CULTURA CIENTÍFICA: UNA HERRAMIENTA PARA EL PACTO CÍVICO POR LA CIENCIA

Una de las premisas que ha guiado a investigación sobre la cultura científica es la suposición de que hay una actitud negativa de la ciudadanía hacia la ciencia. No se puede negar que existen algunas controversias sociales en relación con algunos desarrollos científicos y tecnológicos como, por ejemplo, la investigación con células madre [[1]], los organismos modificados genéticamente [[2]] o la clonación [[3]]. Pero también es cierto que en los estudios que hemos realizado hasta la fecha no hemos encontrado indicios de esta actitud negativa en España ni en Europa [[4]]. No obstante, no hay duda de que la relación es compleja, fundamentalmente porque es resultado de la interacción de muchas esferas. En la Unidad de Investigación en Cultura Científica (UICC) del CIEMAT analizamos algunas de ellas. En concreto, hemos puesto el foco en la interacción entre ciencia, ciudadanía, política, economía y medios de comunicación. En esta contribución nos vamos a centrar en la esfera política, la esfera ciudadana y la esfera científica. La esfera política se encarga de la regulación y, por tanto, contribuye a diseñar el escenario en que la sociedad interacciona con la ciencia; la esfera científica refleja las dinámicas de la ciencia y, por tanto, incluye cuestiones como qué tipo de ciencia se hace, cómo se hace, a qué intereses sirve, etc.; por último, la esfera ciudadana hace referencia al público que interacciona con la ciencia. Hemos optado por hablar de esfera ciudadana en vez de la esfera social porque es la ciudadanía la que interacciona con la ciencia en un contexto social determinado.

No hay estudios que midan directamente cuál es la imagen que tiene la esfera política de las esferas científica y ciudadana, pero podemos obtener indicios claros si nos fijamos en las medidas que promueve. Así, podemos decir que para la política la ciencia es, simultáneamente, un instrumento y un lujo. Por lo que respecta a la primera dimensión, desde principios del siglo XX se ha considerado que el conocimiento científico debía contribuir a fundamentar las políticas públicas. Como resultado de este proceso, una parte cada vez más importante de la investigación científica ha estado dirigida a proporcionar asesoramiento al poder político. Se trata de la ciencia para las políticas públicas (science for policy) [[5]]. Por otro lado, ver la ciencia como un lujo implica considerarla cara y prescindible. Ha habido innumerables noticias sobre las consecuencias que esta forma de ver la ciencia ha tenido sobre  el sistema de I+D de nuestro país durante finales de 2017 y la primera mitad de 2018 recogidas, por ejemplo, en el dossier “La crisis de la ciencia española” de Materia, la sección de ciencia de El País [[6]].

Por otro lado, desde esta esfera se asume que la población no está capacitada para entender las complejidades de la ciencia. Por tanto, los esfuerzos realizados desde las instituciones para acercar la ciencia a la ciudadanía se dirigen a incrementar el interés a cualquier precio, creando lo que Helga Nowotny (2005) ha llamado realidades de bajo coste [[7]]. Estas realidades son muy “baratas” de consumir ya que dependen de la experiencia inmediata del flujo de imágenes y sonidos, por lo que son un producto comercial de enorme éxito en nuestra sociedad. Al mismo tiempo, se busca la participación de los ciudadanos, su contribución a hacer una ciencia mejor. Aunque se defiende una participación que resulta, en cierto modo, incompleta, pues se busca enriquecer la ciencia y favorecer su gobernanza [[8]]. En los últimos tiempos, de hecho, se ha dado un paso más en lo que, en nuestra opinión, es la mala dirección, de tal modo que, desde la perspectiva de la Innovación e Investigación Responsable (RRI por sus siglas en inglés, Responsible Research and Innovation) convertida en línea principal de acción de la Comisión Europea para fomentar la ciencia con y para la sociedad, se atribuye a la población únicamente el rol de consumidores. Es decir, se fomenta la participación únicamente como una estrategia para suavizar la reacción contraria a determinados desarrollos científicos o tecnológicos con el fin de evitar malgastar los recursos económicos invertidos en un desarrollo que luego sea rechazado [[9]].

Si atendemos a la imagen que tiene la esfera científica de las otras dos [[10]], encontramos, por un lado, que los científicos atribuyen a la esfera política un doble papel de patrono y cliente. Patrono, porque es esta esfera la que formula las políticas de investigación y desarrollo y distribuye la mayor parte de los recursos. Cliente desde la perspectiva de la ciencia al servicio de las políticas públicas a la que hemos hecho referencia un poco más arriba. En cualquier caso, se considera que la esfera política es la única que debe tener conocimiento de las dificultades y necesidades que experimenta la esfera científica. Esta conclusión se debe, en parte, al hecho de que la imagen de la esfera ciudadana está dominada por una cierta desconfianza, bastante relacionada con el modelo del déficit, es decir, desde la ciencia se tiende a considerar que los ciudadanos tienen una actitud negativa hacia la ciencia que se sustenta en sus dificultades para comprenderla. Aunque esta visión cambia bastante una vez que tienen la oportunidad de interaccionar con la población [[11]], la realidad es que se busca la participación de la ciudadanía desde un enfoque que se puede definir como paternalista: hagámosla fácil, accesible e interesante para que nos comprendan.

