VENEZUELA: LA HORA DE LA RACIONALIDAD

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La oposición ha ganado con claridad las elecciones legislativas de este domingo en Venezuela. A falta de atribuir aún veinte escaños, la Mesa por la Unidad Democrática ha obtenido en torno a un centenar de diputados en la Asamblea Nacional, más del doble del oficialista Partido Socialista Unificado de Venezuela.

LAS CAUSAS DE LA DERROTA ‘BOLIVARIANA’

He aquí un avance de las causas de un resultado que unos y otros, cada cual a su manera, había anticipado.

-La crisis económica y el deterioro de las condiciones de vida han devorado al Gobierno de Nicolás Maduro. El proyecto social-popular (más que socialista) de la revolución bolivariana se tambalea, como consecuencia de su absoluta dependencia de los ingresos petroleros. La caída en picado de los precios del crudo ha arrastrado a un Gobierno que, ni con Chávez ni sin Chávez, ha sabido generar una alternativa económica. Por tanto, la mala gestión ha convertido de nuevo al petróleo en una suerte de “excremento del diablo”, noción célebre de un histórico ministro de energía venezolano. La salud económica del país es alarmante: inflación en torno al 200%, hundimiento de la divisa nacional, así como una drástica escasez de productos básicos. El Gobierno trata de descargar su responsabilidad afirmando que el país está sometido a una “guerra económica”. No se trata de eso, pero tampoco puede negarse que han existido maniobras desestabilizadoras de sectores económicos en complicidad con países hostiles al chavismo.

-La fatiga del discurso revolucionario. Durante años las invocaciones de Hugo Chávez a la misión libertadora que pretendía encabezar se sostenía en políticas y medidas concretas, que mejoraban la condición de las clases populares. En un país en el que el despilfarro y la corrupción habían sido pautas de Gobierno, la revolución bolivariana fue percibida durante los primeros años como el primer intento de atender las necesidades de los más desfavorecidos. A estos sectores populares les importaba menos que las grandes perversiones del sistema socio-político venezolano no terminaran de erradicarse, porque percibían ventajas palpables, aunque fueran modestas. Durante el chavismo, los venezolanos pobres disfrutaron de servicios que hasta entonces les parecían vedados: educación, salud, vivienda, atención de primera necesidad, etc. Ciertamente, esta provisión de servicios estaba sostenida en la abundancia generada por un petróleo por encima de los 100$ y no hubo una preocupación seria de asegurar su sostenibilidad. El socialismo del siglo XXI sólo fue un eslogan sin sustento real. Cuando el petróleo dejo de alcanzar, el discurso se deshilvanó.

-La personalidad errática de Nicolás Maduro. El factor personal ha jugado un papel notable en la decadencia del sistema bolivariano, pero no conviene exagerar su importancia. La crisis ya había aparecido en los últimos años de Chávez, y no sólo por la enfermedad del fundador. El ex-militar se entregó a una huida hacia adelante, en el convencimiento de que el maná petrolero, con sus vaivenes, siempre jugaría un papel de garante del proyecto revolucionario. El líder bolivariano atendía más a su instinto que a los consejos sensatos de las mejores mentes de la izquierda venezolana. Se fue enajenando una aportación imprescindible para encauzar la revolución y terminó dejándola a la deriva. Maduro no es el responsable único del naufragio. Ha sido una especie de capitán accidental investido en mitad de una tormenta perfecta.

-La unidad de las fuerzas opositoras. A la oposición venezolana le ha costado dos décadas presentar una alternativa unida, creíble y no exclusivamente revanchista. Elección tras elección, la mayoría de los sucesivos candidatos (presidenciales o legislativos) estuvieron más preocupados de desmontar el chavismo que de ofrecer un proyecto nacional que no significara una vuelta atrás, que no fuera reaccionario. El hundimiento de los partidos tradicionales (los democristianos del COPEI y los socialdemócratas de Acción Democrática) abrió el camino a distintas expresiones tan populistas o más que el chavismo, aunque de signo diferente. La responsabilidad de los medios de comunicación opositores en el encanallamiento de la vida política venezolana tampoco es despreciable. Durante muchos años, Venezuela ha vivido inmersa en un ambiente de desinformación e intensa propaganda destructiva, desde uno y otro bando. En la Mesa por la Unidad Democrática (MUD) conviven sensibilidades muy diferentes que abarcan el espectro político no bolivariano. La proclama electoral es más fácil de articular que un proyecto legislativo coherente y conciliador. La moderación es un imperativo.

-El agotamiento del impulso izquierdista o progresista en América Latina, como consecuencia de los efectos de la crisis económica internacional y en particular del frenazo de China, que durante años ha sido un fuerte demandante de los productos energéticos y las materias primas latinoamericanas. La derrota del kirchnerismo en Argentina o la debilidad política creciente de las presidentas Roussef, en Brasil, y Bachelet, en Chile, son otros ejemplos de esta tendencia. Las campañas contra la corrupción son interesadas e hipócritas.

UNA NECESARIA RECONCILIACIÓN

Las elecciones del 6 de diciembre deberían abrir un tiempo nuevo en Venezuela. Las primeras reacciones de vencedores y derrotados son alentadoras, porque parecen excluir el revanchismo o la frustración. Pero no está garantizado un desarrollo racional de los acontecimientos. Por el contrario, la crispación acumulada durante estos años mantienen vivo el peligro de que ambas partes decidan fragilizar la legitimidad política del adversario en sus legítimas competencias constitucionales y políticas, con tentaciones de boicot, obstrucciones institucionales o campañas de desobediencia civil (por no hablar de la irresponsable tentación de invocar un golpe o corrección militar).

El Gobierno debe abandonar toda tentación de trinchera y poner fin al hostigamiento de la oposición, promover la liberación de los detenidos por motivos ideológicos o de conciencia y mejorar las garantías de derechos y libertades políticas. Y la oposición debe resistir la tentación de jugar sólo a la contra, no empeñarse a enseñar a Maduro el camino inmediato de salida. Debería adoptar una posición constructiva hacia los aspectos positivos de la revolución bolivariana y favorecer un clima de amplio acuerdo social en su tarea legislativa.

Venezuela no necesita defender “en la calle” la revolución, como Maduro proclamaba con escaso convencimiento en la campaña, pero tampoco emprender una contrarrevolución que entregue de nuevo el país al egoísmo de las élites, como ocurría en los ochenta y noventa. Una senda de reconciliación nacional parece ser el camino más sensato. No será fácil.