¿CUÁNDO CRUZÓ EL RUBICÓN PEDRO SÁNCHEZ?

El pasado día 8 de mayo presentó José Borrell su libro Los Idus de Octubre. Reflexiones sobre la crisis de la socialdemocracia y el futuro del PSOE. Una obra penetrante que cruza el análisis de la crisis presente del PSOE con la crisis de la socialdemocracia.

El autor deja constancia del motivo que le empujó decisivamente a intervenir, con un libro de urgencia necesaria, en la actual encrucijada del PSOE: “Estas páginas no se habrían escrito sin la indignación del episodio que me produjo el episodio Herrera”. Ya sabe usted lector, lectora, que tal episodio revela cómo se utilizó el arma política de la mentira en la operación dirigida a privar de la Secretaría General a Pedro Sánchez. Derrocamiento (Fernández dixit). Consiguiente dimisión, honrosa y leal con el partido, para no consolidar un choque de legalidades en la dirección que, deslegitimando a todos, hubiera conducido probablemente a la escisión y a los tribunales.

Ya saben cuántas simbólicas frases nos brinda la historia de la Roma clásica, la republicana y la imperial. Precisamente el asesinato de Cesar marcó el tránsito de la degradada República al Imperio, en medio de guerras civiles. César no se guardó de los Idus de marzo, conforme le habían advertido y pagó su descuidada confianza con la muerte.

Borrell ha dado a su libro el ilustrativo título de los Idus de Octubre. El mes que marca la “semana trágica” del PSOE, en la que se quiso hacer realidad el desideratum “a ese lo quiero muerto”, pronunciado en primera persona del singular, aunque fueron muchos en la dirección los que actuaron para acabar con la vida política del Secretario General. En fin, sobre los avatares de aquellas luchas intestinas por el poder ya hay mucho escrito y la militancia socialista (estupefacta e indignada ante el dramático espectáculo) tiene sus propias opiniones.

Por mi parte, aquí quiero plantear otra cuestión.

Podemos referirla con otra expresión clásica, también muy cargada de simbolismo: alea jacta est, la suerte está echada, que pronunció César cuando cruzó el Rubicón. Ahí dio el paso decisivo que le llevaría luego a la muerte.

Pues bien o: ¿Cuándo cruzó su Rubicón Pedro Sánchez?

El día 24 de noviembre de 2014.

Su decisión anunciada en esa fecha de apoyar la reforma del artículo 135 de la Constitución (que previamente había modificado el presidente y Secretario General del PSOE Rodríguez Zapatero, en concurso opaco con el entonces aspirante a la presidencia, el señor Rajoy, presidente del PP) ocupó la primera plana de los más importantes medios de comunicación. Estos, como no podía ser de otra forma, señalaron que esa decisión conllevaba la admisión de que aquella reforma había sido un error. Añadían que suponía un distanciamiento del nuevo Secretario General de la herencia recibida de Zapatero. La gente informada ya decía saber que este, antes de la elección en junio de 2014, había apadrinado y actuado de fedatario secreto del apoyo a Pedro Sánchez de la baronesa con mando en plaza y de otros barones, para que este alcanzara la Secretaría General.

Preguntado de inmediato Zapatero por aquella decisión de Sánchez, ya Secretario General, reaccionó diciendo que por su entrega, por su devoción y otras meritorias dedicaciones a su partido, ante esa decisión de Pedro Sánchez, y por el respeto que le tenía al cargo de Secretario General, se limitaba a esbozar una sonrisa.

Recuerdo que la prestigiosa periodista Soledad Gallego Díaz -que ayer acompañó a Borrel en la presentación de Los Idus de Octubre -comentó que Zapatero podía sonreír e incluso reír a carcajadas, pues dada la rigidez de la reforma constitucional, es muy difícil que en el seno del cuerpo legislativo se pudiera formar una mayoría cualificada como se exige para retocar, si no lo acepta el PP, el precepto que fue tocado con tanta rapidez por el acuerdo bipartidista en la cumbre. En la cima de la cumbre. ¿Quién puede decir que fue consultado? Parece ser que ni siquiera Rubalcaba, a quien Zapatero le endosaría las consecuencias en la consiguiente derrota electoral.

Aquella contundente eficacia permitió impedir que se agrupara el pequeño número de diputados que hubiera sido bastante para obligar a que el apresuradísimo toqueteo constituyente tuviera que pasar por la criba del debate en la opinión pública y la decisión por la vía del referéndum. Algún diputado socialista no votó esa reforma; Manuel de la Rocha que precisamente también ayer acompañó a Borrell y que ahora apoya a Pedro Sánchez en su intento de ser reelegido Secretario General.

