DISRUPCIÓN TECNOLÓGICA Y MEDIO AMBIENTE

Jeremy Rifkin[i] proclama que una sociedad de coste marginal casi nulo, a la que según sus previsiones nos conduce la actual Revolución Científico Técnica (RCT), puede llevarnos desde una economía basada en la escasez a una economía de abundancia sostenible, ya en la primera mitad del siglo XXI. Y ello porque la constitución de una nueva matriz de comunicación, energía y transporte, basada en el triple proceso de generalización del Internet de las comunicaciones, con un Internet de la energía digital y renovable, y un Internet del transporte y la logística automatizados en una infraestructura inteligente e integrada –Internet de las cosas- nos conduce a un acceso a los productos y a los servicios a costes marginales muy reducidos que, unidos a la expansión que esta RCT potencia a la compartición del procomún colaborativo, nos llevará a una sociedad radicalmente distinta que pondrá en cuestión el capitalismo y favorecerá una mayor sostenibilidad ambiental en el planeta.

Esta mayor sostenibilidad ambiental la asocia a varios factores que, en su opinión, están permitiendo utilizar los recursos de la Tierra con más eficacia y productividad en una economía circular, así como llevar a cabo la transición energética desde el uso de combustibles fósiles a las energías renovables. El primer factor que señala tiene que ver con el Internet de las cosas (IdC), que concibe como una red abierta, distribuida y colaborativa, en la que infinidad de sensores, a través de las conexiones máquina a máquina (M2M), proporcionarán información diversa e inteligente (filtrada a través de los correspondientes algoritmos) que posibilitará que cualquier persona, en cualquier momento y lugar pueda acceder a ella y utilizar sus datos para optimizar los procesos que desee (consumo, transporte, acceso a servicios médicos, educativos, etc.). Esto implicará menor movilidad obligada, y por lo tanto menor consumo energético, así como una cierta desmaterialización de la economía, con sus correspondientes ventajas digitales, que ya se ha producido en gran parte con productos de formato digital (discos, películas, etc.). Por otra parte, se supone que la IdC ya está permitiendo –y permitirá a corto plazo en mucha mayor medida- tener un control inteligente de todo tipo de proceso, aumentando su eficiencia y eficacia; por ejemplo, en el control del consumo de energía o de agua, en el control y previsión de costosas averías, en la previsión de incendios, en el control de la contaminación, etc.; aspectos a muchos de los cuales nos hemos referido en el artículo anterior al hablar de territorios y ciudades inteligentes, pero cuya incidencia, hoy por hoy, no puede considerarse significativamente relevante ni para el ciudadano ni para el medio ambiente, aunque sí lo esté siendo en mayor medida para los beneficios de algunas empresas, al disminuir sus costes y mejorar sus beneficios.

En todo caso, se está produciendo una mejora de la eficiencia energética medida por la productividad o intensidad energética (producción asociada a cada unidad de energía consumida) en el sector metalúrgico mundial si atendemos a los datos de “Industrial Development Report 2018”, publicado por UNIDO[ii]; pero la huella ecológica per cápita mundial sigue aumentando, lo que indica la pervivencia de un crecimiento continuado de la insostenibilidad ambiental, al menos hasta las últimas fechas para las que se disponen de datos, tal y como se aprecia en las dos figuras siguientes.

Como apreciamos, la pérdida global de sostenibilidad está en gran parte asociada a la incidencia de la “carbonización” de la sociedad (producción de electricidad, de calor, consumo en transporte, etc.). Y también en estos ámbitos, ayudando a la descarbonización energética se supone que puede haber una fuerte incidencia positiva de la actual RCT por la vía de la expansión exponencial de las energías renovables (solar y eólica, pero también geotérmica e hidráulica) y de la energía distribuida que permitirá optimizar, con ayuda de la inteligencia artificial los procesos de autoproducción/autoconsumo/almacenamiento/distribución en red. Según Rifkin (op.cit. pág. 107 y ss), como en el caso de la informática, el sector de las energías renovables ha tenido unos costes iniciales elevados para investigar, desarrollar y sacar al mercado cada nueva generación de tecnología, a la vez que se están necesitando fuertes inversiones en infraestructura para lograr lo que él denomina “Internet de la energía”, que será el resultado de una integración de las tecnologías de Internet con las energías renovables. Pero que nos lleva a un coste marginal cercano a cero para cada unidad de energía solar o eólica, lo que cambiará el modo de generar y distribuir energía en la sociedad. Su visión nos lleva a que “centenares de millones de personas producirán su propia energía renovable en hogares, oficinas y fábricas y compartirán electricidad verde en un Internet de la energía del mismo modo que hoy generan y comparten información. Y como ha sucedido con la información, las energías renovables serán prácticamente gratuitas una vez descontados los costes fijos de investigación, desarrollo e implementación”.

Esta visión presenta varios problemas. En primer lugar, el sector de la energía se encuentra con elevadísimas inversiones no amortizadas en sistemas extracción y producción de energías no renovables, cuyo abandono rápido tendría repercusiones catastróficas para el mismo. Adicionalmente, es un sector claramente oligopólico con una fuertísima capacidad de influencia en el poder político, tal y como se ha apreciado claramente en el caso de EEUU y las nuevas políticas energéticas de Donald Trump; o, en menor medida, en su propia capacidad de influencia en una UE absolutamente dependiente de las importaciones energéticas y de las actuaciones de estos oligopolios que, como máximo, están aceptando una evolución gradual hacia las energías renovables.

Un segundo problema se encuentra en los límites asociados a la disponibilidad de materias primas necesarias para la producción de las infraestructuras y elementos básicos de las energías renovables -o, en general, de todos los productos asociados a la RCT- y a la tasa de retorno energético (TRE) que se asocia con la producción de cada Kwh de esta energía renovable.

