CIENCIA, CIENCIA, CIENCIA, CIENCIA, MÁS CIENCIA POR FAVOR

Comenzaba la andadura de esta sección ‘Ciencia y Sociedad’ de ‘Sistema Digital’ con un artículo de Emilio Muñoz[1], en el que el autor manifiesta su admiración por la figura de Santiago Ramón y Cajal, premio Nobel de medicina en 1906, al que califica como “gran figura de la ciencia, quizás la más significativa, completa e influyente […] de la historia de la ciencia moderna en nuestro país”. Y destaca Muñoz el hecho de que la actividad científica de Ramón y Cajal fue realizada totalmente en suelo español. Ejemplo de responsabilidad y compromiso con la ciencia española el de Don Santiago. Y no sólo con la ciencia, sino con muchas otras cuestiones para con su país[2]. En su texto, Emilio Muñoz cita asimismo a Severo Ochoa de Albornoz, también científico español, igualmente premio Nobel. Pero en este caso, con una actividad investigadora realizada en el extranjero, sobre todo en Estados Unidos.

No habían pasado dos años desde la muerte de Don Santiago en octubre de 1934; nos situamos en septiembre de 1936, recién comenzada la Guerra Civil española. Severo Ochoa y su mujer, Carmen García Cobián, abandonan España y se trasladan a Alemania, como relata Severo en su texto ‘La prosecución de un hobby’[3], en busca de las condiciones que le permitieran “llegar a ser un científico”. Aun estando Alemania “dominada por el furor nazi” y habiendo dejado de ser, en palabras del propio Ochoa, el país que tanto le había atraído en anteriores estancias científicas, el Nobel español se instala en el laboratorio de un antiguo colega, donde consigue seguir desarrollando su actividad investigadora.

Quiero detenerme aquí en una anécdota -que califico como tal por poco conocida, no por circunstancial o poco relevante- ocurrida a Severo Ochoa en aquellos años. Recibe una carta de la embajada de Franco en Berlín, expresando la sorpresa por su estancia en Alemania y no en España sirviendo a su país. Carta a la que Ochoa contesta que “como científico yo servía a mi país mucho mejor estudiando en Alemania, país que debía su grandeza en gran medida al avanzado estado de su ciencia y tecnología”. Respuesta tras la que no vuelve a tener noticias de la embajada.

Este acontecimiento en la biografía del premio Nobel español tiene, desde mi punto de vista, al menos dos significados obvios y relevantes. Por un lado, Ochoa relaciona explícitamente la grandeza del país anfitrión con el avanzado estado de su ciencia. Y por otro, ejemplifica a la perfección que la implícita importancia de la ciencia, por su aplastante evidencia, es capaz de convencer y desmontar cualquier argumento hasta de las mentes más… Utilice cada cual el adjetivo que le parezca más apropiado.

Aun así, seguimos necesitando hacer explícitos argumentos que infiltren de forma inequívoca y permanente en la sociedad el convencimiento de la utilidad de la ciencia y la irrenunciable necesidad de apostar por ella.

Habrá quien todavía piense que no hace falta que invirtamos en ciencia, en pagar a personas que se dediquen a ella, en mantener costosísimos centros de investigación. Podemos aprovecharnos de los descubrimientos de otros científicos en otros países. Efectivamente, puede ser un argumento; no muy original, por cierto: ya lo puso Miguel de Unamuno en boca de Román, personaje de su obra ‘El pórtico del templo’: “Inventen, pues, ellos y nosotros nos aprovecharemos de sus invenciones”.

Pero bueno, ¿quieren verlo en términos económicos? Pues vamos allá. El pasado año 2015, miles de personas se manifestaron en las calles de Madrid pidiendo que la sanidad pública suministrara a las personas enfermas de hepatitis C los nuevos -y costosísimos, por cierto- medicamentos que habían demostrado su enorme efectividad en la cura de esta enfermedad. Digna y lícita reclamación, por supuesto. Aunque reacias en un primer momento, finalmente las autoridades sanitarias accedieron. ¿Conocen el coste que esta medida tuvo para la sanidad pública? Se estima que por encima de 700 millones de euros. Bien empleados, nada que objetar por mi parte; muchos lectores sin duda estarán de acuerdo. ¿Saben a dónde fueron a parar? Pueden imaginarse que fundamentalmente a los laboratorios farmacéuticos propietarios de las patentes de estos medicamentos. No es mi intención criticar aquí el sistema de patentes: los laboratorios tienen derecho a amortizar sus inversiones en investigación. ¿En qué condiciones?, ese es otro tema.

