UN PROYECTO REGENERADOR PARA ESPAÑA Y PARA EUROPA

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Muy a pesar de todos, de nuevo vamos a elecciones y es importante que el PSOE acierte con el discurso que debería hacer en estos dos meses. Haría mal en emplear la mayor parte de sus energías en criticar al PP y a Podemos, por muy culpables que hayan sido de conducir al país a esta situación. Lo último que desean los ciudadanos son dos meses de “y tu mas”. Cada cual ha tenido ojos para ver y ha hecho su propio diagnóstico de lo que ha pasado. Los partidos deberían reconocer que colectivamente han faltado a su responsabilidad de formar un gobierno. A la frustración y malestar que esto ha producido, no pueden añadir el espectáculo, ya demasiado prolongado tras año y medio de campañas y precampañas, de seguirse tirando los trastos a la cabeza.

Lo que ahora los ciudadanos esperan de los partidos es que ofrezcan un análisis lúcido de la situación del país y unas propuestas creíbles que den alguna esperanza de que los problemas se pueden resolver. Además, deberían dejar claro, desde el principio, cuál va a ser su política de alianzas, es decir, con qué fuerzas están dispuestos a pactar y con cuáles no. Con respecto al análisis, lo primero que se necesita es un diagnóstico certero del estado en que se encuentra nuestro país y de que es lo que necesita con más urgencia. Tras seis años de crisis y de austeridad impuesta desde Europa, acentuada por las políticas ultraconservadoras del PP, la situación no puede ser más lamentable: 21% de paro, que supera el 50% en los jóvenes, 700.000 hogares sin ningún ingreso, una inmensa bolsa de parados de más de 50 años, grandes recortes en los sistemas educativo y sanitario públicos, un sistema de pensiones públicas en riesgo de quiebra, centenares de miles de familias desahuciadas de sus viviendas, índices de desigualdad disparados, pobreza infantil, pobreza energética, etc. Es decir, un retroceso de más de 20 años en nuestro bienestar colectivo. Retroceso que no ha afectado a todos por igual: al lado de lo anterior, ha aumentado el número de ricos, y los salarios de los altos ejecutivos de empresas y bancos se han disparado. Todos los días observamos cómo evaden sus impuestos los más pudientes, y vemos con estupor los enriquecimientos ilícitos de los interminables casos de corrupción, que han dejado de ser “casos” para convertirse en tramas criminales organizadas para delinquir, a veces desde las propias instituciones.

Lo que se necesita para revertir este estado de cosas es un esfuerzo titánico y una gran determinación política. Citando a José Félix Tezanos (TEMAS 258, mayo 2016), necesitamos algo similar a lo que fue el Plan Marshall en la Europa de posguerra: reactivar las inversiones económicas; diseñar un plan de empleo de emergencia para jóvenes y parados de larga duración; poner fin a los desahucios mediante leyes de rescate y de segunda oportunidad; reinvertir en los sistemas educativo y sanitario públicos; asegurar la supervivencia del sistema público de pensiones mediante la reedición del Pacto de Toledo; regenerar el tejido económico, apostando por la innovación; aumentar drásticamente la inversión en ciencia y en I+D; apostar por una transición energética hacia un sistema basado mayoritariamente en energías renovables; reformar la Constitución para encajar el problema territorial; acabar con las tramas corruptas instaladas en muchas corporaciones locales y autonomías; llevar a cabo una reforma fiscal profunda que grave no solo la renta sino también la riqueza y que establezca un mínimo para el impuesto de sociedades; aumentar drásticamente el número de inspectores fiscales para combatir eficazmente el fraude; y muchas otras medidas de similar calado.

Todo ello requiere buenas leyes y sobre todo mucha tenacidad y voluntad política para aplicarlas. Para este inmenso esfuerzo regenerador hay que convocar a la mayoría de la sociedad y a todas las fuerzas políticas que crean en la urgencia de esa tarea. Eso excluye directamente al PP, responsable no solo de muchas políticas contrarias a las enumeradas, sino consentidor de la gran corrupción y protagonista de la gran mayoría de las tramas descubiertas hasta ahora.