Todos los elementos asociados a la RCT (robots, smartphones, sistemas de almacenamiento de datos, infraestructuras de comunicaciones, portátiles, etc.) requieren el uso de materiales, muchos de los cuales son recursos no renovables de magnitud finita y presión creciente por parte de la demanda, lo que hace que sean progresivamente más caros a medida que se agotan, un cuestionamiento de la rentabilidad de su utilización, y la búsqueda de materiales alternativos –que es otra de las líneas de desarrollo de esta RCT actual. Este proceso de agotamiento y búsqueda de materiales sustitutivos viene generalmente asociado a incrementos en la energía necesaria para obtenerlos o sustituirlos, lo que aumenta la huella ecológica asociada y la insostenibilidad del proceso.

En ese sentido hay que tener en cuenta que, periódicamente, la Comisión Europea publica la situación de la UE respecto a la problemática energética y de las materias primas. Y que en el campo de la aplicación ambiental y de alta tecnología, los 14 elementos que se consideran fundamentales para su desarrollo (antimonio, cobalto, galio, germanio, indio, litio, niobio, tantalio, renio y wolframio, platino, paladio, rodio y las tierras raras) son importados prácticamente en su totalidad en el caso de ocho de ellos (antimonio, titanio, cobalto, molibdeno, niobio, tantalio, renio, vanadio, grupo del platino y las tierras raras, con un altísimo grado de riesgo de abastecimiento en todos ellos que es mucho mayor en los casos en que dichas importaciones (75%) dependen de un único país.

Un problema adicional viene asociado al hecho de que la expansión de las redes de telecomunicaciones e informáticas da lugar a un crecimiento global del consumo de energía eléctrica que, de seguir el ritmo actual, podría llevar a que en 10 años se necesitara toda la capacidad actual de producción eléctrica sólo para soportar la demanda asociada a ambos tipos de redes. Problema que podría considerarse menor en las hipótesis defendidas por Rifkin, de un marco de producción energética renovable basada en una potencial energía solar abundantísima (la energía que hoy consume la economía mundial es del orden del dos por mil de la energía que llega del Sol) y a coste marginal casi nulo.

Desde la perspectiva de la tasa de retorno energético (TRE), es decir la energía producida por cada unidad energética consumida, aunque la RCT está mejorando sensiblemente dicha tasa en el caso de las energías renovables y muy en particular en el caso de la energía solar, lo cierto es que se ha producido una reducción significativa en dicha eficiencia energética medida por la citada TRE, que cabe situar en más del 80% respecto a la TRE correspondiente a la extracción de petróleo barato en los países del Golfo en 1940. Esta cantidad ingente de mayor energía necesaria para obtener energía adicional de la tecnología solar ha venido hasta ahora reflejada en el alto precio del Kwh asociado a dicha producción energética renovable.

Ambos procesos nos obligan a considerar hasta qué punto el encarecimiento de las materias primas no renovables o de su sustitución por materiales alternativos, o el encarecimiento de la producción energética asociada a una TRE decreciente pueden mermar las posibilidades de avance de una dinámica actual que exige consumos adicionales muy significativos de energía que, hasta ahora vienen asociados a incrementos de emisiones de gases de efecto invernadero, aumento del calentamiento global e incremento de la insostenibilidad.

Y un ejemplo de la alarma creciente que produce el incremento de consumo energético asociado a la implantación de la RCT podemos encontrarlo en el Davos de este año 2018 respecto al consumo energético asociado al uso del blockchain y, en particular a la expansión de las criptomonedas tipo bitcoin. Según las noticias asociadas a una fuente bancaria –claramente interesada en el descrédito de los bitcoins- la energía consumida por la verificación continua de las operaciones que se realizan entre los diferentes ordenadores exige un elevado número de comprobaciones informáticas y conexiones entre diferentes ordenadores que se multiplican exponencialmente a medida que crece la demanda de criptomonedas, creciendo a una media del 25% al mes, lo que podría llevar a que en 2020 estas monedas consumieran toda la energía que se produce a nivel mundial. Como ejemplo no desinteresado señalan que una transacción con criptomonedas implica un consumo energético de unos 200 Kwh, lo que representa unas 20.000 veces lo que una transacción con tarjeta de crédito.

Todos los años suelo iniciar esta sección de Políticas de la Tierra con una referencia a las expectativas y riesgos que el Foro de Davos (o diversos Organismos internacionales) presentan para el año en curso y su previsible incidencia para España. Así, en enero de 2017 me refería a la consideración que había tenido la que denominaban Cuarta Revolución Tecnológica en los documentos de los Organismos anteriores; y, muy en particular, en sus previsibles efectos sobre la productividad y el empleo, aspectos tenidos en cuenta en los últimos cinco artículos escritos. Y culminaremos esta serie de artículos dedicados a los efectos de la disrupción tecnológica, con una consideración, en el próximo artículo, de las referencias que el Global Risk 2018 -elaborado para el Foro de Davos que acaba de culminar- incorpora a esta disrupción tecnológica en el marco de los nuevos riesgos más significativos definidos para 2018-2028, y su relación con la Síntesis de Conclusiones asociadas a los artículos de la serie elaborados.

[i] Rifkin, J. (2014).- “La sociedad de coste marginal cero”. Paidós. Barcelona. 2016.

[ii] United Nations Industrial Development Organization. (2017).- “Industrial Development Report 2018. Demand for Manufacturing: Driving Inclusive and Sustainable Industrial Development”. UNIDO. Vienna. 2017