…Y LA IZQUIERDA OTRA VEZ DIVIDIDA

Los análisis sobre las divisiones en el seno de la izquierda son tan reiterados que ya se formulan en términos de resignación. Parece como si la izquierda sufriera una especie de trastorno genético que le condena de manera perpetua a sacrificar sus mejores intenciones y oportunidades en la hoguera de los conflictos domésticos interminables.

Da igual que los desafíos sean más o menos graves, y poco importa que las razones, los votos o las posibilidades se muestren de su parte. Siempre habrá un buen lío interno para malograr las mejores expectativas.

Cualquier espectador cotidiano del panorama político español juraría hoy, a la luz del tono y el contenido de los debates, que la derecha disfruta de un apoyo social y electoral muy mayoritario. Sin embargo, los resultados de las últimas elecciones del 26 de junio reflejan unos apoyos bastante equilibrados.

La suma de los votos de las formaciones conservadoras (PP, Ciudadanos, Demócratas catalanes y nacionalistas vascos) pasa de los 11.700.000 votos. Son muchos votos, ciertamente. Ahora bien, ¿cuántos votos sumaron las fuerzas que se dicen progresistas? PSOE, Podemos-IU-Equo-Compromís, En Común, En Marea, ERC, EH, BNG, GBAI, comunistas y demás alcanzaron más de… 11.700.000 votos. Prácticamente los mismos. Eso sí, mucho más atomizados, más divididos y más enfrentados. Conclusión: la derecha resulta más creíble que la izquierda como opción mayoritaria y de gobierno.

No se trata de una debilidad reciente. Las izquierdas españolas han desaprovechado muy pocas oportunidades a lo largo de la historia para desangrarse mutuamente, facilitando la hegemonía política y social de la derecha. Ocurrió durante la Segunda República, se dio durante la Guerra Civil, y también en la oposición a la dictadura franquista.

La Transición Democrática y la Constitución de 1978 supusieron una feliz excepción, para disfrute de la mayoría social en términos de derechos y libertades. Quizás por eso algunos de los más conspicuos representantes de la “nueva política” ya descalifican aquel éxito anómalo como una “traición” y un “candado”.

Y tampoco es un vicio exclusivo de la izquierda española. Vemos a nuestro alrededor cómo se destrozan los laboristas británicos, cómo se navajean los presidenciables socialistas en Francia y hasta cómo la admirada izquierda alemana es incapaz de ponerse de acuerdo para frenar el crecimiento del monstruo neo-nazi.

El reproche a la división esterilizante siempre fue legítimo y oportuno. Pero lo es mucho más ahora. El mundo cambia a gran velocidad. Los grandes poderes económicos están esculpiendo la era de la globalización conforme a sus intereses egoístas y espúreos. Las consecuencias para las grandes mayorías son desastrosas, en calve de desigualdad, empobrecimiento y pérdida creciente de derechos.

Solo una izquierda consciente de sus desafíos y coherente en sus planteamientos puede plantar cara a estos poderes. Solo una izquierda empoderada por la ciudadanía y eficaz en su trabajo político puede conquistar unas reglas justas para una globalización abandonada a la ley de la selva.

Pero henos aquí, enredados en reproches mutuos, en concursos de pureza, en si 11 u 84, en si congresos o gestoras, en si el uno o el otro, en si galgos o podencos…

Llegará un momento en que el reproche se transforme en exigencia de responsabilidad colectiva, o en algo peor… Y entonces lo lamentaremos.