La imagen que tiene la ciudadanía de la esfera política está marcada por la desconfianza y el descrédito. De hecho, es desde hace tiempo una de las principales preocupaciones de los ciudadanos, como muestran los barómetros del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas). Por otro lado, aunque se habla de la imagen ciudadana de la ciencia como un concepto unitario, la realidad muestra que está compuesta a su vez por, al menos, tres dimensiones, que se corresponderían con tres dimensiones de la ciencia: básica, aplicada e instrumental. De manera simplificada, ciencia básica es aquella que está orientada fundamentalmente por el objetivo de incrementar el conocimiento científico, mientras que la ciencia aplicada se centra más en la obtención de resultados. La ciencia instrumental es, precisamente, la que tiene como cliente a la esfera política. Se puede decir que prácticamente nadie duda o reniega de la ciencia al servicio del conocimiento. En el caso de la ciencia aplicada, se puede decir que “todo depende” de cuál sea la aplicación y de a qué se aplique. En cambio, la imagen de la ciencia “instrumental” es, esencialmente, negativa. Por un lado, porque se percibe que está al servicio del mercado y/o de la política. Por otro, en consecuencia, porque se ve contagiada del descrédito que afecta a estos.

La cuestión es que la imagen que tenemos unas esferas de otras determina cómo nos comportamos. Y esto tiene repercusiones importantes. Veamos algunas.

Las estrategias centradas en atraer el interés de la sociedad por la ciencia a cualquier precio han dejado huella en la población. Al tratar de establecer qué significa que alguien manifieste estar interesado por recibir noticias de ciencia y tecnología en competición con otros temas, como educación, cine y espectáculos, política o deportes, por mencionar algunos, hemos encontrado una relación cuando menos, preocupante. La ciencia se asocia con el ocio y el cine, posteriormente con cuestiones más relacionadas con la actualidad, como la política. Y solo en última instancia se vincula con educación, que debería ser un aliado natural si hablamos de cultura científica [[12]].

Las consecuencias de la instrumentalización de la ciencia también son notorias. Se habla cada vez más de la pérdida de autoridad de la ciencia. En el informe que realizó en diciembre de 2017 la revista “Investigación y Ciencia”, la versión española de Scientific American, sobre el Estado de la Ciencia Global, se apunta a que la politización de la ciencia, que está teniendo lugar a escala mundial, está favoreciendo el escepticismo entre la población, favoreciendo el auge de los movimientos negacionistas [[13]]. Por otro lado, la revista Nature Human Behavior publicó un editorial como resultado de la edición de 2017 de la Marcha por la Ciencia, una iniciativa global para promover la visibilidad pública de la ciencia. En él se apunta que, a pesar de que nadie duda de la relevancia del objetivo, no está claro que manifestarse sea la mejor forma de otorgar a la ciencia el papel que se merece en la sociedad en general y en la gestión política en particular. La ciencia debe ser neutral y no se debe identificar con ninguna ideología política, dicen. No obstante, la ciencia no puede estar al margen de la política, porque no ocurre en el vacío, sino en un contexto social al que influye y que le influye [[14]]. La realidad es que la ciencia nunca se había encontrado ante una realidad como la actual. Se la utiliza prácticamente para todo. Hay inputs de la ciencia cognitiva detrás de la creación de Facebook y el resto de redes sociales, con el claro potencial adictivo de los “me gusta”, o subyaciendo a la acuñación del neologismo eufemístico “postverdad”, pero a la vez se la ningunea y se la denuesta, como señalan en el mencionado editorial. Y eso pasa factura. Porque, como se apunta desde la psicología cultural, los seres humanos no podemos desconectar de nuestro entorno social. Estamos diseñados para reaccionar ante, y sintonizar con, los pensamientos, sentimientos y acciones de los demás [[15]].

Por último, como hemos señalado, desde la esfera científica se considera que el único interlocutor válido en la defensa de la ciencia es la esfera política. La consecuencia más directa es que los ciudadanos ven la ciencia como una herramienta de la que disponen los políticos, pero no como un instrumento que puede ayudarles a desenvolverse mejor en su vida cotidiana y en su toma de decisiones [[16]]. Por otro lado, hay pruebas claras de que los ciudadanos tienen cierto interés por la ciencia, pero no una gran implicación. Por ejemplo, se ha encontrado que buena parte de la población española está de acuerdo con la necesidad de financiar con dinero público la investigación científica aunque no aporte beneficios inmediatos. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurrió cuando en plena crisis económica en España se produjeron importantes recortes económicos en servicios públicos como la educación o la sanidad, las acciones para alertar sobre las consecuencias de los recortes en I+D no han contado con ningún respaldo ciudadano. Esta es una prueba evidente de que la pérdida de capacidad científica asociada con la crisis del sistema de ciencia en España no se percibe como una pérdida por parte de la población [[17]]. Sin embargo, debemos hacer mucha autocrítica y pensar si detrás de esta realidad no se esconde la consecuencia de la tendencia de la ciencia a pensar que es ella misma la que debe solucionar sus problemas, sin implicar a la ciudadanía.

