UNAS ELECCIONES PARA FORMAR GOBIERNO

Toda convocatoria electoral es crucial para la vida de un país. Las elecciones del 10 de noviembre no lo son ni más ni menos que las anteriores. Pero también ofrecen algunas características relevantes que conviene glosar. Estas características son: I) se convocan, al igual que en 2016, tras la disolución automática de las Cortes porque el Congreso de los Diputados no ha podido elegir Presidente del Gobierno; II) las encuestas apuntan que será difícil que un partido obtenga mayoría absoluta; III) es previsible que haya que formar un Gobierno minoritario; IV) las alianzas para formar Gobierno se presentan, al menos en la izquierda, muy complicadas; V) un triunfo electoral de la derecha podría cambiar las bases del actual sistema político democrático; y VI) si no llegara a formarse Gobierno el sistema político se resentiría peligrosamente. Y un corolario: para huir de una eventual crisis política del sistema, es necesario que la participación electoral sea alta.

Las elecciones se convocan, al igual que en 2016, tras la disolución automática de las Cortes porque el Congreso de los Diputados no ha podido elegir Presidente del Gobierno. No es baladí que acudamos a estas elecciones porque no ha sido posible elegir Presidente del Gobierno. Como hemos comentado muchas veces en esta revista, la Constitución se basaba en un modelo bipartidista imperfecto que ha cambiado a partir de 2015. Los instrumentos constitucionales, pensados para formar Gobierno con el bipartidismo imperfecto ya no valen pero no tenemos otros de repuesto. Eso explica la repetición de elecciones en 2016 y la actual convocatoria. A esas dificultades objetivas se agrega una cuestión que podría haber paliado el problema pero que actualmente lo agrava: Podemos nació, como todo partido comunista que se precie, para impedir que gobierne la socialdemocracia. Iglesias Turrión, uno de los pocos fundadores de Podemos que aún queda en ese partido, impidió en 2016 y en 2019 que el PSOE gobernara y si bien es cierto que se sumó a la moción de censura de 2018, fue porque no tenía más remedio. Luego, vamos a unas elecciones forzadas aunque hay que señalar también que es el cuadro electoral que eligieron los ciudadanos: cuando algunos comentaristas acusan a los ·”partidos” por no ponerse de acuerdo en un Gobierno determinado, deberían acusar a los electores que han votado como han votado.

Las encuestas apuntan que será difícil que un partido obtenga mayoría absoluta. Desde las encuestas más solventes y más trabajadas hasta las más chapuceras, todas apuntan que en esta elección ningún partido obtendrá la mayoría absoluta o una mayoría relativa tan elevada que permita que un partido pueda formar Gobierno por sí solo sin apenas refuerzos de otros Grupos Parlamentarios. Es el fin del bipartidismo, al menos por ahora y a pesar del regocijo de los que nunca tendrán el apoyo mayoritario del electorado, lo cierto es que crea un problema de gobernabilidad muy serio al que habrá que dar respuesta por diversas vías.

Es previsible que haya que formar un Gobierno minoritario. Si hay que formar un Gobierno minoritario, la técnica constitucional y parlamentaria para la investidura y para la permanencia de ese Gobierno se complica. Si queremos evitar el fracaso político de unas terceras elecciones hay que buscar un procedimiento que permita investir a un candidato y que, a continuación, permita a este candidato gobernar con cierta holgura, aprobando Leyes (y sobre todo la de Presupuestos Generales del Estado) y evitando que el control parlamentario sea una cita semanal de desgaste del Gobierno. Pero tampoco vale cualquier Gobierno minoritario pues no puede basarse en el apoyo tácito del independentismo que, como se ha visto en la anterior legislatura, apuñala por la espalda a los partidos nacionales para demostrar su poder parlamentario (veto a Iceta en la presidencia del Senado, enmienda de totalidad al proyecto de ley de Presupuestos, etc.). Luego hay que contar con un Gobierno minoritario que gobierne. ¿En qué condiciones? 

Las alianzas para formar Gobierno se presentan, al menos en la izquierda, muy complicadas. Muchos estamos convencidos de que mientras que Podemos esté dirigido por la pareja Iglesias Turrión- Montero, nunca apoyará con sus votos o con su abstención a un Gobierno socialista. Con una fijación sorprendente, Iglesias Turrión y su consorte solo hablan de formar un Gobierno de coalición con el PSOE y, más allá de satisfacer el ego faraónico de la pareja, no se entiende esa insistencia, porque lo que importa en política es pactar un programa. Pero a Iglesias Turrión el programa le importa poco. Quiere coche oficial y que los guardias civiles se le cuadren a la entrada del Ministerio y le den novedades. Y como en política no se puede luchar contra los elementos psicológicos (y el Gobierno de coalición que propugna Podemos hay que examinarlo desde la psicología, no desde la política), habrá que buscar otras fórmulas para investir a un Presidente que no tiene mayoría en el Congreso.

Un triunfo electoral de la derecha podría cambiar las bases del actual sistema político democrático. El problema de la investidura se complica, además, por un dato muy inquietante. Como se ha visto en Andalucía, en Madrid (Comunidad y Ayuntamiento), en la Región de Murcia y en Castilla y León, el Partido Popular no desdeña los votos de Vox. Si no fuera porque los independentistas catalanes han banalizado la expresión, habría que decir que Vox es un partido fascista y, mira por dónde, al Partido Popular no le importa gobernar con un partido fascista como Vox. Porque el problema es que Vox pasa factura inmediata y si el Partido Popular llegara al Gobierno de la Nación con el apoyo parlamentario de Vox empezaríamos a ver como la democracia española (el denostado régimen del 78 que dice la izquierda irresponsable) se resquebrajaría en las libertades, en el modelo territorial y en el Estado social. Por eso hay que decirlo con rotundidad, votar a las tres derechas es votar a favor de una mutación política de España y darle a Vox un poder que no podría alcanzar por muchos escaños que obtuviera. Ese es el primer riesgo de las próximas elecciones, que Vox obtenga un número suficiente de escaños que permita gobernar al Partido Popular.

Si no llegara a formarse Gobierno el sistema político se resentiría peligrosamente. El segundo peligro de estas próximas elecciones es que se llegue a un nuevo impasse porque Podemos no apoye al PSOE y acabemos celebrando nuevas elecciones. Si dependiera de Iglesias Turrión, que quiere vengar la ofensa que sufrió su ego con el veto como Ministro, acudiríamos a votar cada año aunque en cada convocatoria pierda escaños. Luego, hay que buscar fórmulas políticas que eviten la repetición que es una situación que provocaría el desapego de los ciudadanos hacia la democracia, paralizaría al Estado como su distribuidor de bienes y servicios a los ciudadanos y hasta incrementaría el papel político del Rey. Hay que buscar fórmulas inmediatas de gobernabilidad.

Votemos gobernabilidad. Ha sido un acierto que el Presidente Sánchez anuncie que si el PSOE es el partido que obtiene más escaños pedirá a otros partidos (especialmente al Partido Popular) que se abstenga en la investidura. Esa es la medida más urgente, pero también todos tendremos que pactar medidas constitucionales y legales de desbloqueo, medidas que liberen al Partido Popular de la presión de Vox y al PSOE de depender de Podemos y de los secesionistas. Ese acuerdo poselectoral pude ser posible porque busca asegurar el derecho a la gobernabilidad.

En todo caso, si queremos asegurar que España no volverá a estar empantanada, hay que votar, votar masivamente como el 28 de abril porque la democracia (y su correlato, la gobernabilidad) se asegura votando.