UN PACTO Y OTROS ANTECEDENTES

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El pacto suscrito por PSOE y Ciudadanos ha obtenido el respaldo de 131 diputados en las Cortes. Es, de momento, la opción política que cuenta con más apoyo en el Parlamento, aunque resulte muy minoritario. Por otra parte, ha sido aprobado por los afiliados del Partido Socialista, consultados por primera vez y de manera un tanto precipitada, resultando insoslayable la urgencia. El Comité Federal del PSOE también lo suscribió con un sólo voto en contra. Formalmente tiene -por lo tanto- bastantes argumentos para seguir vigente cuando va a empezar el segundo turno de negociaciones para conseguir designar un Presidente de Gobierno, con la perspectiva, cada día más cercana, de nuevas elecciones. Por otra parte, la brutalidad de los ataques del líder de Podemos contra el PSOE -los insultos a Felipe González, sostener que los socialistas no son de fiar y que se han entregado a las oligarquías- difícilmente pueden olvidarse a la hora de discutir un pacto de izquierdas, más aún si se recuerdan los ultimátums repetidos por Iglesias Jr: exigir ser vicepresidente, controlar jueces y policías, referéndums en las nacionalidades históricas…

Pero mi tema no es hoy discutir de tal actualidad, ni de la voluntad evidente de Podemos de imposibilitar un Gobierno socialista, sino de volver la vista hacia la Historia, no a la Memoria, tan discutible como se ha demostrado en los debates en las Cortes. La pregunta que me planteo es la siguiente: ¿sería el pacto entre Sánchez y Rivera un acontecimiento nuevo? Mi contestación es: en absoluto.

En la historia del PSOE, desde su creación (más de treinta veces más vieja que la de la formación de Iglesias Jr,. la longevidad en política no ha sido un criterio despreciable, sobre todo si durante ella se han sufrido más represiones brutales que triunfos electorales), este partido ha tenido que decidir sobre pactos con formaciones situadas a su derecha. Concedo que con el tiempo las formaciones políticas y su significado cambian, pero no tanto como para no servir para mi argumentación. Sin mencionar las largas primeras décadas de voluntario aislamiento, cuando Pablo Iglesias, el verdadero, no el avatar, rechazaba cualquier alianza con los Republicanos, me centraré en los años de la II República, aún hoy tan importantes.

La República llegó, como bien se sabe, después de la victoria electoral en las elecciones municipales de 1931, victoria no arrolladora, bastante ajustada, de una coalición electoral entre Republicanos y Socialistas. En esos tiempos no fue fácil que los socialistas se uniesen a los republicanos, pero lo hicieron y ganaron. Los republicanos constituían entonces una fuerza burguesa, económicamente conservadora, muy distante de los ideales marxistas que antaño proclamaba el PSOE.

Manteniendo tal alianza, la conjunción republicano-socialista venció en las primeras elecciones a Cortes y así inauguró los primeros años de gobierno republicano, Constitución incluida, y de transformación radical de la sociedad española. Bien se sabe que la evolución de la situación condujo a que se rompiese tal alianza, volviendo el PSOE a las urnas en 1933 sin alianzas; y se impuso finalmente el Gobierno de las Derechas y el Bienio Negro. En 1936, después de una batalla campal interna entre Largo Caballero e Indalecio Prieto, este consiguió llevar al PSOE a una nueva alianza con los republicanos de Azaña. A ella se unieron el PCE, el POUM, la UGT y las JJSS y así cuajó el Frente Popular que ganó las elecciones de febrero de 1936. Recordemos que Azaña siempre rechazó hablar con el PCE o con el POUM. Tal recuerdo de esta historia, necesariamente telegráfico, y por lo tanto evidentemente muy incompleto, permite recordar que al menos en tres ocasiones los socialistas se unieron con la burguesía republicana, fuese fuerza de derechas (en 1931), o de centro izquierda (en 1936). Y en las tres ocasiones consiguieron su objetivo inmediato: ganar las elecciones, instalar la República, reformar el país. El tercer pacto resultó fallido a los pocos meses, en particular por las disensiones internas de los socialistas. Si se me argumenta que los republicanos de Azaña no eran entonces tan de derechas, contestaré que en esa época los socialistas hubieran considerado como un insulto que se les llamara “socialdemócratas”.

Si me refiero a tales acontecimientos, es para decir que el pacto entre PSOE y Ciudadanos no es el primer pacto entre socialistas y centro derecha,y que los socialistas no tuvieron en el pasado ninguna razón para arrepentirse de haberlos suscrito, más bien remordimientos cuando los hicieron fracasar; y, por lo tanto, el reciente pacto puede ser no sólo una solución coyuntural a una situación democrática estancada, sino también un proyecto que se puede prorrogar hasta convencer, y así emprender un ciclo nuevo en el camino de nuestra muy joven democracia, que tanto lo necesita.

Añado que en cada una de estas ocasiones señaladas, los socialistas pactaron sin renunciar a su proyecto, ni a sus convicciones. En tiempos de la II República, tal tipo de alianza no era su proyecto, sino que respondía a una necesidad de la sociedad en un momento dado. Y si hoy se reivindica el centro izquierda no se renuncia realmente a ser la izquierda, tal y como se concibe hoy en Europa. Las previsibles elecciones de finales de junio podrían considerarse como una segunda vuelt, y el PSOE tendría en su agenda, con Congreso quizá por medio, decidir si el Pacto con Ciudadanos, con sus acuerdos y sobre todo con su espíritu y talante de negociación, se mantiene y se presenta como un proyecto inmediato a los electores, en caso de que nos encontrásemos con votantes que decidan “más de lo mismo”.