VOTAR EL 10-N PARA NO LAMENTARSE EL 11-N

Hay muchos actores políticos interesados en que la participación electoral sea reducida el 10 de noviembre. Ese es el propósito de la campaña sucia que están protagonizando las derechas. Por delante, siembran cada jornada de mentiras e improperios contra el PSOE y Pedro Sánchez. Por detrás, a la vez, pagan anuncios en las redes sociales para llamar directamente a la abstención de los votantes progresistas.

¿Por qué? Las derechas saben que los valores predominantes en la sociedad española son valores progresistas de igualdad, libertad y solidaridad. Saben, en consecuencia, que una gran participación en las urnas lleva inevitablemente a una mayoría parlamentaria progresista. Su única esperanza reside, por tanto, en que los votantes progresistas se abstengan en mayor proporción que los votantes conservadores.

Sin duda, existen muchas excusas al alcance de quienes quieran justificar su abstención el próximo domingo. El cansancio por la repetición electoral. La decepción por la incapacidad de la izquierda a la hora de alcanzar acuerdos. La frustración por el continuo aplazamiento de medidas urgentes. Pero ninguna de estas excusas legitima la renuncia en el ejercicio del derecho y del deber más sagrado en democracia: el voto.

En democracia, votar es un derecho irrenunciable y un deber inexcusable. La organización del espacio público común conforme a los valores y la voluntad de la mayoría exigen la participación en las urnas de la gran mayoría de los concernidos. Durante los cien últimos años, por ejemplo, el derecho a votar ha estado vigente durante menos tiempo que su prohibición. Ahora que sí podemos votar, no hay excusa aceptable para quedarse en casa.

Hay, por tanto, razones de fondo para animar al ejercicio del derecho al voto en la jornada del 10-D. No obstante, citemos tres argumentos más a  la luz de la coyuntura política actual.

Una gran participación electoral ayudará a desbloquear la formación de Gobierno y el inicio de la legislatura. La mejor manera de asegurar la investidura del Presidente del Gobierno que, según todas las encuestas, ganará las próximas elecciones, pasa por proporcionarle un grupo parlamentario muy mayoritario. Cuantos más diputados socialistas haya, más facilidad habrá para la investidura de Pedro Sánchez, y menos oportunidad habrá para los “bloqueadores”, a derecha y a izquierda.

La agenda de transformaciones que necesita la sociedad española, desde el nuevo Estatuto de los Trabajadores hasta la ley para el cambio climático, pasando por el blindaje constitucional de las pensiones, la transición digital y el desarrollo de la ley para la igualdad entre hombres y mujeres, requiere de una mayoría fuerte de apoyo al Gobierno en el Congreso y en el Senado. Para evitar un nuevo rechazo al proyecto de presupuestos, se necesita también una mayoría sólida tras Pedro Sánchez.

La participación electoral resulta igualmente imprescindible para hacer frente al peligro del resurgir de la ultraderecha franquista en la institucionalidad democrática española.

Hay quienes minimizan ese peligro, tachando a los fascistas españoles de simples populistas, extravagantes pero inofensivos. Otros se dedican a blanquear irresponsablemente su discurso machista, racista y de odio. Las derechas de PP y Ciudadanos claudican ante sus agresiones verbales y ante su influencia creciente, con la esperanza de captar a parte de su electorado.

Lo realmente cierto, como demuestra la experiencia histórica, es que la ultraderecha supone un peligro cierto y extraordinario para los derechos y libertades democráticas que hemos conquistado durante los últimos cuarenta años. Un peligro para la democracia y para la convivencia misma, porque incitan las bajas pasiones y los peores instintos del temor y el odio hacia el que piensa de manera diferente.

De nada servirá lamentarse el 11 de noviembre si no hemos votado el 10 de noviembre.

Estamos a tiempo de evitar el bloqueo, de parar a los ultras y de posibilitar un Gobierno estable, moderado y de avance progresista.