VEAMOS CÓMO ACTÚA EL PP EN EL SENADO…

Haciendo de la necesidad virtud, el Gobierno minoritario de Mariano Rajoy ha dado instrucciones muy precisas a sus ministros y portavoces parlamentarios o mediáticos para agotar el uso de los conceptos diálogo, negociación, acuerdo o pacto. Se ha rebajado el tono de la confrontación y se han dado algunos pasos para trasladar al conjunto de la sociedad que se ha abierto un tiempo nuevo en la relación con los partidos de la oposición. El Partido Popular ha perdido votaciones en el Congreso y asiste, todavía sin excesiva inquietud interna, a la escenificación palpable de su debilidad, mientras queda de manifiesto que algunas de sus leyes, nacidas de la mayoría absoluta, y con fuerte contestación desde su nacimiento, van camino de su sustitución en un plazo de meses. La LOMCE o la Ley “Mordaza” han abierto ya esos primeros trámites tras las iniciativas del Partido Socialista.

No ha resultado muy difícil, tampoco, alcanzar un acuerdo con el PSOE para elevar el salario mínimo o pactar con la mayoría de las Comunidades Autónomas un nivel de déficit que permita inyectar energía a las políticas regionales. El “techo de gasto” es una etapa previa al auténtico reto que tiene que afrontar Moncloa: la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado. Y para alcanzar ese objetivo, Rajoy no dudará en hacer concesiones. En primer término al Partido Nacionalista Vasco. Y si es necesario a los nacionalistas catalanes. Pero el eje de su estrategia y el claro objeto de su deseo de estabilidad sería romper la inicial beligerancia socialista, con alguna fórmula que salvara el Presupuesto pero, también, subrayara la condición del PSOE como líder de la oposición y alternativa de gobierno.

No conviene creer en las “conversiones” ni en las caídas del caballo. Rajoy pacta lo que no hizo durante los cuatro años de mayoría absoluta, porque no tiene otro remedio. La oposición ni debe olvidar esa realidad ni renunciar a ir consiguiendo sus objetivos. El clima ha mejorado transitoriamente, pero el frío invernal de los grandes problemas nacionales ha saltado con toda su crudeza en los datos últimos datos del paro y la afiliación a la Seguridad Social, así como con la práctica extinción de los fondos de reserva para las pensiones. Hoy, en las familias españolas, crece la inquietud por el presente y por el futuro. Y se esperan soluciones más que buenas palabras.

La piedra de toque de la real disposición del Gobierno a la negociación va a ser su comportamiento en el Senado, donde goza de una cómoda mayoría absoluta. Si el Partido Popular entorpece o frena las iniciativas aprobadas en el Congreso se le caerá la máscara. De ahí la importancia de utilizar la Cámara Alta como una plataforma para la formulación de propuestas al estilo de la planteada por el portavoz socialista -y aprobada por unanimidad- para abordar con urgencia la solución al futuro de las pensiones y presentar en el Pacto de Toledo un documento suficientemente sólido y consensuado. Ningún escenario mejor, asimismo, que el Senado para aproximar posiciones en la inesquivable reformulación del marco de las relaciones entre el Estado y las Comunidades o tomar el pulso, con menos focos e interferencias que en el Congreso, a la viabilidad y los límites de una reforma constitucional cuya necesidad nadie niega. Las sesiones de control al Ejecutivo en la Cámara Alta deberán dejar de ser un pálido reflejo de las del Palacio de San Jerónimo y convertirse en un definitivo test para comprobar si el Gobierno mantiene el tono cuando juega “en casa” al calor del público y con un árbitro que aplica las reglas a favor de los propios colores, sin excesivos contrapesos en la Mesa. Si el Senado no aprovecha estas oportunidades, va a ser difícil justificar su existencia. Estemos atentos.