UN GOBIERNO A LA MEDIDA DE RAJOY

En el artículo anterior empezamos a analizar las posibilidades de acción parlamentaria que se detectan en esta nueva legislatura. Hablamos ya en ese artículo de las debilidades y a continuación correspondería hablar de las fortalezas, que también existen. Sin embargo, al formarse el nuevo Gobierno parece aconsejable aplazar una semana el examen de las fortalezas pues la estructura del Gobierno exige una cierta reflexión a causa de su importancia política.

Antes de avanzar conviene señalar lo extraño que resulta que no se haya conocido el nuevo Gobierno el mismo día de la toma de posesión de Rajoy como Presidente. En la historia de la democracia española desde 1978 se ha conocido el Gobierno el mismo día o al siguiente de la toma de posesión del Presidente. Incluso en 1982 el candidato Felipe González, a requerimiento del entonces Portavoz del Grupo Parlamentario de Minoría Catalana, Miquel Roca i Junyent, lo anunció ante el Pleno. Pero la tardanza de cuatro días, tras casi un año de Gobierno en funciones, no deja de suscitar algunas dudas pues o bien Rajoy no había meditado sobre el nuevo Gobierno o bien, si lo había pensado, no quiso estropear un suculento puente… Sea cual sea la causa, no parece serio que el Presidente tome posesión el lunes y no se conozca el Gobierno hasta el jueves por la tarde.

Pasando a la estructura del nuevo Gobierno, lo primero que llama la atención es que no se haya recreado el Ministerio de Cultura. Cierto que el Partido Popular, tanto en 1996 como en 2011, ha suprimido este Ministerio uniéndolo a Educación pero esta vez los diarios madrileños de la derecha (ABC y El Mundo, éste a través de su suplemento El Cultural) habían pedido la creación del nuevo Departamento y para ello dedicaron extensos artículos. Pero a la derecha sigue sin interesarle la cultura salvo si se trata de los toros o si es útil para confrontarse con los nacionalismos. Y suerte que no se creado un Ministerio o Secretaría de Estado para la Fiesta Nacional…

También se nota otra ausencia, a saber, la de un Ministro o Secretario de Estado para la Reforma Constitucional. Hubiera sido un buen mensaje, y no sólo para Cataluña. En realidad este Ministerio o Secretaría de Estado hubiera debido crearse en tiempos del Presidente Rodríguez Zapatero, que perdió una oportunidad ya que lo llevaba en su programa electoral y en su programa de investidura (sobre este tema, véase mi artículo “Reformas constitucionales posibles y reformas constitucionales imposibles. Notas previas a la reforma de la Constitución”, Teoría y Realidad Constitucional, nº 30, 2º semestre 2012, págs.  301-314).

Siguiendo el orden de precedencias de los Ministerios, llama la atención que la función pública siga vinculada al Ministerio de Hacienda. Si error fue crear en 2011 un solo Departamento dedicado a Hacienda y a Administraciones Públicas, el error se reitera, porque da la sensación de que el tema de la función pública es exclusivamente una cuestión presupuestaria, cuando la gestión de esta materia debe ser, precisamente, autónoma de la visión economicista del Ministerio de Hacienda.

Igualmente llama la atención, por lo curioso, ese Ministerio de la Agencia Digital, unido a Energía y Turismo. Según el artículo 10.1 del Real Decreto 415/2016, de 3 de noviembre, este Departamento se encarga de las telecomunicaciones, de la sociedad de La información (otro neologismo que no dice nada) y de la Agenda Digital (con mayúsculas). Pero es una frivolidad utilizar expresiones que no significan nada y otorgarles carga jurídica.

Error más grave es crear el Ministerio de la Presidencia y para las Administraciones Territoriales, sobre todo porque va precedido de encargar el Ministerio de la Presidencia a la Vicepresidencia. En la democracia española, hasta 1995 (en que dimitió el Vicepresidente Serra), la Vicepresidencia del Gobierno estaba disociada del Ministerio de la Presidencia y ello era un acierto porque permitía que el Vicepresidente se ocupara de los grandes temas políticos que le encomendaba el Presidente. Aznar, en 1996, atribuyó Vicepresidencia y Ministerio de la Presidencia a Álvarez Cascos y desde entonces no ha habido una Vicepresidencia autónoma pues, siendo una o dos, las Vicepresidencias han sido atribuidas siempre a un Ministro pues Rodríguez Zapatero volvió a incurrir en el error e hizo compaginar la o las Vicepresidencias con un Departamento ministerial. Sigo pensando que es un error porque, como se vio cuando eran Vicepresidentes Alfonso Serra y Narcìs Serra, el ejercicio de la Vicepresidencia no se debe cohonestar con un Departamento ministerial que comporta gestión administrativa.

Con ese antecedente, fusionar la política territorial con el Ministerio de la Presidencia parece también un error. Es evidente que la intención latente es que la Vicepresidenta Sáenz de Santamaría se encargue de la cuestión catalana, lo que parece acertado por el rango de la Vicepresidenta como “número dos” del Gobierno. Pero la cuestión catalana requiere hoy un Ministro sin Cartera, dedicado sólo a este tema y si se quería que el problema lo controlara la señora Sáenz de Santamaría hubiera sido buena idea crear la figura de un Ministro Adjunto a la Vicepresidencia. Pero se ha optado por la solución menos operativa porque: I) La Vicepresidenta no puede dedicar mucho tiempo a Cataluña; II) La rama de Administración Territorial del nuevo Ministerio va a estar en realidad sin Ministro cuando es un tema que no se agota en Cataluña pues es demasiada materia para un simple Secretario de Estado (véase eldiscurso de investidura de Núñez Feijoo el pasado 8 de noviembre).

Otro error de cierta importancia es incrustar la política de industria en el Ministerio de Economía máxime cuando no se ha previsto crear una Secretaría de Estado de Industria. Alguien aducirá que las actividades economías punteras corresponden ahora a la “Agenda Digital” pero basta con leer cualquier manual de estructura económica para entender que la política industrial necesita algo más que una Dirección General que será seguramente lo que creerá.

En conclusión, la estructura del Gobierno es como su creador, una estructura chata, gris, sin vocación reformadora ni innovadora. Rajoy ha obtenido la investidura como si ganara una oposición pero sin estudiar. Ahora se sentará a ver pasar más cadáveres de enemigos y de adversarios pero no moverá un dedo para dar un giro a su política quietista.