cauces de diálogo con los líderes sunníes moderados y con los secesionistas kurdos, a entenderse con no pocos empresarios y, no obstante, a pactar y coaligarse con los comunistas. En definitiva, a instalarse en el pragmatismo (2).

PRAGMATISMO PARA MANIPULADOR EL PODER

Moqtada Al-Sadr ha transformado su disciplina formación militarista en una suerte de movimiento ciudadano contra la corrupción, la carestía de la vida, el desabastecimiento, la falta de trabajo y oportunidades, la codicia de la élite político-militar. Más allá de sus iniciales credos sectarios, el astuto clérigo ha escuchado las tripas de las masas y ha marginado el imaginario fanático.

Hace dos años, Al-Sadr hizo una exhibición palpable de sus habilidades con las masas al impulsar la irrupción de cientos de bagdadíes en el Parlamento y protagonizar una sonora protesta contra la indolencia de la clase política. Apoyó el programa de regeneración del primer ministro Abadi, frente a las maniobras obstruccionista de su antecesor y compañero del partido Al-Dawa, Nuri Al-Maliki, que había roto con Washington y se había acercado a Teherán.

Pero Al-Sadr nunca juega a segundón. El respaldo a Abadi fue táctico. Él tenía su propio el designio de convertirse en lo que ahora parece haber conseguido: el kingmaker (3). Es decir, el depositario de la clave para formar gobierno y liderar el país. No será tarea fácil, empero.

Las elecciones han dejado un panorama endiablado, en eso no ha habido sorpresa alguna. El shiismo se ha presentado dividido en cinco grandes facciones: la coalición inter-confesional “Victoria”, de mayoría shií y liderada por Abadi: las milicias proiraníes (MPF), cuyos líderes se han reciclado políticamente en Al Fatih (Conquista); los afines al exprimer ministro Maliki; la formación minoraría “Sabiduria”, encabezada por otro líder religioso histórico, Al Hakim; y finalmente, la coalición de Al-Sadr, denominada Saroon, que se podría traducir como “Marcha” o “Hacia adelante”, lo que inevitablemente recuerda a la formación de Macron (4).

Saroon ha ganado en la mitad de las provincias figura en primer lugar en el cómputo estatal, seguido de cerca por Al Fatih. Abadi sólo ha obtenido el tercer puesto. El pulso para formar gobierno se antoja largo y complicado. Al Sadr no es diputado y ni puede ni quiere ser el nuevo primer ministro. Puede apoyar a Abadi, como ha hecho en el pasado, pero no desea enfrentarse a los proiraníes más recalcitrantes. Al único que no traga es a Al-Maliki.

En todo caso, este consumado manipulador querrá alejarse de enredos y politiqueos excesivos. Le interesa más el prestigio que la púrpura. Uno de sus colaboradores más cercanos ha reconocido que aspira al controlar el Ministerio del Interior, o sea las fuerzas de seguridad. El objetivo es claro: garantizar la seguridad de sus fuerzas, neutralizar a sus adversarios y, si es necesario, intimidar a los enemigos (5).

Al-Sadr no sólo tendrá que componer con sus rivales shíies, sino convencer a los desbandados y maltrechos sunníes de que ha enterrado definitivamente el sectarismo y a los kurdos de que puede ofrecerles estímulos para abandonar o al menos aparcar su ambición secesionista.

Pero el verdadero reto lo tiene en el exterior: alcanzar un modus vivendi con Teherán y con Washington, con ambos polos en agudizada confrontación tras la ruptura del acuerdo nuclear (6).

Ya no sería una sorpresa que el transformado clérigo fuera capaz de hacer virtud de la necesidad y encontrara la fórmula para jugar al caliente y al frío con estos dos gendarmes todopoderosos del equilibrio (o el desequilibrio) iraquí.

 

NOTAS

(1) “How Moqtada al-Sadr went form anti-american outlaw to potential king-maker in Iraq”. TAMER EL-GHOBASHY y KAREEM FAHIM. THE WASHINGTON POST, 14 de mayo.

(2) “Moqtada Al-Sar has transformed himself-and could emerge as a kingmaker after elections”. KRISNADEV CALAMUR. THE ATLANTIC, 11 de mayo.

(3) “Sadr, the Kingmaker”. OMAR AL-NIDAWI. FOREIGN AFFAIRS, 4 de mayo de 2016.

(4) “Iraq elections: fractured shia forces means an uncertain outcome”. IBRAHIM AL-MARASHI. MIDDLE EAST EYE, 1 de mayo.

(5) “Moqtada Al-Sar s’impose comme le faiseur de roi en Irak”. HÉLÈNE SALLON. LE MONDE, 15 de mayo.

(6) “Iraq’s elections: Red flags and opportunities for inclusion”. BILAL WAHAB. WASHINGTON INSTITUTE, 11 de mayo.