¿Y AHORA QUÉ?

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Los británicos, primero, y los españoles hemos votado, los unos en su referéndum sobre seguir o abandonar la Unión Europea y los otros en la segunda vuelta de las legislativas para decidir quién gobierna este país.

Han sido votos decisivos para el Reino Unido, para Europa y, por supuesto, para España. Los británicos han decidido abandonar la Unión Europea, lo que representa un schok geopolítico de la mayor importancia. Y en España el PP ha aumentado su ventaja, mientras el PSOE sigue siendo el partido mayoritario de la izquierda. Y, nos guste o no, este resultado deja pocas opciones distintas a la de un Gobierno en minoría del PP, en solitario o en coalición con Ciudadanos, con o sin Rajoy.

Se pueden encontrar paralelismos políticos y sociológicos entre los dos países y entre las dos campañas electorales, aunque lo que se trataba en ellas era sustancialmente diferente.

La del referéndum británico ha sido mucho más tensa, con asesinato político incluido, que nuestra segunda vuelta de las legislativas. Hasta cierto punto es lógico, porque un referéndum es una elección binaria sobre una cuestión de gran trascendencia y las pasiones se encienden más que al votar programas de partidos políticos y a un jefe del Gobierno. Pero es de señalar que el referéndum escocés fue mucho menos pasional que el referéndum británico sobre la pertenencia a la Unión Europea.

La ultraderecha británica y algunos lideres conservadores no han dudado en atizar las bajas pasiones del elector, incitando el odio a la Europa continental y a los emigrantes. Han construido una visión imaginaria de un Reino Unido expoliado por Europa a la que paga mucho más de lo que recibe, que le ha obligado a abrir sus fronteras a una invasión de inmigrantes y de refugiados potenciales terroristas, que se agravará por la próxima entrada de Turquía en la Unión Europea. Han ridiculizado a la Unión Europea presentándola como un ente burocrático que se dedica a hacer leyes para regular la curvatura de los pepinos. Y han reclamado recuperar el pleno autogobierno escapando a la tutela de los legisladores y de los tribunales europeos, argumentando que ellos se gobiernan mejor a sí mismos atendiendo solo a sus propios intereses.

Es cierto que los británicos han ejercido durante cuarenta años todos los bloqueos que les han convenido al desarrollo de la integración europea. De la moneda única al espacio Schengen, pasando por la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión y el pacto fiscal europeo, el Reino Unido ha multiplicado en los últimos 25 años los opt-outs en sectores enteros de la construcción europea. Esto es especialmente cierto en el campo de los derechos sociales, pero también se opone al impuesto sobre las transacciones financieras y se ha negado a participar en la unión bancaria que daría un derecho de supervisión del Banco Central Europeo (BCE) sobre el sector bancario británico.

Por eso se puede pensar que su salida de la Unión levanta un obstáculo permanente en el difícil camino de la integración. Pero a pesar de todo, en las actuales circunstancias, su abandono es un duro golpe para el proyecto europeo. Por muchas razones. Entre ellas por el efecto contagio que puede producir en otros países y porque es difícil imaginar una política de defensa de la Unión Europea digna de este nombre sin contar con el Reino Unido, el quinto país en el mundo por gasto militar.

El resultado no me sorprende, El Reino Unido nunca quiso que la Unión Europea fuera una entidad política. Ni una fuerza reguladora de la globalización. Churchil ya nos dijo después del fin de la II Guerra Mundial: “hagan los Estados Unidos de Europa, pero nosotros no estaremos”. Al final sí que estuvieron, e ingresaron en las entonces Comunidades Económicas Europeas después de que De Gaulle no pudo seguir vetando su entrada. Pero De Gaulle tenía razón, el Reino Unido entró más para dificultar desde dentro la integración, ya que desde fuera no lo habían conseguido, que para potenciarla.

Pero tampoco deberíamos asombrarnos de que no solo los británicos, sino también muchos europeos de otros países, incluso de los grandes países fundadores o de la hasta ahora euroentusiasta España, se hagan preguntas existenciales sobre el interés y la viabilidad de la integración europea. Por desgracia, la realidad es que esta Europa es incapaz de afrontar dignamente la llegada de dos millones de refugiados en un continente de 500 millones dehabitantes, o de reactivar su economía después de la crisis, de desarrollar una política industrial, o de controlar el dumping fiscal y social dentro de sí misma tanto como para protegerse frente al de otros actores externos.

Para hacer de nuevo deseable el proyecto de integración, es evidentemente necesario que los ciudadanos de a pie perciban sus beneficios como motor de un crecimiento compartido y duradero, y como protector frente a los peligros de un mundo convulso.

Para algunos el Brexit es una ocasión para dar ese nuevo impulso a la integración, pero mucho me temo que no será así.

