YO, DANIEL BLAKE

Dirección: Ken Loach. Guión: Paul Laverty. Producción: BBC / BFI / Sixteen Films. Fotografía: Robbie Ryan. Música: George Fenton. Reparto: Ayley Squires, Natalie Ann Jamieson, Dave Johns, Micky McGregor, Colin Coombs, Bryn Jones, Mick Laffey, Dylan McKiernan, John Sumner, Briana Shann, Rob Kirtley

Yo, Daniel Blake comienza de una forma abrupta, con un fundido en negro y dos voces en off que hablan sin entenderse. Una es la voz del protagonista de este drama humano, un trabajador del sector de la construcción, carpintero, que ha sufrido un infarto y está solicitando una baja por incapacidad laboral transitoria y se encuentra rebotando contra un muro al otro lado de la línea telefónica. La otra voz es la de una “trabajadora social” que en realidad es una administrativa de una compañía subcontratada por la Administración Pública para evaluar si este trabajador tiene derecho o no al subsidio, una “trabajadora” que parece un robot bien entrenado para dificultar la prestación de un derecho esencial al trabajador carpintero que está al otro lado de la línea. La conversación se desarrolla de una forma tensa, con respuestas inhumanas por parte de la evaluadora, durante un par de minutos de este fundido en negro que corta ya el aliento de los espectadores.

La manera de comenzar el film determina su desarrollo. Loach envía un aviso desde el primer minuto: ha entrado usted, señora espectadora, ha presenciar una guerra abierta contra los pobres por parte del Estado Británico. Lo que viene después pone los pelos de punta.

Ken Loach ha realizado un film desgarrador sobre los efectos del neoliberalismo en la cultura democrática actual en Europa. Una “cultura” en la que impera el poder de lo privado y sus beneficios sobre los derechos al bienestar de las personas. Este filme de Loach ha recibido la Palma de Oro de Cannes a la mejor película, y no es para menos. Es un reconocimiento necesario para situar los graves problemas y las realidades que enfrentan millones de ciudadanos y ciudadanas de la Unión Europea en los inicios del siglo XXI.

Recomiendo esta película de auténtico y descarnado realismo social porque es necesario que los pobres, las personas orilladas y asediadas por las políticas de recortes realizadas con la crisis, tengan voz en las pantallas de esta Europa asediada y casi rendida a esa cultura del neoliberalismo feroz, que cosifica a las personas y las convierte en objetos de las que sacar un rendimiento económico rápido y si no es así las aparta, las excluye. Ese neoliberalismo, que convierte a los ciudadanos con derechos en clientes, en usuarios, en números de una lista de solicitantes de alguna prestación o de enfermos en una interminable lista de espera hospitalaria sin fin, tiene que ser puesto en evidencia y ser combatido desde todas las trincheras y Loach lo hace desde una trinchera que maneja como pocos, la del lenguaje cinematográfico.

Animo a los lectores y a las lectoras de sistemadigital.es a que vean esta película y la difundan entre sus amistades. Se ha programado en pocos cines, a pesar de los premios internacionales recibidos, en horarios raros y se está difundiendo poco en los medios.

Yo Daniel Blake es una película grande (realizada con un presupuesto pequeño, no necesita fuegos artificiales, ni efectos especiales, la realidad lo invade todo) en la que muchas personas que habitamos esta Europa de derechos recortados nos veremos reflejadas. Es una película grande que duele, que habla de los estragos del paro, de la precariedad en el empleo, de la pobreza, del hambre, de la exclusión de la clase trabajadora en precario, de la pobreza energética y vital. Pero además, y esto es importante, porque muestra tal deshumanización de los servicios públicos ingleses (y por extensión de un modelo de servicios públicos privatizados que se está extendiendo como una mancha de aceite por todos los países europeos) que lleva a preguntarse si este neoliberalismo cruel no nos estará acercando a una especie de nazismo cultural. Y me explico. En la Alemania Nazi se seguían las directrices y las normas en las administraciones públicas por parte de los funcionarios públicos sin cuestionarse nada al respecto, por muy disparatada o inhumana que fuera la norma: el Estado dictaba, los funcionarios ejecutaban. La película de Ken Loach muestra unos servicios públicos, prestados por empresas privadas, que no atienden a razones de humanidad, no escuchan, no empatizan, sino que los trabajadores que allí desarrollan su labor aplican las normas con obediencia debida, sin cuestionarse nada y si alguien se lo cuestiona ese “alguien” es amonestado y puede quedarse fuera, sin empleo.

Es atroz. Servicios públicos que deberían estar para ayudar a las personas a resolver sus problemas y sus necesidades, en realidad se convierten en instrumentos para hundirlas más en la miseria. Por eso esta película debería llevar como subtítulo: “El Estado contra los pobres”.