UN MENSAJE DEMASIADO COMPLEJO

En este momento, el PSOE está gobernando en algunas comunidades autónomas gracias a Podemos, en alguna junto a Podemos, en otras frente a Podemos. En los gobiernos de muchos ayuntamientos el catálogo de posibilidades es mayor, permitiendo, apoyando, siendo apoyado o compartiendo gobiernos con, prácticamente todos los grupos políticos del estado español. Y, por último, el propio partido se ha dividido por permitir un gobierno de la derecha en España mientras su federación en Euskadi compartirá gobierno con la derecha vasca. Todo eso sin olvidar que, en este mismo año, la militancia aprobó gobernar España con Ciudadanos.

Esto, que en cada ámbito territorial se puede explicar con argumentos locales, resulta muy difícil de justificar en toda España. La explicación, si la tiene, constituye un mensaje de gran complejidad y de difícil comprensión para la mayoría de los españoles. Una de esas cosas que no es posible explicar con pocas palabras. A no ser que se recurra a la gramsciana adaptación al terreno, que tanto aplican los populismos de toda laya, que no creo.

Y lo es porque la transversalidad del contenido político que trasluce esta situación recorre todo tipo de ejes, izquierda-derecha, nacionalismos-españolismo, vieja-nueva política, etc. Y se hace desde un partido que propugna la igualdad, mientras aplica desiguales criterios en las distintas partes de España.

Desde muchos sectores, tanto de fuera como de dentro del partido, se intenta explicar la crisis actual del PSOE en términos de déficit de liderazgo o de influencias externas. Alternativamente, la culpa es de Pedro Sánchez, de Susana Díaz, del resto de los barones territoriales, de los medios de comunicación y hasta del IBEX 35, pero rara vez se escucha una crítica a la aparente incoherencia del mensaje global del PSOE, un partido que, años atrás, pasaba por ser el único articulador del Estado español. ¿Es esta la respuesta de la socialdemocracia al célebre laberinto español?

Si, junto a la elección, obviamente, de unos dirigentes que cuenten con el máximo consenso posible y aunaran autoritas y potestas, se conviniera que es necesario simplificar ese mensaje, el camino de vuelta sobre la ruta emprendida parece ciertamente complicado. O bien se echa mano de expertos en la materia para explicar mejor la cosa (quizás fichando a alguien de Podemos, unos especialistas en la materia) o bien se cambia de contenido, lo que implicaría renunciar a algunas alianzas y, por consiguiente, sacrificar una parte del poder territorial.

¿Es posible cambiar territorio por coherencia? ¿Es práctico en términos de recuperación de voto? ¿Lo es en términos de definir políticas que sirvan para la solución de los problemas nacionales? ¿Puede el PSOE, siquiera, plantearse esta disyuntiva?

Posiblemente la respuesta a estas preguntas vaya ligada a la posibilidad de resolver, simultáneamente, el problema del liderazgo ya que no es posible, en ningún tipo de organización, mantener una política coherente con una organización descabezada, o con múltiples cabezas, pero no cabe duda de que los esfuerzos del PSOE no deberían centrarse, solo, en celebrar cuanto antes un congreso para resolver la interinidad de su actual dirección y, mucho menos, en creer que solo con celebrar unas, otras, primarias, los problemas electorales del partido se van a arreglar.

Seguramente esa parte de sus antiguos votantes que han pasado a la abstención estén esperando que se simplifique ese mensaje tan complejo que parece estar emitiendo actualmente el PSOE.