En la UICC consideramos que una buena forma de abordar la complejidad de la relación de la sociedad con la ciencia implica contribuir a que la ciencia cuente con la sociedad. Para ello, el objetivo debe ser aumentar nuestro conocimiento científico sobre la ciudadanía que interacciona con la ciencia y de los factores que dan forma a su imagen de la ciencia, ya que determina cómo es esa relación. Además, debe otorgarse a la población el papel de interlocutor, en lugar del de receptor de las medidas que diseñan otros sin tenerla en cuenta. Pero también hay que contribuir a que la sociedad se apoye en la ciencia.  Para ello debemos tener presente el papel facilitador que desempeña el conocimiento científico en la confianza y el compromiso de la sociedad con la ciencia. La ciencia nos ayuda a entender cómo funciona el mundo. Si queremos aumentar el compromiso con ella, debemos ser capaces de trasladar a la población esta manera de verla y fomentar su actitud científica. Como dijo Carl Sagan: “Más que un cuerpo de conocimiento, la ciencia es una forma de pensar” [[18]]. Contribuyamos desde la esfera de la ciencia a que todos pensemos así.

 

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[[1]] Bates, S. R., Faulkner, W., Parry, S. y Cunningham-Burley, S. (2010). How do we know it’s not been done yet? Trust, trust building and regulation in stem cell research. Science and Public Policy 37(9): 703-718.

[[2]] Wynne, B. (2001). Expert discourses of risk and ethics on genetically manipulated organisms: The weaving of public alienation. Notizie di Politeia 17(62): 51-76.

[[3]] House of Lords Select Committee on Science and Technology (2000). Science and Society: Third Report. London: Her Majesty’s Stationery Office.

[[4]] Muñoz van den Eynde, A. (2012). Concepto, expresión y dimensiones de la conciencia ambiental. El papel de la cultura científica. Editorial Académica Española. ISBN: 978-3-659-03171-7.

[[5]] López Cerezo, J. A. y Cámara Hurtado, M. (2005). Apropiación social de la ciencia, en: Percepción social de la ciencia y la tecnología en España-2004. Madrid: Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología.

[[6]] https://elpais.com/agr/la_crisis_de_la_ciencia_espanola/a/.

[[7]] Nowotny, H. (2005). High and low-cost realities for science and society. Science 308:1117-1118.

[[8]] Muñoz van den Eynde (2012), op. cit.

[[9]] EC (2013). Options for Strengthening Responsible Research and Innovation. Report of the Expert Group on the State of Art in Europe on Responsible Research and Innovation. Disponible en: https://ec.europa.eu/research/science-society/document_library/pdf_06/options-for-strengthening_en.pdf.

[[10]] Besley, J.C. y Nisbet, M. (2013). How scientists view the public, the media and the political process. Public Understanding of Science 22(6):644-659.

[[11]] Pearson, G., Pringle, S. M., y Thomas, J. N. (1997). Scientists and the public understanding of science. Public Understanding of Science 6(3): 279-289.

[[12]] Muñoz van den Eynde, A. (2015). “Factores que contribuyen a construir la imagen pública de la ciencia. La relación entre percepción, interés y conocimiento”, en: Percepción Social de la Ciencia y la Tecnología 2014. Madrid: Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología.

[[13]] https://www.investigacionyciencia.es/revistas/investigacion-y-ciencia/estamos-solos-722/la-razn-en-la-cuerda-floja-15852.

[[14]] https://www.nature.com/articles/s41562-017-0116.

[[15]] Markus, H.R., y Hamedani, M.G. (2007). Socio-cultural psychology. The dynamic interdependence among self-systems and social systems, en: S. Kitiyami, y D. Cohen (eds.), Handbook of Cultural Psychology. Nueva York: Guilford Press.

[[16]] Muñoz van den Eynde, A. (2014). Conocimiento, confianza y compromiso. A vueltas con el modelo del déficit, en: A. Muñoz van den Eynde y E. H. Lopera Pareja (coords.), La Percepción Social de la Ciencia. Claves para la Cultura Científica. Madrid: Los Libros de la Catarata.

[[17]] Muñoz van den Eynde (2014), op. cit.

[[18]] En: Viosca, J. (2018). Creando el mundo. El fascinante viaje desde los sentidos hasta el cerebro. Madrid: Ediciones El País (p. 141).