El anterior es sólo un ejemplo de lo que sucede con otros medicamentos, con otras tecnologías, resultantes de la investigación científica y tecnológica. ¿Saben cuánto dinero perdemos el conjunto de la ciudadanía por cada euro que dejamos de invertir en ciencia? O planteado a la inversa, ¿cuál es la repercusión económica -por no hablar en términos de bienestar, desarrollo, empleo, etc.- de cada euro invertido en investigación? Yo tampoco lo sé con exactitud. Pero medítenlo, téngalo en cuenta si en algún momento consideran aplaudir las inversiones en determinadas infraestructuras de dudosa utilidad, o en determinados programas emitidos en canales de televisión públicos. O cuando se ufanen de tener la liga de futbol más importante del mundo, la que paga los más astronómicos fichajes.

Al fin y al cabo, como escribió Max F. Perutz, otro premio Nobel exiliado de su país: “Los científicos han cambiado nuestra forma de vida más drásticamente que las estrellas de televisión, los hombres de Estado y los generales, pero el público conoce poco sobre ellos más allá de la caricatura del ermitaño sin pasiones luchando con intrincados problemas que no puede explicar sino en una jerga incomprensible”[4].

Sólo se ama lo que se conoce. Quizás sea mucho pedir a los ciudadanos y ciudadanas que estudien ciencia con fruición, que profundicen en los más intrincados problemas científicos. Pero desde esta modesta atalaya les invito a que no duden en aproximarse a los contenidos científicos -existen estupendas publicaciones, canales de televisión, programas de radio, blogs, etc. de divulgación científica, para todos los públicos, algunos tremendamente interesantes, incluso divertidos-; a que se acerquen a conocer algunas de las instituciones científicas más cercanas, en su propia ciudad, provincia o comunidad autónoma -muchas de ellas organizan periódicamente jornadas de puertas abiertas, visitas guiadas y actividades de lo más interesante-; a que lean sobre la historia de la ciencia y las biografías de científicos -existen biografías y pasajes históricos dignos de la más absorbente de las novelas o guiones cinematográficos[5]-.

Y sobre todo, miren a su alrededor, cada día, desde la mañana a la noche, e intenten descubrir en su vida diaria la multitud de objetos, tecnologías, circunstancias, que nos hacen la vida más fácil, más agradable, más segura, más sana, mejor comunicada, y que están ahí gracias a la ciencia, a la investigación científica y tecnológica.

Y luego, decidan en qué prefieren que los políticos y responsables de la gestión de los fondos públicos inviertan los dineros de todos. Y exíjanselo.

 

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[1] Emilio Muñoz. Ciencia en Sociedad: “Cajalicemos” España. Sistema Digital, 26 Feb. 2018. [https://www.fundacionsistema.com/ciencia-en-sociedad-cajalicemos-espana/]

[2] Enriqueta Lewy. Santiago Ramón y Cajal: el hombre, el sabio y el pensador. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas. 1987.

[3] Severo Ochoa. The pursuit of a hobby. Annual Review of Biochemistry, 1980, 49, pp. 1-30.

Versión en español: La prosecución de un hobby. En: Mariano Gómez-Santos (ed.) Severo Ochoa. Escritos. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas. 1999. pp. 51-92.

[4] Max. F. Perutz (1989  ) Is Science necessary?. New York: E.P. Dutton. Publicado en español con el título ¿Es necesaria la ciencia? por Espasa Calpe (Madrid) en 1990.

[5] Un libro recomendable es el de Michael White: Acid Tongues and Tranquil Dreamers: Tales of Bitter Rivalry That Fueled the Advancement of Science and Technology; publicado en español por Espasa Calpe en 2002, con el título Lenguas viperinas y soñadores tranquilos. Rivalidades que estimularon el avance científico.