¿UNA DEMOCRACIA REPRESENTATIVA SIN PARTIDOS POLÍTICOS?

Que la decepción con la política es como un fantasma que recorre nuestras sociedades es una obviedad. La gente envía continuamente mensajes en los móviles o peticiones de firmas colectivas para eliminar salarios, privilegios, pensiones y reducción de cargos públicos (si es posible hasta la eliminación completa). Muchos de esos mensajes son manipulaciones o mentiras, pues no solo se exagera, sino que se dan cifras y datos completamente erróneos (¿un diputado cobra 30.000 euros al mes de por vida?, este es solo alguno de los datos que se envían en los mensajes).

Dentro de esa desafección, los políticos se han convertido en “clase” o “casta”, un calificativo que fue lanzado con gran acierto por Podemos.

Aparte de este “linchamiento” a los políticos, da igual lo que cobren, lo que trabajen, a quienes representen, cuál sea su motivación personal, el partido al que pertenezcan, el “todos son iguales” es ya un grito social. Entonces, se pide que gobiernen los “técnicos”, porque ellos saben lo que hacen, como si la ideología, los valores, los gustos o las opiniones se quedaran al margen de los técnicos y estos fueran personas neutras programadas para gobernar.

Es como aceptar que “sólo hay una verdad”, única e indiscutible. Como si no hubiese distintos puntos de vista. Como si la pluralidad de pensamiento, incluso de gestión pública solo pudiera hacerse de un modo. Un modo que, según esa tesis, es tecnócrata.

La concepción del mundo, desde lo general a lo concreto, desde la filosofía al día a día, desde la cultura a la economía, desde la definición de principios a la decisión o gestión, es obvio que se interpreta de distintos modos según quién o qué grupo opine. Y tomar posición es hacer política. Esa es la esencia de lo político, responder a lo que no tiene una sola y única solución. Priorizar intereses, elegir el camino frente a la diversidad.

Lamentablemente, no faltan razones para que ese caldo de cultivo de desafección, desánimo, descontento y falta de confianza haya calado. Desde la corrupción a la crisis económica, pasando por esa prepotencia de estar alejados del común de los mortales, ha influido en ese daño moral a la política.

Decía Ignacio Urquizu, en una conferencia en Valencia, que existía una “crisis de intermediación” que afecta a los partidos políticos. En mi opinión, tiene toda la razón. Pero es algo más profundo que la falta de intermediación; existe, sin duda, una representación política con la que la ciudadanía no se siente identificada.

Pero, paradójicamente, frente al permanente insulto y descalificación a los “políticos”, se produce también un creciente aumento por el interés de las cuestiones políticas.

En ese estado de ánimo es donde surgen propuestas de todo tipo, que no son comparables entre sí. Desde el 15-M en España, que acabó difuminándose cuando apareció Podemos en escena, hasta el enloquecido y peligroso Donald Trump. Se vota para protestar, por estar en contra, no para reivindicar un proyecto alternativo.

Y, cuando se comienza a dar pasos en la estructura política, como le ocurre ahora a Podemos, se desdibuja la magia y la frescura y aparece la realidad orgánica, donde los matices en las posiciones abren barreras insalvables, donde las pertenencias a grupos se configuran en irreconciliables.

En el momento que una persona políticamente comprometida jura el cargo, deja de ser para el ciudadano alguien noble y desinteresado. De repente, es uno más en el fango de la corrupción, la manipulación, el espectáculo mediático y las mentiras políticas. No hay nada más injusto actualmente que la generalización social de la política.

La pregunta es: ¿es posible una democracia sin partidos políticos? Eso parece desear la ciudadanía cuando emite su voto en contra de la representación de los partidos. Y pueden existir “experimentos” afortunados, porque al frente aparezcan personas de solvencia reconocida y de compromiso político intachable. Pero resulta mucho más peligroso y cuestionable cuando lo que se vota es a alguien como Trump. ¿De verdad la ciudadanía no se equivoca nunca cuando vota?

No parece que los partidos políticos, principalmente de la izquierda, entiendan que la desmovilización ciudadana siempre afecta a la izquierda. La crisis de proyectos, de ideas, de alternativas frente al conservadurismo económico y político está cayendo también en una fragmentación política de la izquierda, donde, cada vez más, parece una imitación de “La vida de Bryan”.

Hay un refrán popular que dice que la gente “apolítica” suele ser de derechas. No sé si los sociólogos han medido la realidad de esta afirmación, pero lo evidente es que el mundo no está girando hacia la izquierda en busca de la justicia social, sino que se encoge endogámicamente dentro del conservadurismo más miedoso, permitiendo que gobiernen aquellos que han propiciado este incendio.

Al final, hemos puesto a los zorros a cuidar el gallinero.