UNA NUEVA ETAPA DEL PSOE

Después de las reuniones del Comité Federal del 1 y del 23 de octubre y de la sesión de investidura de Mariano Rajoy del día 29 de ese mismo mes, es evidente que el PSOE va a entrar en una nueva etapa de su larga historia. Una etapa difícil, en la que va a necesitar apoyos, comprensión y esfuerzos positivos por parte de todos.

En un momento de declive electoral, del que pocos territorios pueden salvarse, el PSOE ha pasado en pocos días por un conjunto de situaciones complejas que van a tener a corto plazo –y plausiblemente también a medio plazo− unos costes de imagen y de credibilidad que hoy por hoy son difíciles de evaluar; pero que sin duda van a ser muy importantes. Y plausiblemente más duraderos de lo que algunos estiman.

Durante estos días las cosas se han hecho mal, se han explicado y justificado de manera poco consistente y se han cuidado tan poco los detalles y los argumentos que, al final, los afiliados y los votantes del PSOE han encontrado un sinnúmero de razones para sentirse defraudados e indignados.

A principios de noviembre, el balance de daños es estremecedor: con unas “conspiraciones” poco meditadas y chapuceramente desarrolladas, un Comité Federal prácticamente fracturado por la mitad, una escasa voluntad para tender puentes y buscar soluciones integradoras y salidas razonables para los que tenían un papelón por delante muy complicado, un electorado defraudado y confuso que no entiende nada, una parte muy importante de los afiliados indignada, un Secretario General defenestrado y al que, por si todo lo anterior no fuera suficiente, se le fuerza incluso a renunciar a su acta de diputado, bajo amenaza eventual de expulsión o inhabilitación si continuaba siendo coherente, una sesión de investidura que bordeó los límites de lo surrealista. Y, por si tal cúmulo de “disfunciones” (por decirlo de manera suave) no fuera poco, un Juzgado que admite a trámite una demanda de un líder local del PSOE que reclama judicialmente que todo lo actuado últimamente en el interior del PSOE sea declarado “nulo de pleno derecho”, por no atenerse a lo que se estipula en los estatutos de este Partido. Es decir, un lío enorme.

En esta situación, el PSOE se está encontrando con situaciones bastante desagradables de pérdida de respeto. No solo en las redes y en los medios de comunicación social, sino en el propio Parlamento. Los insultos chulescos, e impropios de la más mínima cortesía parlamentaria, de un personaje como Rufián y otros similares, a los que se unió en la infausta sesión parlamentaria del 29 de octubre –una de las más tristes vividas por muchos diputados− un discurso de Mariano Rajoy que en el fondo y en la forma era despectivo y denigratorio para el PSOE en su conjunto, y para los 68 diputados socialistas que con su abstención –y el enorme sacrificio que esto suponía− hicieron posible su investidura como Presidente del Gobierno. Diputados a los que vino a decir que solo su línea política era la correcta y válida −¿también en lo que concierne a corrupción, a la ley Mordaza, a la legislación laboral, etc.?− y que no tenían más remedio que dejarle gobernar a su gusto y modo. Y si no –implícitamente− que se acabarían viendo ante unas elecciones tan pronto como lo permitiera la legislación vigente. Como en el chiste del dentista –pero en esta ocasión sin dentista−, Rajoy vino a decirles a los diputados socialistas que les tenía bien cogidos por donde más les duele. Y si esto era un aviso para navegantes que traslucía las intenciones de Rajoy, a los diputados socialistas no les quedará más remedio que bajar otra vez la cabeza, dejar gobernar a Rajoy a su manera, e ir sumando nuevos elementos de descrédito, a medida que Rajoy vaya tomando decisiones y aprobando leyes que erosionen la situación de aquellos sectores de la sociedad española que históricamente votaban por el PSOE, o bien asumir la celebración en los próximos meses de unas nuevas elecciones en las que, si no hay cambios apreciables en la situación interna actual, ya se hacen apuestas que auguran no más de 30 diputados para el PSOE.

Vienen, pues, tiempos muy duros y difíciles para el PSOE y para los sectores sociales a los que este partido ha venido representando históricamente. Ahora –además− en una coyuntura económico-financiera y política verdaderamente difícil y problemática. Y que, como algunos venimos sosteniendo desde hace tiempo, exigiría algo parecido a lo que fueron los Pactos de la Moncloa en su día. En bien de todos.

Por eso, cada día es más importante y urgente que en el PSOE se den los pasos oportunos para volver a la normalidad organizativa –y a la legitimidad interna− sin más demoras ni disculpas, impropias de una organización que sea verdaderamente seria, democrática y autónoma.

Una vez que el sector opuesto a Pedro Sánchez ha conseguido el objetivo de su dimisión como Secretario General y la renuncia a su acta de diputado, y una vez lograda la investidura de Mariano Rajoy, los que ganaron la votación (posiblemente antiestatutaria, como puede declarar un Juez) de la reunión del Comité Federal del 1 de octubre, ya no tienen ninguna disculpa ni razón para mantener al PSOE en una situación de interinidad y de excepcionalidad organizativa. O de virtual “Estado de excepción”, como sostienen algunos.

