BAJO EL ESPECTRO DE LOS “TACAÑONES”

En la televisión española de los años del franquismo hizo furor un programa de Chicho Ibáñez Serrador (“1, 2, 3, responda otra vez”), en el que unos personajes un tanto estrafalarios hacían las delicias del público con sus histriónicos comportamientos. Me refiero a los famosos “tacañones”, que cada vez que algún concursante se equivocaba y hacía algo mal tocaban bocinas y otros instrumentos ruidosos zahiriéndole y descalificándole, mientras que cuando alguien acertaba y ganaba un premio no hacían más que lamentarlo, criticar, lloriquear y reclamar.

De alguna manera, los “tacañones” representaban en la imaginación colectiva toda la capacidad de negatividad y criticismo desmedido de algunos de nuestros congéneres hispanos, que no hacen sino ver todo lo malo de las situaciones y no cejan en criticar a sus semejantes. Y todo ello lo hacen de manera muy exagerada, e incluso estrafalaria. Hasta extremos cómicos, que los guionistas de aquel programa supieron pintar con maestría.

He de confesar que, a veces, viendo lo desmesurado y ridículo de ciertas críticas sistemáticas y desaforadas al actual Gobierno de Pedro Sánchez por parte de ciertos líderes de la derecha, me he acordado de aquellos caricaturescos personajes. Las críticas han llegado a ser tan recurrentes y tan exageradas y automáticas que pueden oscilar en pocos días de una cosa a la contraria, hasta un punto en el que empiezan a hacer las delicias de los humoristas. Incluso en casos que, por su gravedad, debieran quedar al margen de cualquier lectura jocosa.

A veces, cierro los ojos y me imagino algunos pronunciamientos y desmesuras profundas por aquellos personajes vestidos con ridículos y roídos chaqués negros, con grandes sombreros de copa desencajerizados, con afiladas barbas ralas y con gestos tan agrios y airados como ridículos en su exageración. Pero, rápidamente rectifico en mis ensoñaciones y vuelvo a la dura realidad del presente para preguntarme, ¿realmente nos merecemos esto los españoles de hoy en día? ¿Tan tontos y simples nos creen algunos como para que nos podamos tragar una propaganda tan indigesta? ¿Nos imaginamos lo que sería tener que soportar comportamientos tan hirientes y agresivos en nuestra vida privada, en nuestra familia, en el trabajo, etc.? Resultaría francamente insufrible. Una auténtica pesadilla.

En sociedades complejas y maduras, como la España actual, es difícil que relatos tan exagerados y desmedidos puedan tener la credibilidad y el eco suficiente como para ganar nuevos adeptos para los que practican tamaño histrionismo, por lo que es obligado preguntarse qué persiguen realmente con la crispación y el simplismo que están intentando propiciar.

Desde luego, la crítica sistemática y total –“todo lo que hace el gobierno es un desastre”– es más fácil de formular y se puede practicar sin necesidad de hacer mucho esfuerzo de análisis ni evaluación, pero sus efectos pueden volverse como un boomerang sobre los que la practican. Con el efecto añadido de un enrarecimiento del ambiente político y del clima de una sana y leal convivencia democrática. Por eso, se trata de unos comportamientos y unas estrategias propias de líderes y partidos extremistas que pretenden obtener réditos electorales atizando pasiones exaltadas y climas de odio y confrontación. Algo que, desde luego, está en las antípodas de cualquier orientación centrista y moderada y que solo añade fuego al fuego. Con los resultados que estamos viendo en algunos países que se han adentrado por la senda del populismo y la xenofobia.

Por eso, no sé si haríamos bien los españoles en tomarnos determinados procederes un tanto a broma, pensando en los viejos y malhumorados “tacañones” de la televisión de hace años. En caso contrario, tendríamos que empezar a preocuparnos muy seriamente.