ZOZOBRA A LA PAR QUE ILUSIÓN

La desigualdad mata es el título de un libro de hace varios años del profesor Göran Therborn, quién planteaba que la desigualdad social es uno de los grandes problemas y retos de nuestros días. Diferenciaba entre tres tipos de desigualdad: la desigualdad vital, la desigualdad existencial y la desigualdad de recursos.

La desigualdad vital está vinculada con las diferentes oportunidades de los seres humanos y es fruto del desenvolvimiento social. La desigualdad existencial se relaciona con la desigualdad personal de autonomía, la dignidad, la libertad y el derecho al respeto y al desarrollo personal. Y la desigualdad de recursos, fundamento de la mayor parte de los discursos sobre la desigualdad, es la que imposibilita a millones de personas en el mundo disponer de recursos para llevar vidas mínimamente dignas.

A lo que hay que añadir, merced  a los conocimientos en materia de genética humana, que bajo circunstancias vivenciales estresantes coligadas con la desigualdad y sus derivaciones, los telómeros (que son regiones de secuencias repetidas de nucleótidos que se encuentran en ambos extremos de cada cromosoma y que protegen el genoma) se desgastan y acortan, aumentando las probabilidades de sufrir enfermedades crónicas ligadas al envejecimiento y, consecuentemente, con la muerte.  Es ilustrativo, en este sentido, que haya diferencias tan llamativas en la esperanza media de vida entre residir en unas ciudades u otras de España y, particularmente, dentro de las mismas entre barrios. Pongamos el ejemplo de Madrid y Barcelona. Mientras en Madrid la diferencia asciende a 7 años entre los vecinos de las zonas más privilegiadas y las más deprimidas (de 78 a 84,8 años), en Barcelona se eleva a 11 años (de 75,2 a 86,5).

La realidad es que cada vez más personas se encuentran involucrados en procesos de empobrecimiento y de exclusión social asociados a factores estresantes económicos (paro, desempleo, subempleos…), junto a problemáticas familiares/relacionales y personales. El panorama resulta desolador a tenor de un último informe de la OIT en donde se denuncia la elevada temporalidad laboral en España, que llegó a alcanzar en 2017 el 26,8% (las mujeres resultan las más afectadas por los trabajos a tiempo parcial (34%) mientras que en los varones desciende al 16%)[1]. También lo es que en ese mismo año casi un millón de personas atendidas por Cruz Roja tuvieron que elegir entre pagar gastos de primera necesidad como alimentos, medicinas o material escolar o calentar sus hogares[2],

A lo anterior añadir las condiciones en la que se desenvuelven los jóvenes desde hace más de una década y la constatación de que las nuevas generaciones actuales viven peor que los mileuristas de entonces.  Si se compara a los veinteañeros previos a la crisis del año 2008 con los actuales, son más pobres y se desenvuelven en una incertidumbre acusada. No en vano entre el año 2008 y 2016 se produjo una devaluación salarial que ha afectado a todos los trabajadores, concentrándose en mayor medida entre los de menor edad. Según la Encuesta Anual de Estructura Salarial, el salario medio de los jóvenes menores de 20 años ha experimentado un descenso del 28% para ese periodo temporal, entre los de 20 a 24 años del 15% y entre los de 25 a 29 años del 9%.  

Por otro lado, los altos precios de la vivienda han cerrado las puertas del mercado inmobiliario a los menores de 30 años, traduciéndose, según recientes datos del Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud, en que tan sólo el 19,3% de los menores de 30 años consiguieron emanciparse a finales del año 2017 (26% en 2008). Ello se debe a que el porcentaje que deben destinar para acceder a una vivienda en alquiler supera el 88,8% de sus ingresos y, en caso de compra el 61%. Se explica que la edad media de emancipación ascienda a 29,3 años, la sexta más elevada dentro del contexto europeo. Es una cuestión social grave a la que el   actual gobierno trató de dar solución con la aprobación el 6 de diciembre pasado del Plan de Empleo Joven 2019-2021 para la formación e inserción laboral de los menores de 30 años, dotado con un presupuesto de 670 millones, dentro de un plan de 2.000 millones para el periodo 2019-2021. Precisamente una de las medidas sociales que no verán la luz tras la no aprobación parlamentaria de los Presupuestos Generales del Estado.

Las palabras de Federico Engels, recogidas en su obra La situación de la clase obrera en Inglaterra, adquieren especial protagonismo en este contexto y están de plena vigencia: “…  La ley que reduce el valor de la fuerza de trabajo al precio de los medios de subsistencia necesarios, y la otra ley que, por regla general, reduce su precio medio a la cantidad mínima de esos medios de subsistencia, actúan con el rigor inexorable de una máquina automática cuyos engranajes van aplastando a los obreros”.

No puedo por menos que finalizar esta reflexión con una profunda zozobra, al tiempo que  con ilusión ante nuestro futuro más inmediato, esperando que el sentido de justicia y el bien común provean de bienestar a los ciudadanos, con independencia de donde el azar de la vida los haya situado por adscripción familiar.

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[1] https://www.ilo.org/global/research/global-reports/weso/2019/lang–es/index.htm

[2] Cruz Roja Española, La Vulnerabilidad asociada al ámbito de la vivienda y pobreza energética en la población atendida por Cruz Roja, Boletín sobre vulnerabilidad social, nº 17, diciembre 2018.