VOLUNTAD, CIENCIA Y POLÍTICA

En un artículo reciente (El País, 20 de junio de 2018), Daniel Innerarity afirmaba que “la democracia no consiste en el sumatorio de las preferencias en conflicto sino en un proceso de mediación en el que se garantiza, en lo posible, la misma capacidad de todos para condicionar las decisiones políticas colectivas. La democracia es mejor cuanto más inclusiva, cuando la voluntad que finalmente se hace valer es el resultado del trabajo de la representación”. Este trabajo de la representación no es el que ejerce quien ocupa un escaño, sino el procesado del mundo para volverlo inteligible. Que vivimos en un mundo representado, y no directamente en un mundo objetivo, es uno de los hallazgos más viejos y repetidos de la tradición filosófica occidental, desde Platón hasta hoy. La mediación de nuestros sentidos, nuestras lenguas, nuestras tradiciones artísticas y religiosas, nuestros instrumentos, etc. nos permite construir una imagen del entorno que habitamos y de nuestro obrar en él, pero a la vez introduce una distancia insalvable: no tenemos acceso directo a lo que hay. Por eso el mundo habitado por Demócrito era distinto del de Hildegarda de Bingen, y el de ésta diferente del de Marie Curie. No es casualidad que el asunto de la representación del mundo haya atraído especial atención en la Modernidad y la Ilustración, cuando se estaban fraguando a la vez las ideas actuales de ciencia y de estado. Descartes, Malebranche, Leibniz, Bacon, Berkeley, Locke, Hume o Kant (por enumerar sólo algunos de los nombres habituales en los manuales de historia de la filosofía y de la ciencia) se ocuparon de él no sólo por su interés para la teoría del conocimiento sino también, y quizá sobre todo, por sus implicaciones políticas: la realidad, sea lo que sea, resulta el único árbitro imparcial para resolver confrontaciones de pareceres distintos. Cuando sólo se enarbolan voluntades, no hay otra salida a las disconformidades que los golpes, más contundentes cuanta mayor fuerza se tiene. Por el contrario, toparse con la realidad obliga a asentir. La búsqueda de la realidad vale, pues, como freno de la violencia arbitraria y, por tanto, como camino de convivencia más o menos pacífica.

Las voluntades, para resultar eficaces, necesitan un mínimo de asentamiento en el mundo. Se puede tener la voluntad, perfectamente racional y loable, de remediar un infarto pero, si no se sabe cómo, no servirá de nada. En cambio, una voluntad en principio extravagante pero consciente de las posibilidades reales puede llegar a imponerse, logrando, por ejemplo, poner una perra en órbita o construir una isla en forma de palmera. Volviendo a Innerarity, “la tarea de la política no es conseguir un equilibrio entre las voluntades políticas ya constituidas sino la formación de una voluntad política común que no existía con anterioridad”. Y esta voluntad política común sólo puede generarse apoyada en la razón (también común), cuyo ejercicio se da por antonomasia en las ciencias (entendidas en su sentido más amplio, desde la filosofía hasta la física de partículas, pasando por la sociología o la filología) y las técnicas (incluidas las artes –al fin y al cabo, ars y téchne son términos equivalentes en sus lenguas respectivas). Por ejemplo, la reciente voluntad común de reducir las emisiones de gases con efecto invernadero sólo puede brotar de la constatación de que esos gases contribuyen al calentamiento del planeta; la voluntad común de obligar a la vacunación contra ciertas enfermedades aparece porque las vacunas efectivamente funcionan; la voluntad común de garantizar el acceso a la banda ancha surge cuando esa banda ancha existe y porta datos considerados interesantes; la voluntad común de defender a toda costa un trazado ferroviario de alta velocidad sólo se genera si ese trazado es asumible social, económica y medioambientalmente, etc. Y si el disenso razonable tiene cabida, entonces no hay voluntad común. Tampoco, claro, cuando se impone el arbitrio irracional, el capricho. Por eso la actividad tecno-científica (y artística) no es un adorno de las sociedades democráticas (o, simplemente, de las sociedades razonablemente organizadas), sino una necesidad perentoria. De ahí que las teorías y prácticas democráticas hayan incluido siempre la educación científica y técnica en su armazón. La democracia moderna no puede concebirse sin el ideal ilustrado de difusión del conocimiento.

La Ilustración española participó tan activamente como cualquiera en el fomento de la instrucción científica. Así, uno de sus representantes no tan recordados, Pedro Díaz de Valdés, asturiano que a la sazón ejercía de obispo de Barcelona, podía decir: “Las ciencias naturales pueden ser familiares a todos; y ninguno hay tan tosco, ni tan ocupado, que no tenga luz y algunos instantes para comprender algo de los objetos que forzosamente ha de tocar, usar o gustar en el curso de la vida […], objetos que cada día y a todas horas tenemos a la vista, y en que el naturalista observador puede fijar útilmente su reflexión”[1]. Hoy, en cambio, se sigue abonando la concepción de las diferentes disciplinas científicas como algo abstruso, inasequible y reservado a personas con habilidades particulares, como en esas noticias que al parecer tanto gustan del profesor de matemáticas que logra hacerlas comprensibles a niños de nueve años, o los comentarios pertinaces de quienes recomiendan a sus estudiantes más brillantes optar por “carreras de ciencias” o de ingeniería. Ignorando los orígenes de nuestro sistema educativo y de nuestras instituciones políticas, se obvia que la separación entre técnicas, artes, ciencias, política y vida pública es puramente convencional, y, lo que es peor, se tiende a disponer esos ámbitos jerárquicamente. Pero lo científico no es un añadido lujoso sino una parte consustancial del tejido político de cualquier sociedad. Ésta florece cuando sus saberes y técnicas lo hacen y declina cuando decaen (siquiera porque entonces se ve empujada a adoptar saberes y técnicas ajenas, que portan consigo nuevas costumbres y órdenes). ¿Cómo podría un país tener una hacienda eficaz sin gente que supiera cómo funcionan los impuestos o los mercados? ¿Cómo podría poner en marcha y mantener un sistema sanitario sin un depósito ingente de conocimientos médicos y organizativos? ¿Cómo podría contar con empresas rentables, si no estuvieran al día en la elaboración y venta de sus productos? ¿Cómo podría aspirar a una sociedad igualitaria y justa, si nadie se hubiera parado a establecer en qué pueden consistir la igualdad y la justicia? ¿Cómo podría albergar medios de comunicación útiles sin nadie capaz de construirlos y sin algo que distribuir a través de ellos?

La actividad tecno-científica conforma las raíces sociales. Fomentarla constituye una tarea radicalmente política y nada partidista, igual que promover la educación, la seguridad, la salud o el cuidado de los demás y del entorno. El Estado hará siempre bien en implicarse en ella pero, como en tantas otras cosas, no está de más que sus habitantes suplan o completen su tarea. De ahí la AEAC, que resulta una iniciativa necesaria para la mera supervivencia, no del gremio científico, sino de la sociedad toda, pues la actividad tecnocientífica es sustento de una vida común pacífica y rica.

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[1] Discurso sobre la Historia Natural con Respecto a Cataluña (1791), §6, en Tratados sobre la física del clero y otros puntos útiles y provechosos de las ciencias naturales, impresos en el Memorial Literario de Madrid de 1787, 1789, 1790 y 1793 y Discurso sobre la Historia Natural con respecto a Cataluña, Manuel Texéro, Barcelona, 1806.