El Brexit afectará a los frágiles equilibrios que caracterizan a las instituciones europeas. La retirada británica requerirá redistribuir los votos en el Consejo Europeo, reabriendo el tema de la paridad entre Alemania y Francia. También tendrá importantes implicaciones presupuestarias ya que el Reino Unido sigue siendo, a pesar del descuento otorgado desde el año 1984, el segundo contribuyente después de Alemania. Y esta pierde un aliado en la liberalización del mercado europeo y ve como aumenta el desequilibrio geopolítico hacia el sur de Europa.

Pero el mayor riesgo es el del contagio político. Durante los últimos cincuenta años, la prueba más llamativa del éxito de la Unión Europea ha sido su poder de atracción a otros países y las sucesivas ampliaciones. La retirada británica revierte esta tendencia. Y la tentación de la retirada podría extenderse a otros países, sobre todo en el norte y centro de Europa (Países Bajos, Suecia, Finlandia, República Checa, Hungría). Tanto más cuanto más satisfactorio fuese el acuerdo que ahora habrá que negociar para mantener su acceso al gran mercado europeo. Esa renegociación con el Reino Unido podría ser un modelo para los políticos deseosos de explotar el malestar general ante la ola migratoria y la inseguridad asociada a ella.

Por otra parte, el resultado va a incentivar un nuevo referéndum sobre la independencia de Escocia, una región que tiene importantes ayudas estructurales de la Unión Europea y que ha apoyado fuertemente la permanencia en la Unión Europea. Las posibilidades de éxito para el Partido Nacional Escocés serían mayores que en el pasado, lo que podría aumentar la exigencia de procesos similares en España o Italia.

Aunque no sirva de mucho llorar sobre la leche derramada y la cosa tenga difícil vuelta atrás, hay que preguntarse por qué han ganado los partidarios del abandono de la Unión Europea.

El Brexit quizás ha ganado porque la Unión Europea no concedió a Cameron cambios suficientes en el status del Reino Unido. Porque el PartidoLaborista tardó en presentar una defensa unificada de la permanencia. Porque las políticas de austeridad han reducido los niveles de vida y creado pobreza y marginación. O porque no se comunicó con eficacia una narrativa coherente y positiva acerca de la utilidad de la Unión Europea y de su futuro. Quizás, sobre todo, se perdió porque se convirtió en un referéndum sobre la inmigración, haciendo creer a muchos británicos que, por culpa de la Unión Europea, serían invadidos por miles de refugiados como le ocurre a Grecia, cuando en realidad no ha llegado ninguno a sus costas. Y que la “inminente” entrada de Turquía en la Unión Europea agravaría el problema.

Desde el principio, el Brexit ha enfrentado a los más jóvenes, más ricos y cosmopolitas británicos de las zonas urbanas contra los mayores, más pobres y menos educados en las zonas rurales y post-industriales del país. Es el mismo choque, el de las élites frente a “los de abajo”, frente al “pueblo”, que ha alimentado el resurgimiento de los partidos de extrema derecha en toda Europa, así como de populismos en los Estados Unidos y varios países europeos, entre ellos España. En el Reino Unido, los favorables al Brexit han sido los que ven peligrar su estabilidad financiera, el estancamiento o disminución del nivel de vida y la pérdida de puestos de trabajo a favor de las economías emergentes. Y han echado la culpa a los migrantes que llegan a sus costas y a la Unión Europea que lo favorece o no les deja impedirlo.

¿Y ahora, después del Brexit, qué hay que hacer?

Dos cosas de una enorme complejidad: primero negociar los términos de la “desconexión”, es decir de la salida del Reino Unido de la Unión Europea, y después definir un nuevo marco de relaciones, que tampoco será fácil porque tiene que ser aprobado por unanimidad de los 27 Estados miembros.

No parece que nadie en el Reino Unido se hubiese preocupado por saber cómo abordar esas tareas. De momento van a retrasar el inicio del proceso, no comunicando el resultado a Bruselas y no invocando la aplicación del Art 50 del Tratado, el que rige la salida de un Estado, hasta que no haya un nuevo primer ministro y con la voluntad de alargarlo lo máximo posible.

Es un poco grotesco, pero es la consecuencia de la crisis política mayor en la que se ha embarcado el Reino Unido, que cada vez parece menos unido.

Pero dejemos la escena británica y tratemos de ver cuáles son las soluciones posibles al escenario que resulta de la segunda vuelta de nuestras elecciones legislativas.

El Brexit ha influido seguramente en este resultado, y no es aventurado suponer que ha reforzado el voto conservador y la búsqueda de estabilidad ante un futuro más incierto. Ha podido aumentar el voto al PP y contribuir al fracaso de la alianza Unidos Podemos en sorpassar al PSOE. Un fracaso que se debe también a la posibilidad que han tenido los electores de hacer un análisis más racional y menos emocional de las capacidades e intenciones de los dirigentes de Podemos, sobre todo después de ver cómo boicoteaba la posibilidad de un Gobierno progresista alternativo al del PP.