Ha de recordarse que Pedro Sánchez, al manifestar que apoyaba la iniciativa de enmienda del 135, sobre la anterior efectuada, se reconoció como participante en el error y lo explicó invocando respetuosamente a Zapatero. La explicación no sólo se reveló sincera sino también razonable. Por el contrario la sonrisa de Zapatero no podía ser tomada como expresión de respeto, ni sincera ni convincente, al Secretario General. Aunque solo fuera porque éste se había ganado el cargo por el voto de los militantes del partido su declaración (de que aquello fue un error) hubiera merecido, cuánto menos, una reflexión pública, fuera cual fuera: bien para hacer autocrítica (descargando así del hándicap de esta parte de su herencia a su “devocionado” partido y a su “respetado” Secretario General, a los que esperaba una dura contienda en las múltiples elecciones del año siguiente; bien para ilustrar, ya con mayor serenidad, sobre la necesidad -en aquel momento crítico- o incluso la bondad sempiterna, de aquella su medida, que –incluso- pretendió amparar en el magisterio de la socialdemocracia sueca.

No hacía falta ejercer de psicólogo de turno para percibir que aquella sonrisa de Zapatero era más una muestra de la arrogancia del experto gobernante, dedicada a la ingenuidad del aspirante a serlo. Pero un juicio político de aquella actitud podría mantener que si no dio esas razones -ayudando a su partido y a su Secretario General, al electorado socialista y a la opinión pública -es porque carecía de razones expresables con palabras. Por entonces ya eran muchos en el seno del PSOE, los que habían criticado aquella reforma constitucional del 135 y señaladamente su redacción y su método. Podría concluirse que quizás no fue la sabiduría, sino la ignorancia, la que lo dejó mudo. Que no fue el respeto al Secretario General, sino la falta de respeto a la militancia socialista, la que lo dejó sonriente.

El caso es que entonces, alea jacta est, Pedro Sánchez echó los dados a rodar en el debate interno sobre el rumbo del socialismo democrático, de la socialdemocracia.

Aquello significaba que en materia económica, en la respuesta a la crisis, en el rumbo a seguir, Sánchez aceptaba la herencia del pasado, pero a título de inventario. Había cruzado la frontera, el Rubicón, desafiando la autoridad senatorial personificada en el último presidente socialista.

¿Debió prepararse ya entonces Sánchez para la guerra civil interna si ésta se desataba? Lo cierto es que en el PSOE el debate sobre cuestiones de fondo venía ya de una larga degradación. Y a pronunciamientos de fondo no se les daba la trascendencia debida. Pero Zapatero creía que en ello se jugaba una parte de su legado.

Sánchez podía manejar razones poderosas. Por una parte, las que explican que ese precepto permitía constitucionalmente unas políticas que ahondarían la crisis y limitarían las posibilidades de rectificarlas. Por otra, las que apelan a la conveniencia democrática de que decisiones tan trascendentales (de rango constitucional) sean tomadas tras un debate serio de los representantes de la ciudadanía, o, en su caso, por su decisión directa en referéndum.

No traigo esto a colación en la contienda electoral actual sobre quién vaya a ocupar la Secretaría General porque piense que importa más el pasado que el presente y que el futuro deseable. Ni porque crea que la recuperación del PSOE dependa más de reconocer errores pasados, que de acertar ahora al trazar su rumbo. Lo que quiero destacar es que el PSOE, para dar mayor credibilidad a sus propuestas y a su discurso, necesita una comprensión crítica del pasado inmediato, el que marca con su huella, en cada ámbito; el presente de España y del PSOE. En el ámbito de su política económica esa comprensión crítica la ha empezado a hacer el Documento “Somos socialistas”, elaborado desde su coordinación por José Félix Tezanos y Manuel Escudero. Tanto este documento como las tesis que mantiene Borrell en Los Idus de Octubre contienen una explicación de la crisis de la socialdemocracia y un apunte sobre la línea para superarla.

Rodríguez Zapatero ha mantenido muy recientemente (en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, el mismo lugar de la presentación del libro de Borrell, y ante G. Sach en el acto de presentación del documento congresual elaborado por la Gestora) que la socialdemocracia no está en crisis. Y añadió que tras las próximas elecciones el PSOE volvería al gobierno. Días más tarde, afirmó su convencimiento que eso tendría lugar con Susana Díaz, ganadora con ganas de ganar donde las haya, como Secretaria General.

Puede que algún mal pensado le suponga al presidente una reserva jesuítica que le hace callar que ese pronóstico contempla, calladamente, la perspectiva de un gobierno de coalición con el PP. No estoy entre tales. Más bien creo en el optimismo antropolítico del presidente Zapatero y en su buen y animoso talante, ahora muy participativo en la campaña de Díaz por la Secretaría General del PSOE.

Por supuesto que tiene derecho a pensar que la socialdemocracia no está en crisis. Muchos tendrían interés en oír sus razonamientos. Y tiene derecho a comprometerse activamente en la campaña por una candidata.

Pero no lo tiene a rotular su legado presidencial con la inscripción Nolli me tangere.

Y creo que tampoco lo tiene a presentar como un desastre la reelección del que fue Secretario General también con su apoyo.

La unidad y el futuro del PSOE tienen que apoyarse también en sus logros pasados. Y la contribución del presidente Zapatero es notable y no debe darse al olvido.

Pero quizás, él mismo tendría que valorar cuál es la actitud más adecuada para la conservación de la memoria de sus logros en la conciencia colectiva del partido.

Por mi parte concluyo que Pedro Sánchez cruzó entonces aquella frontera, pero que ni es César ni está muerto. Por el contrario, está más vivo políticamente que nunca estuvo antes.