La clave, hoy por hoy, es que cuanto más tiempo se mantenga una situación que gran parte de los afiliados y de la opinión pública consideran como irregular e impropia, mayor será el descrédito y la falta de credibilidad que caerá sobre las espaldas del PSOE. Con todo lo que eso puede implicar.

Por lo tanto, la única solución para salir del embrollo actual es que en el PSOE se pueda votar cuanto antes y con todas las garantías y derechos. En el punto al que se ha llegado, el PSOE no puede continuar siendo durante más tiempo un partido que no tenga un Secretario General plenamente legitimado y apoyado por la mayoría de los afiliados, un líder que pueda defender sus posturas políticas con todo el valor –y sentido− que supone haber salido elegido de un proceso congresual transparente y no de una conspiración palaciega.

La imagen de una Comisión Gestora, enfrentada a una parte importante de los afiliados, que incluso están recogiendo una gran cantidad de firmas para urgir la celebración de un Congreso, con un Grupo Parlamentario dividido, con bastantes parlamentarios forzados a votar en contra de su conciencia y sus convicciones políticas, y con unas posturas que son muy difíciles de explicar –y que de hecho no se explican bien−, con un partido al que se le está perdiendo el respeto en la sociedad española, desde el que se intenta ejercer un principio de autoridad interna que no le ha sido atribuida en la manera prevista en los estatutos, y al que solo defienden públicamente en los medios de comunicación quienes han dado muestras sobradas durante mucho tiempo de tener posiciones antagónicas a todo lo que ha supuesto y representado el PSOE, es una imagen que responde más a la parodia del pollo descabezado corriendo erráticamente, que a la de una organización seria y solvente como ha sido, y volverá a ser, el PSOE. También en bien de todos, ya que una democracia, como la española, no se puede entender, ni funcionar adecuadamente, sin un partido serio y responsable como ha sido el PSOE, que representa –que debe representar− a unos sectores importantes de la sociedad. Sectores que, si dejan de creer y confiar en el PSOE, o bien quedarán huérfanos de representación, o bien caerán bajo la influencia de otras organizaciones que, hoy por hoy, parecen inclinadas a alentar el radicalismo y la bipolarización de la sociedad española.

Por eso, harían bien en pensar en estas consecuencias y tendencias quienes intentan llevar al PSOE por una senda impropia de un verdadero partido socialdemócrata. Y a cambio de nada. Es decir, hacia un suicidio que hoy por hoy no debiera considerarse imposible, como demuestran las experiencias recientes de otros países de nuestro entorno.

De hecho, la sabiduría política acumulada a lo largo de la dilatada historia del PSOE ha venido estipulando de manera inveterada que cuando el partido se encuentra descabezado, sin Secretario General o sin una Comisión Ejecutiva representativa, debe convocarse siempre y de manera urgente un Congreso Extraordinario para elegir a un nuevo Secretario General y a una nueva Comisión Ejecutiva. Y ello debe hacerse en plazos perentorios. Lo cual, por lo demás, es de una lógica aplastante. Solo las personalidades autoritarias y los regímenes de excepción autocráticos pretenden perpetuarse durante bastante tiempo, negándose a dar el voto y la palabra a los depositarios de base de la soberanía política. En este caso, los afiliados y las Agrupaciones territoriales del PSOE.

Cuando alguien pretende mantenerse en el poder por más tiempo del necesario y sin respetar lo que dicen sus propias normativas internas, es inevitable que cunda la impresión de que aquellos que se niegan a que se vote lo hacen porque tienen la convicción de que ni ellos, ni sus cercanos, ni quienes les han situado en su puesto excepcional, van a contar con la mayoría de votos y apoyos que les gustaría tener. Y que –consecuentemente− van a encontrarse con que serán otros los elegidos. Lo cual conduce inevitablemente, por simple lógica, a la conclusión de que en realidad quienes operan de esta manera ni son representativos, ni cuentan con el apoyo efectivo y afectivo de la organización que pretenden dirigir. O lo que es lo mismo, en esta secuencia concatenada de hechos y conductas podemos acabar encontrándonos ante un dilema que se relaciona con el verdadero quid fundamental y fundacional de la democracia. Lo que marca la diferencia entre ser o no ser demócratas.

Y en eso es en lo que se está en el PSOE en estos momentos. Asunto, sin duda, de la máxima importancia y alcance, sobre el que no debiera perderse ni un mínimo en dejarlo perfectamente claro ante todos, y ante todo. Porque la democracia, para el PSOE, no es ni un artificio ni una cuestión de oportunidad o de conveniencia, sino una parte esencial de su forma de ser y de estar en política. De ahí, la necesidad imperiosa de que el PSOE entre en una nueva etapa de su historia. Cuando antes mejor. Y también en este caso por el bien de todos.