UNA GRAN BRONCA POR UN PASAPORTE

De las cosas que tiene el verano es que a veces toca ir de boda.

A mí este año me correspondió ir a un pequeño pueblo agrícola, a unos pocos kilómetros de Lleida. Los contrayentes eran Juan y Joana, una pareja que conocí trabajando en Sudamérica. Allí se conocieron ellos, buscándose la vida, ante la escasez de trabajo en España producto de las nulas expectativas para los jóvenes españoles sobradamente cualificados, ¡grave problema!

Trabajaban en la cimentación de una línea de metro, para una multinacional de la construcción española que luego ha dejado en paro a miles de trabajadores españoles y nacionales, por haber esquilmado, sus dueños y directivos, los recursos económicos de la compañía. Ahora seguro están a buen recaudo en cuentas a su nombre en vaya usted a saber dónde… ¡otro gran problema que parece no preocuparnos!

Pero el amor, las emociones y los sentimientos entre personas no conocen de empresarios corruptos. Y Juan, un joven canario, ha decidido emprender su vida en conjunto, e incluso formar una familia, con una joven catalana. Ambos habían decidido empezar ese camino en su Patria, ahí otro problema, han vuelto a su Patria cuando no saben si es la común de ambos o van ser dos. A ellos esto les preocupa poco en este momento, estoy convencido. No es un problema.

A la boda me llevó un taxista leridano. Gentes amables las de estas tierras, que tiene la experiencia de haber tenido una vida dura. Son catalanes de tierra adentro, donde el turismo no les ha dotado con los beneficios del turismo. Ese que por no cuidarlo ahora se pone en cuestión, un problema más. Eso me comentaba el taxista, que en su cincuentena y con un marcado acento de la tierra decía me he distraído un rato y no entiendo nada”… A él le gustaría tener turistas que transportar, tantos como en Barcelona, Tarragona o Girona, a las que añadió Valencia y Madrid, como si no fuera consciente de que estas últimas ciudades pronto pueden hacer que no sea ya parte de su imaginario territorial de pertenencia.

En la iglesia, como por un arte extraño de estas ceremonias, la familia del novio ocupaba un lado de los bancos y los de la novia el otro. Todos buscaban el aire del ventilador, pues el calor asfixiante no distingue dónde has nacido. Me sorprendió que el sacerdote no hablara en catalán, ni mucho ni poco, dado que la familia de Joana es catalana y como diría otro Joan Manuel (Serrat), “los catalanes tenemos la costumbre de hablar en catalán, casarnos en catalán, hablar a nuestros hijos en catalán… y al morirnos que nos recen en catalán y hacer el amor… como todos cuando podemos”. A mí me hubiera parecido normal, es más, hasta lógico que fuera en catalán. Cuando luego se lo comenté a un familiar de la novia me dijo con rotundidad que a ellos no; que la familia del novio (los canarios) habían viajado muchos y a muchos kilómetros y no lo hubiera entendido; ellos tenían la suerte de poder entender las dos lenguas. Posteriormente lo hablamos en la mesa, donde uno de los comensales venido de Madrid me espetó con rotundidad, que si lo hubieran hecho (hablar en catalán) él se hubiera levantado e ido. ¡Toma tolerancia castellana!

Juan y Joana nunca pensaron en sumar 8 “apellidos con territorio” para sus hijos, pues son gente inteligente y eso les tiene sin cuidado. Lo que quieren para sus hijos es que sean sanos y que tengan un futuro provechoso. Para ello se volvieron a España, pues saben que nuestro sistema público sanitario es muy bueno y es una garantía de futuro.

Ahora repartirán sus vacaciones entre la comarca de Segriá y la Playa de Las Canteras. Pasarán unos días en Catalunya y otros en Canarias. Unas veces comerán cassolada y otras sama con gofio. A Juan le costará entender cuando la familia de Joana empiece a hablar rápido en torno a la mesa, no menos que a ella cuando comparta la mesa con los canariones, más difícil de entender a veces que el catalán. Eso no es un problema tampoco.

Si se les pasa por la cabeza pensar si el niño va a nacer en un sitio o en el otro, no será por la nacionalidad, sino por lo del pasaporte. Ambos han comprobado que las cuestiones burocráticas tienen su aquel cuando sales de tu entorno, de tu zona de confort y tener un país de origen fuerte es importante. Hace poco tiempo ellos, como yo, estábamos tan contentos de tener un pasaporte europeo; era ver como crecíamos, por eso no entienden que ahora vayamos a empequeñecer.

¡Al final del día, la independencia terminará para el ciudadano siendo solo eso: un pasaporte! Alguien piensa que, en el mejor de los casos, va a variar en mucho aquello que conforma la vida en comunidad: sanidad, educación, carreteras y aeropuertos, bienestar. En definitiva, lo que se ha construido con el esfuerzo común. Eso es lo que a la denominada “mayoría” nos preocupa.

Jonathan Swift en su “El arte de la mentira política” dice que “no hay hombre que suelte y difunda una mentira con tanta gracia como el que se la cree” y los dirigentes de la estrategia de la independencia han llegado a creerse sus mentiras sobre las bondades de la “República Catalana” en lo político, económico y en lo vivencial. Ahora bien, parece que les da absolutamente lo mismo poner en peligro la seguridad y tranquilidad de los ciudadanos catalanes y con ellos a españoles y europeos, que a todos afectará. Todo es pura parafernalia que como mucho, lo que va a conseguir es colmar unos cuantos egos personales. Los catalanes de pura cepa, los que tienen enterrados allí a varias generaciones o los que llegaron a ganar su sustento en cualquiera de sus 32.106,5 km² hace tres, dos generaciones o antes de ayer no van a conseguir ningún beneficio más para su vida con la independencia. Perjuicios se me ocurren muchos…

La excitación de sentimientos es una vanagloria que nunca ha llevado a un mayor éxito que el que ahora tienen los ciudadanos de Cataluña en su nivel de vida y que les están incitando a poner en peligro. Va contra el sentido de una entidad colectiva y como el citado Serrat suele decir, este sí con gracia, en sus conciertos: “Un catalán nunca tira nada y menos un éxito”.

Tal vez la mesa para debatir el futuro, propuesta por el PSOE, esté llena de contradicciones y buenismo. Nadie lo niega, ni ellos mismos, pero es la salida más plausible de momento al cisco montado por la inacción de unos y por el agote discursivo de un nacionalismo trasnochado. Sentarse todos a debatir sobre un problema es bueno per se, bienvenida sea.

Joana y Juan tienen su latitud y longitud marcada en otro punto, lejano al que Puigdemont, Junqueras o Rufian proponen, si realmente tienen un rumbo. Los ciudadanos de Catalunya están viviendo el despropósito con angustia, ¡hacer eso es inmoral!

Está claro que el cisco solo se resolverá cuando el mapa político cambie en unas elecciones legales y libres.

El taxista no quiso responderme a la pregunta: ¿Y el referéndum qué? Me despedí con “bona tarda y molta sort” respondió: “Buenas tardes y feliz boda. Que estos políticos que nos ha tocado no nos amarguen la vida. Y amigo el día 1 me pillará trabajando, que mi mujer es gallega y el próximo verano queremos ir allí, hay que trabajar. Esa es mi independencia”.