Rafael Simancas

¿Y AHORA QUÉ?

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Las expresiones de preocupación, incluso de hastío, que se manifiestan por doquier en estos días respecto al bloqueo aparente en la formación de Gobierno resultan lógicas y legítimas. Lo ocurrido es grave. Se trata de la primera vez en nuestra democracia en que un Presidente en funciones fracasa en el intento de una nueva investidura. No obstante, resulta algo menos lógico, y sobre todo mucho menos justo, el discurso de aquellos que sitúan la responsabilidad del bloqueo fundamentalmente en el PSOE, exigiendo a sus dirigentes una rectificación en toda regla como salida única a la situación.

Resulta injusto, desde luego, que aquellos que más hicieron durante los últimos años para acabar con lo que llamaban bipartidismo, contribuyendo a la fragmentación de la representación política, achaquen ahora en exclusiva al vilipendiado PSOE las culpas porque ya no resulta tan fácil como antes construir mayorías de gobierno. Y resulta ilógico, evidentemente, que siendo el PP el primer partido en votos y escaños, y siendo Rajoy el candidato llamado por el Rey a sumar apoyos para su investidura, algunos pretendan situar en el líder socialista la responsabilidad de sus fracasos.

“O Mariano o elecciones. Pedro Sánchez tiene que elegir”. Tal es el dilema con el que se pretende presionar a la dirección socialista. Sin embargo, se trata de un planteamiento tan falso como tramposo. Falso, porque en nuestra democracia las reglas las marca la Constitución, y la Constitución no establece tal dicotomía. Y tramposo, porque bajo la aparente llamada al interés patrio, en realidad se contribuye a la estrategia de Rajoy: o yo o el caos. Pues bien, a los socialistas no nos eligieron para contribuir a la reelección de Rajoy ni para favorecer el caos, en el improbable caso de que ambas alternativas no supongan en realidad lo mismo.

El artículo 99 de la Constitución Española deja meridianamente claro que en la votación de una sesión de investidura se dirime exclusivamente la confianza que a cada diputado le merece el candidato solicitante. Esto es lo que votamos. Y espero que nadie albergue dudas sobre la legitimidad, la pertinencia y la honestidad de los diputados socialistas cuando expresamos nuestra negativa a confiar en el candidato Rajoy. Porque lo hacemos en interés de España y de los españoles. Y porque hay algo aún peor que el bloqueo institucional: la marcha atrás y el retroceso en los derechos y las libertades de los españoles.

Hemos votado no, en interés de los españoles y en interés de nuestra democracia. Porque frente a los que manifiestan que la mejor contribución de los socialistas a la buena salud “del sistema” pasa hoy por hacer Presidente a Rajoy, algunos entendemos modestamente que se defiende la democracia siendo coherente con los principios propios y con el mandato de los votantes. Y tanto los principios socialistas como el mandato inequívoco de los votantes socialistas conducen a votar contra aquello que estamos llamados a cambiar.

Si importante es contar con un gobierno capaz, no menos importante para la democracia es contar con una oposición capaz también, sin la merma de credibilidad que supondría favorecer la elección para el gobierno de aquel que ha demostrado fehacientemente que no merece gobernar.

¿Y ahora? El objetivo que se expresa con más frecuencia en los editoriales, curiosamente, es el de evitar las elecciones repetidas. Hay que compartirlo. Pero parece razonable también expresar el propósito de contar con un buen gobierno, que contribuya a enfrentar con alguna garantía de éxito los grandes retos de la sociedad española: contar con buenos empleos, un desarrollo económico sólido y justo, reducir la desigualdad y la pobreza, mejorar la educación, combatir la corrupción con eficacia, aminorar las tensiones territoriales… ¿O no?

Rajoy logró una mayoría de 179 diputados para elegir la Mesa del Congreso. Sin embargo, no pudo o no quiso reeditar esa mayoría “natural” en la votación de su investidura. En ningún momento, por ejemplo, dio la sensación de buscar con ahínco el apoyo crucial de los diputados del PNV. ¿Por qué? Diera la sensación de que el plan A de Rajoy es gobernar sin oposición, es decir, dañando la credibilidad de una oposición que se ha abstenido en su investidura; y que su plan B es ir a nuevas elecciones en la confianza de fagocitar definitivamente a la formación de Rivera. Esto sí que sería una irresponsabilidad. Pero leo pocos editoriales con reproches al respecto.

A partir del día 2 de septiembre la primera legitimidad para intentar la formación de gobierno sigue estando en el candidato del partido más votado, es decir en el PP y en Rajoy. Máxime cuando el propio Rajoy se ha reservado la posibilidad de volver a solicitar la investidura, y cuando los dirigentes del PP hacen públicamente cábalas sobre un eventual cambio de postura del nacionalismo vasco tras las elecciones autonómicas en Euskadi.

Lo tiene muy difícil, porque Rajoy es un candidato tóxico para todos los grupos parlamentarios. Resulta difícilmente creíble que pueda perseguirse la recuperación justa y la regeneración democrática en la sociedad española haciendo Presidente al Rajoy de los recortes y de la corrupción. Solo había que ver la cara de disgusto de los diputados de Ciudadanos a la hora de manifestar su voto positivo el día 31 en el Parlamento.

¿Cambiará el PSOE su voto en función de nuevas circunstancias coyunturales? No lo creo, porque el PSOE ha fundamentado su voto negativo desde los principios ideológicos y morales, más allá de todo tacticismo. ¿Puede articularse una mayoría alternativa a partir del PSOE? Tampoco parece viable, porque Podemos, que ahora lo pide, ya nos dejó tirados el 4 de marzo en busca del fallido “sorpasso”. No son de fiar. Ciudadanos y Podemos se han proclamado públicamente incompatibles entre sí, además. Y los partidos soberanistas ponen como condición, condición del todo punto inaceptable, la celebración del referéndum separatista en Cataluña.

A aquellos que se dirigen al PSOE reclamando soluciones hemos de decirles que con 85 diputados las soluciones claras no están a nuestro alcance, por desgracia. Ojalá los resultados del 26-J hubieran sido otros. Pueden pedirnos que seamos coherentes con nuestros principios y consecuentes con el interés general. Esa es nuestra responsabilidad, y procuramos cumplir con nuestra responsabilidad.