El PSOE se ha mantenido como la fuerza hegemónica de la izquierda. El fracaso de la coalición Unidos Podemos es uno de los resultados más importantes de estas elecciones y el que menos anticiparon las encuestas. Habrá que analizar bien sus causas, pero cualquiera que sean esas, el mapa parlamentario ha cambiado lo bastante para que la posibilidad de un Gobierno alternativo al del PP basado en una alianza progresista ya no exista. Ojalá fuera posible, porque es la demanda de los votantes socialistas y lo que necesita la sociedad española. Pero si no fue posible después de las anteriores elecciones, a pesar de los intentos de Pedro Sánchez, veo muy difícil que lo sea ahora, después de los cambios que se han producido en el mapa electoral y la composición del Congreso de los Diputados.

Para analizar esos cambios hay que fijarse más en los votos que en los escaños obtenidos por cada partido político. Entre los votos y los escaños está el juego del sistema electoral, que hace que no siempre se correspondan la variación en los votos recibidos con la de los escaños obtenidos. Así, el PP sube 4,5 puntos su porcentaje de voto y gana 14 diputados. El PSOE lo eleva ligeramente, 0,5 puntos, aunque por la menor participación pierda 100.000 votos, el 70% de los cuales en Andalucía, pero la alquimia de la regla d’Hont le hace perder 5 escaños. Unidos Podemos cae 4 puntos y se queda con los mismos diputados. Y Ciudadanos se queda con el mismo porcentaje, pero pierde 8 diputados.

Con estos resultados, también se ha esfumado la posibilidad de un Gobierno de centro-izquierda formado por PSOE y C’s, porque suman menos que C’s y el PP. Y todo parece demostrar que el rechazo mutuo de C’s y Podemos imposibilita el acuerdo tripartito que intentó Sánchez sin conseguirlo cuando los resultados eran más favorables.

Ahora, el bloque de centro derecha suma 169 y el de izquierda, suponiendo que quisieran sumar, 156. Por lo tanto, le corresponde al PP de Rajoy buscar quien complemente su minoría mayoritaria. Pero no puede pretender que sea el PSOE el primero en resolverle el problema. El PSOE es la alternativa al PP, no su complemento, y por eso Rajoy tiene que buscar en otros partidos de centro derecha a escala nacional, o autonómic,a donde hay partidos con quien mantiene posiciones muy parecidas en materia socio económica y laboral y con quien le será mas fácil entenderse, los votos que le faltan. Porque, a pesar de haber mejorado su posición, le siguen faltando mucho para conseguir la investidura.

Si no lo consigue, estaríamos en un escenario diferente. Pero no vamos a ir a unas terceras elecciones. Y para que no tengamos que volver a votar, alguien tiene que poder formar gobierno, al menos con más votos a favor que en contra. Y para eso, si se descartada la gran coalición PP-PSOE, alguien tiene que abstenerse.

Se comprende que Rajoy quiera una coalición de los dos grandes partidos que han protagonizado la alternancia de la II Restauración borbónica, con o sin el añadido de C’s. Daría al país un Gobierno con una gran estabilidad parlamentaria, pero hay líquidos que no son miscibles por mucho que se los agite. Y no estamos en la situación de emergencia nacional del Reino Unido después de la retirada de Dunquerque.

Descartada esa gran coalición, solo quedan dos soluciones. Un Gobierno de coalición minoritario PP-C’s, con o sin Rajoy, o un Gobierno muy minoritario del PP. Y en ambos casos, aun contando con que el PP tuviese el apoyo de algunos nacionalistas, haría falta una abstención parcial del PSOE. Llegados a ese punto, habría que analizar las dos formas posibles en las que se podría producir.

Una, lo que se podría llamar una abstención técnica de ultima hora, concedida sin contrapartidas ni condiciones, e instrumentada mediante la oportuna enfermedad de unos cuantos diputados. Otra, poner el precio de un conjunto de medidas de tipo económico, social e institucional que el Gobierno minoritario se comprometa a impulsar. Se le puede llamar como se quiera, pero su contenido debe ser lo suficientemente importante como para que requiera una negociación y un acuerdo formal que comprometa al Gobierno en medidas concretas que signifiquen un alivio a la situación social del país.

Varios dirigentes territoriales socialistas ya se han manifestado a favor de la primera solución. Es más fácil de aplicar y no “contamina” con la acción de un Gobierno del que se es oposición. Pero en mi opinión es más emocional que racional. No veo razones para que quien va a ser oposición no aproveche la posibilidad de influir y condicionar la acción del Gobierno, aunque sea a costa de aproximar posiciones.

Nos guste o no, algunas cosas importantes, como la reforma constitucional, requerirán aproximar posiciones. ¿Porque no empezar a hacerlo desde una posición de fuerza que sería gratuito desaprovechar? Creo que eso es lo que ahora hay que hacer. Y creo también que muchos de los ciudadanos cuyos votos nos han faltado no entenderían que el PSOE no aprovechara esa posibilidad, ya que ahora no tiene otras.