Es incorrecto un análisis que concluya que la izquierda es suficiente para esta tarea. Primero por la magnitud de la misma. Después, porque hay que tocar aspectos como el territorial, el educativo, el tejido empresarial, las pensiones, la Constitución, etc. que requieren grandes consensos. Finalmente, porque la izquierda no ha sumado, ni parece que vaya a sumar. El proyecto requiere pues un esfuerzo transversal, no la división del país en los dos bloques antagónicos de izquierda contra derecha. El PSOE es la única fuerza que puede encabezar un proyecto así y aglutinar en su torno a partidos de ambos lados del espectro.

El PP no puede, en primer lugar porque no cree en ello. El PP no quiere ver la desigualdad porque no la padece. No cree siquiera que sea un problema. Tampoco cree que lo sea la corrupción. Parece aceptar que las cosas son así, que siempre lo fueron y que siempre lo serán. Además, le resulta incómodo tener que enderezar a los autores, en la inmensa mayoría pertenecientes a sus filas. No puede regenerar la vida política porque primero tendría que llevar a cabo su propia regeneración.

A Podemos no le interesa demasiado este proyecto. Ellos han nacido y crecido precisamente gracias al mal estado de cosas. Y lo han explotado a fondo con el discurso de la casta. Las cosas están mal, dicen, pero la culpa es de los otros. Pero cuando ha llegado el momento de poder remediarlo, han optado por sus propios intereses como partido. Han preferido ir a elecciones antes que ver al PSOE, su principal adversario, en el gobierno. Es cierto que muchos de sus votantes y militantes creen que ellos podrían regenerar la sociedad. Pero sus dirigentes tienen al parecer otros planes. Tampoco ayuda a un proyecto de España su extraña complacencia con los independentistas. Extraña, por tratarse de una fuerza supuestamente de izquierdas, que no tiene nada que ganar con el nacionalismo, que siempre ha sido promovido por las burguesías. Su concepción de que cada territorio decida libremente si quiere pertenecer a España o no es de un gran infantilismo histórico. O una concesión más al populismo. Nunca la izquierda ha defendido los fraccionamientos en base a identidades localistas. Los derechos los da el Estado, no el terruño. Y en este momento histórico, ni siquiera los garantiza completamente el Estado, sino unidades más amplias como la Unión Europea.

Ciudadanos ha sostenido con fuerza un discurso regenerador en lo político. Hay que reconocerles que han condicionado a los gobiernos que apoyan a no consentir la corrupción. Han demostrado también sentido de Estado al acordar un pacto de 200 medidas regeneradoras con el PSOE. Pero también es cierto que en temas económicos son bastante más tibios que el PSOE, lo cual es lógico tratándose de un partido de corte liberal. No han llegado muy lejos en el terreno de una reforma fiscal, ni en el de la legislación laboral, ni en subir el salario mínimo. Son compañeros necesarios para el proyecto, pero no los mejores para encabezarlo.

Pero los ciudadanos no solo esperan un conjunto de buenos deseos, sino sobre todo una alternativa creíble. El PSOE debería esforzarse por ofrecer un programa económico distinto al de la derecha, pero también viable. Y eso incluye necesariamente referirse a Europa. Debería ofrecer un programa socialdemócrata renovado también para Europa, donde actualmente la socialdemocracia se ha encogido ante el envite de los poderes financieros. Debería decirnos cuál es su concepción para una salida progresista de la crisis en el conjunto de Europa. Debería criticar los recortes que partidos socialistas como el francés están ejecutando. Si no lo hace, no será creíble.

Los socialistas tienen ahora la posibilidad de ofrecer un proyecto a la vez viable y mejor que el que puedan ofrecer otros. Por eso, más que mirar encogidos a izquierda y a derecha y temer el supuesto sorpasso, tendrían que confiar más en lo que proponen. Los proyectos del PP son más de lo mismo, los de Ciudadanos son más tibios que los del PSOE, y los de Podemos son en buena parte inviables y además sus líderes tienen poca intención de llevarlos a la práctica.

Para ganar voluntades para ese proyecto, además han de mantener la unidad interna y han de movilizar más energías que las empleadas hasta ahora. Demasiados dirigentes no hicieron todo lo que estaba en su mano en la campaña del 20-D. Ahora tienen la ocasión de remediarlo.