CIENCIA EN SOCIEDAD: “CAJALICEMOS” ESPAÑA

El día 21 de febrero de 2018 se ha presentado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid el número 249-250, correspondiente al mes de enero, de la revista Sistema. Esta revista nació en 1973, es decir que durante cuarenta y cinco año y con periodicidad bimestral ha estado siendo atalaya de las cuestiones académicas y prácticas relacionadas con las ciencias sociales y las humanidades con la participación de autores españoles y extranjeros desde diversas facetas disciplinares e interdisciplinares. Es un hito que se merece el reconocimiento y la celebración de aquellos que se interesen por los avances del conocimiento y del pensamiento humanístico, científico y técnico. Tiene un gran mérito, porque la supervivencia económica se ha debido a la excelente gestión de los y las responsables de la Fundación Sistema, ya que no han contado con el apoyo continuo de entidad financiera alguna. Entre estos actores merece especial mención José Félix Tezanos, a quien deseo una pronta recuperación de su aflicción ocular.

Precisamente a su capacidad y vocación de empresario público se debe la gestación del número que glosamos y a su olfato político-científico el título del número: “Ciencia en sociedad”. El número aborda algo poco usual en las publicaciones españolas del ámbito de las ciencias sociales y humanas, como es el análisis de las relaciones entre el ejercicio de la actividad científica y la sociedad.

Me ha cabido el honor de coordinar dicho número y la fortuna de editarlo en colaboración con Miguel Ángel Quintanilla y Santiago López, académicos e investigadores del Instituto de Estudios Sociales dela Ciencia y la Tecnología (ECYT), institución de referencia en estas cuestiones, adscrita a la histórica Universidad de Salamanca.

En el acto de la presentación, con una nómina infrecuente de 11 ponentes, se desvelaron las características del número y las condiciones de contexto estratégico y socio-político en las que se ha elaborado el mismo, junto con los impactos e influencias sobre la sociedad que para su desarrollo se proyectan en un futuro de ilusión. De este acto hay una grabación a la que se puede acceder desde el enlace:

https://www.fundacionsistema.com/video-de-la-presentacion-debate-del-no-265-de-la-revista-temas-2-2/

En el número se exponen además de la presentación, nueve artículos encaminados a intentar dar respuestas y mostrar propuestas a la pregunta básica, central: ¿cómo colocar la ciencia en la agenda social como paso previo, e indispensable, para incorporarla en la agenda política? Desde la presentación se reconoce que en el monográfico hay dos líneas argumentales: la primera sobre el estado de la política científica en España, que se explora en los primeros cuatro artículos de forma específica y de modo más indirecto en el quinto, que aborda la innovación. La segunda línea es la que penetra en el análisis de la relación en España entre ciencia y sociedad, sociedad y ciencia, desde distintas ópticas y objetos de análisis.

No es el objetivo de este texto ofrecer una síntesis de los distintos artículos: en el acto de presentación hay una muestra del análisis sintético de los contenidos de la revista en este número conmemorativo. Pero es en el número mismo, que se puede adquirir en los lugares y según los procedimientos habituales, donde acercarse a lo que han querido plantearse y contestar los promotores, los editores y los autores de la obra. En estas líneas pretendo céntrame en el último epígrafe de mi intervención en el acto donde exponía conclusiones que ahora reformulo.

En primer lugar, he decidido recuperar la figura y el pensamiento multifacéticos de Don Santiago Ramón y Cajal, las diversas aristas de su personalidad y su obra. En el número hay aromas de admiración, fruto de esa tarea, por esta gran figura de la ciencia, quizá la más significativa, completa, e influyente -totalmente realizada en suelo español- de la historia de la ciencia moderna en nuestro país. Durante la preparación y edición del número, así como para explorar su proyección hacia el futuro, he procedido a la relectura del libro Santiago Ramón y Cajal por Enriqueta Lewy (Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Extensión Científica y Acción Cultural, 1987). El libro tiene una parte introductoria importante, que consta de un prólogo de Severo Ochoa, el otro premio Nobel español en Fisiología o Medicina, aunque por una actividad investigadora realizada sobre todo en los Estados Unidos; la Introducción a cargo de dos historiadores de la ciencia española Agustín Albarracín y José Luis Peset; y una Nota de la autora.

Enfoco mi atención en estas tres páginas de la Nota para iniciar el discurso del porqué de la admiración y con ello estimular a reconocer la necesidad de incorporar muchos de los principios y valores que ha alumbrado la trayectoria científica y vital del gran sabio navarro-aragonés. Terminé mis palabras el día de la presentación del número de Sistema, invocando como grito-propuesta el verbo “cajalizar”, neologismo tomado prestado del libro en su penúltimo epígrafe, que reza “Cajalizar la filosofía hispánica”. Ahora conjugo, para el título, ese verbo con la primera persona del plural del presente de indicativo: “cajalicemos”. Por cierto que este término me sirve para rendir un homenaje a Antonio Fraguas, Forges, recientemente fallecido, un genial y original humorista, creador de personajes y de palabras, quien además en varias ocasiones dedicó sus viñetas a la situación precaria de la ciencia española y que ejemplificó en ciertos casos en los investigadores del CSIC. Quizá es un vocablo que hubiera reconocido y adoptado.

