BARRERAS A LA TRANSFERENCIA DE TECNOLOGÍA

“La universidad solo trabaja en investigación básica”. “Nada de lo que sale de la universidad tiene una aplicación en mi empresa”, “El investigador solo está interesado en proyectos científicos lejos de la necesidad real de las empresas”, “Solo quieren publicar”, “La negociación de los contratos es imposible, especialmente el tema de los derechos de propiedad intelectual”, “El investigador no se involucra en el proyecto y delega en contratados y becarios”… son frases repetidas por los empresarios y sus trabajadores.

“En la empresa no saben lo que quieren”, “Solo se acuerdan de la universidad porque buscan ahorrar costes”, “Se está colaborando mucho con las empresas”, “El sistema funciona”, “La empresa quiere soluciones ya y en cuanto se lo solucionas se olvidan”, “Necesito más personal para poder llegar a las empresas”, “Cuando voy a la empresa y presento la evolución, nadie parece interesado en el proyecto”, “hay que vender los resultados de la investigación”… son alguna de las frases de los profesionales de la universidad y de la comunidad científica.

Todas estas frases se olvidarán el día que todos estemos convencidos de que la clave del éxito industrial está en una cultura de colaboración y confianza entre empresas e investigadores, dos actores que trabajan en un objetivo común: ofrecer un resultado que mejore el bienestar de toda la sociedad, que es al final quién, de una manera o de otra, financia toda su actividad.

A día de hoy, la realidad es tozuda. Según los datos que refleja el informe  Regional Innovation Scoreboard 2017 de  la UE en la evolución de la innovación en España entre 2010 y 2016 se observa  que las publicaciones han aumentado en esos seis años el 90%, que la financiación a la I+D ha bajado el 34% y que hay un 38% menos de PYME´s innovadoras. Así las cosas, todo indica que nuestro sistema de Ciencia, Tecnología e Innovación está descompensado  y algo falla.

Uno de problemas recurrentes que se aducen en nuestro país es que la financiación privada es lo que falla y aparecen todo tipo de incentivos públicos para que investigación y empresa vayan de la mano en los proyectos. Incentivos que la inmensa mayoría de PYME´s ni los contempla, porque no se ajustan a sus intereses. De tal forma, que año tras año da lo mismo que sean créditos o subvenciones, no se ejecutan las partidas destinadas a ellos.

La orientación de las empresas hacia la innovación y la competitividad dependen de los sectores a los que pertenecen y del entorno de los mercados en los que éstas operan. En España, solo el 23,4% de las empresas innovan y las que lo hacen, lo hacen en sectores muy heterogéneos.

Innovar en la empresa no es una tarea fácil, más allá que sea una palabra continuamente manoseada que muchas veces se utiliza sin ningún rigor por todo tipo de: consultores, coachers, conferenciantes y, también, representantes políticos. Implica procesos complejos que involucran recursos, personas y culturas establecidas. Si bien, se sabe que es en los laboratorios donde se gestan los conocimientos, el resultado de la búsqueda de principios y causas, y las técnicas, los procedimientos y recursos que sirven a un fin práctico. Dos elementos que, a veces, sirven para que las empresas desarrollen las tecnologías que resultan de la aplicación del conocimiento científico a entender, mejorar o crear técnicas que, a su vez, les permitirán diferenciarse y competir mejor. La relación está plagada de barreras que no se resuelven con el voluntarismo de determinadas administraciones que la promueven mediante convocatorias basadas en  “el palo y la zanahoria”.

Las siempre discutibles leyes del mercado y su implacable exigencia de transformar cualquier actividad humana en un activo susceptible de ser comprado y vendido, reclaman el concurso simultáneo de muchas miradas, distintos protocolos de actuación, varias tradiciones, diferentes niveles  de implicación y, sin excepción, la participación activa de los trabajadores de la Ciencia y los de las empresas. Sin embargo, esta es una relación plagada de barreras.

Aunque hay claras y exitosas experiencias de colaboración, actualmente siguen existiendo barreras culturales generalizadas en las dos direcciones, que impiden que haya una trasferencia tecnológica fluida a la empresa desde la universidad.

El cambio de mentalidad como instrumento de estímulo a la transferencia de tecnología podrá propiciarse acortando distancias entre el ámbito científico y tecnológico y la empresa, mejorando la formación científico–técnica de los profesionales, impulsando la participación activa de los empresarios en los procesos de I+D+I e involucrando a la universidad en los retos y miedos de las empresas.

Hay que sentar unas bases que permitan avanzar de un modelo de investigación, a un modelo donde se prime la transferencia de tecnología eficaz, eficiente y sostenible. Para lo que resulta imprescindible:

  • Mejorar la estructura de colaboración entre universidades y empresas, permitiendo la cooperación, cocreación, codesarrollo o la integración de conocimientos desarrollados de manera conjunta.
  • Evolucionar desde la ocurrencia que aquí hemos convertido en fórmula, la I+D+i, que sugiere un modelo lineal que no resulta eficaz frente a modelos no lineales de transferencia que contemplen la complejidad del proceso de transferencia de conocimiento.
  • Fomentar la incorporación de investigadores con experiencia en empresas, con medidas como la de los doctorados industriales y de investigadores de empresas en la Academia.
  • Entender que las spin-off son un vehículo de transferencia de conocimiento, probablemente el más económico, y que habría que promover y facilitar su creación desde las Universidades y los Centros Públicos de Investigación..

Lo cierto es que en nuestro país lo que está ocurriendo con la Ciencia también es un escándalo. No solo es que los presupuestos asignados hayan bajado el 64% en los últimos 10 años y su nivel de ejecución sea sencillamente ridículo, también porque su gestión está dominada por una burocracia que actúa con la rigidez propia de las tradicionales culturas de desconfianza e ignorancia ante los que tienen que aplicar el método científico y no puede predecir resultados ni ser irreversibles en sus estrategias, que necesariamente han de estar basadas en la flexibilidad y en la confianza a priori, lo que no excluye, todo lo contrario, el seguimiento posterior  para comprobar su cumplimiento y ajuste a las reglas.

Está claro que el espacio de la Ciencia y de la Innovación es muy difícil de abarcar en una Ley por el carácter multidimensional de los factores que intervienen en el proceso de llevar la idea al mercado. Deben incorporarse medidas que contribuyan a favorecer los procesos de innovación en la empresa, en el conjunto de las políticas públicas tanto a través de incentivos generales como de acciones específicas concertadas con los diferentes actores: administración, científicos y empresarios, encaminadas a la incorporación de conocimientos y tecnologías en los sectores público y privado, como fuente de innovaciones tecnológicas, organizativas, culturales y sociales.