Dice Enriqueta Lewy en esa Nota: “El 50 aniversario de la muerte de Cajal ha coincidido con la democratización de España y para mí ha sido una gran satisfacción el poder compartir los diversos homenajes al Maestro, organizados por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, donde he trabajado a mi regreso a España después de largos años de exilio” y continúa refiriéndose al esfuerzo de “relanzamiento de la figura de Cajal y de su proyección histórica en varias ocasiones”, para lo que reconoce a diversas autoridades del CSIC, entre las que al autor de estas líneas le cabe el honor de figurar, cuando apoyó al Presidente Alejando Nieto, iniciador de esta recuperación de la figura y la obra cajaliana, como Vicepresidente de política científica, encargado entre otras tareas de esta recuperación de la “memoria histórica” del gran neurohistólogo, humanista vocacional y ciudadano socialmente implicado, y de la revitalización del Instituto Cajal. Pero no solo de su figura sino también de la extraordinaria Escuela Neurológica Española, como Enriqueta subraya.

Es muy probable que muchos de los lectores ignoren que Santiago Ramón y Cajal ha sido el único premio Nobel en las áreas de la ciencia experimental reconocidas en los galardones suecos por su excepcional y renovadora actividad investigadora realizada al cien por cien en España. Es aún más improbable que conozcan que otros tres integrantes de su escuela de Cajal estuvieron al borde de alcanzar tan preciado galardón: Pio del Río Hortega, Fernando de Castro y Rafael Lorente de Nó, este último menos acomodaticio, fue precursor del exilio científico que explotó en torno de la Guerra Civil. En cambio, Fernando de Castro permaneció en España a costa de mucho sacrificio personal y científico, tratando de salvaguardar la obra y el Instituto de Cajal. Con respecto a la Escuela Neuro histológica, recomiendo acceder a la conferencia que en la Jornada del 27 de noviembre de 2017 sobre “Cinco siglos de medicina en España”, organizada por la Fundación Areces, pronuncio Fernando de Castro Soubriet, científico titular del CSIC en neurobiología y nieto de Fernando de Castro Rodríguez.

Cierro trascribiendo los últimos parágrafos de mi intervención escrita en el acto el 21 de febrero:

Termino con un apartado de conclusiones de modo muy sintético. Primero, una invocación hacia la pertinencia de un proceso de irrigación y drenaje sobre la sociedad, de procesos, estrategias y métodos asociados con la cultura científica y orientados y apoyados sobre principios éticos como la responsabilidad, la empatía, la cooperación (altruismo), el compromiso, la justicia social y la verdad (búsqueda y derecho a conocerla).

La tarea a la que se enfrenta ese ejercicio es enorme. Enuncio algunos conceptos y procesos que salpican y llegan a impregnar a la sociedad actual: globalización; posverdad; economía neoliberal, economicista, monetarista y especulativa frente a la rica diversidad de las teorías que la adornan y envuelven: evolucionista, ecológica o biofísica, neuroeconomía o comportamental, del bien común, bioeconomia o circular, de la atención, en fin la economía biológica como amplio campo que propuse hace unos pocos años y que de la suma de algunas de las mencionadas parece alcanzar sentido; economía digital y transhumanismo; sostenibilidad y cambio climático; crecimiento del PIB y desigualdad; descenso inusitado de la inversión pública en nuestro país. Hay más pero para muestra bastan los botones. Tales conceptos no pueden dejarse que circulen, se apliquen, se acepten sin un profundo debate acorde con el método científico.

Como colofón, quiero traer a colación a Cajal, algo que será nanoscópico dentro de las múltiples citas que ofrecen la vida y la obra del gran Maestro como le llama su secretaria y biógrafa Enriqueta Lewi Rodríguez. En su libro publicado por el CSIC en 1987, página 203, último párrafo, en palabras síntesis de la biógrafa, se dice “En opinión del sabio, la dependencia de otras naciones y la pérdida de la soberanía la sufren aquellos países que no cuentan con economía y ciencia propia”. En el mismo libro, pagina 176, la autora recoge que en 1913 en el curso de un debate cordial pero firme, escribía a Unamuno, “Creo que España debe desarrollar su genio propio, su personalidad original en arte, filosofía, literatura, hasta en el modo de consolidar la vida…hay escuelas filosóficas, literarias, artísticas, pero solo hay una ciencia, la cultivada desde Galileo a Pasteur y Claude Bernard. Todo nos urge, pero sobre todo la ciencia que es de lo que vamos peor”. Para convencer al reticente Unamuno terminaba apocalíptico. Otro rasgo consustancial a su vida y a su obra fue declarar continuamente que desconfiaba de las élites y dedicaba su trabajo a la juventud estudiosa y a la ciudadanía laboriosa: la lectura del libro citado lo atestigua fehacientemente. Cierran el libro dos apartados muy breves, paginas 228-231, uno titulado “Cajalizar la filosofía hispánica”, y el último que reza “¡Mis contradicciones! ¡Ojalá fueran mayores!”.

Y en este último, casi al final del libro, se recoge la siguiente frase de su obra “Los Tónicos de la voluntad”, “Con sinceridad simpática ha dicho un científico, “Varío porque estudio”. Todavía sería más noble y modesto declarar: “cambio porque estudian los demás y tengo a gala renovarme”…“el culto a la consecuencia que en política pasa por virtud, en ciencia resulta casi siempre señal inequívoca de orgullo o cortedad de luces. La variabilidad es uno de los rasgos que mejor traducen la honradez del investigador”.

Apoyándome en el legado de Cajal, transito desde el infinitivo al indicativo, porque pienso que es ya el momento de actuar, acudiendo a iniciativas cooperativas, orientadas a favorecer dimensiones y dinámicas éticas y científicas en la cultura y en la política, a recuperar la importancia de la CIENCIA, conjugando su vertiente experimental y tecnológica con la filosófica, para intentar corregir los errores, y desmanes, de una sociedad guiada por la economía, orientada preferencialmente al consumo desorbitado, a la adoración del dinero y a la tendencia hacia la esclavización de gran parte de la ciudadanía global.