UN DISCURSO EQUILIBRADO

Los discursos de los Reyes en las Monarquías parlamentarias son escasos y, en ocasiones, banales. Los discursos del día de nochebuena del Rey Felipe VI son, desde su acceso al Trono, una ocasión para entender su manera de ver la situación sociopolítica de España y cada año han sido valorados positivamente en el marco limitado del papel del Monarca conforme al Título II de la Constitución. Otra cosa fue el discurso del Rey con ocasión de la rebelión independentista de Cataluña, discurso que no le han perdonado los secesionistas que siguen creyendo que la equívoca expresión “modera y arbitra” significa que tiene que arbitrar entre quienes defienden el Estado democrático unido y quienes desean destruirlo (Javier García Fernández: “El primer mensaje extraordinario del Rey”, Sistema Digital, 5 de octubre de 207).

Como ocurre en todos los sistemas parlamentarios, este tipo de intervenciones públicas de un Jefe del Estado sin potestades de gobierno provoca siempre alguna perplejidad, perplejidad que el Derecho constitucional ha tratado de resolver con la doctrina del refrendo presunto, que se considera que ha otorgado el Gobierno mediante el conocimiento previo del discurso. Por eso se entiende que se trata de un discurso del propio Monarca que cuenta con la aquiescencia del Gobierno. Todo ello porque el discurso carece de eficacia jurídica.

El discurso de Navidad correspondiente a 2018 ha sido un discurso centrado en dos ideas, a saber, la situación de la juventud y la idea de la convivencia. Sobre los jóvenes, el Rey admitió el grave problema laboral, económico y vital en que están inmersos y enmarcó este problema en el más amplio de la cohesión. Acerca de la convivencia, el Monarca situó ésta en un marco de tolerancia, lo “que exige el respeto a nuestra Constitución”, agregando una frase muy significativa: la Constitución

“no es una realidad inerte, sino una realidad viva que ampara, protege y tutela nuestros derechos y libertades”.

De esa consideración dinámica de la Constitución pasó el Rey a recordar que la convivencia es frágil, que es obra de la democracia y que debemos evitar que se deteriore o se erosione.

Las dos materias tratadas por Felipe VI en su discurso merecen la aprobación de los ciudadanos. Es positivo que el Jefe del Estado reconozca y comprenda la dramática situación de millones de jóvenes que viven en la precariedad laboral sin posibilidad de acceder a una vivienda digna y a una estabilidad laboral. Porque el reconocimiento de esta realidad tan opuesta a la cohesión es un llamamiento del Rey a todos los poderes públicos para que actúen y reduzcan sensiblemente el problema. Ese es el punto a que puede llegar un Monarca parlamentario sin penetrar en el ámbito de los órganos del Estado y de los partidos.

En segundo lugar, el llamamiento a la convivencia es igualmente positivo máxime cuando queda enmarcada en la noción de democracia. Y positiva es también la calificación de la Constitución como realidad viva, que es tanto como recomendar su reforma cuando sea necesario, a lo que se opone sañudamente el Partido Popular, como es sabido. Es un guiño muy discreto pero significativo.

Ha sido un acierto que el Rey no se refiriera a Cataluña de manera directa pues hubiera sido tomado como otra agresión por parte de los secesionistas. No obstante este silencio, llama la atención la crítica de los independentistas, especialmente del Presidente Torra y del candidato Maragall. Sabemos que Torra es como un murciélago sin rumbo que va chocando contra todas las paredes y que tiene que satisfacer a sus aguerridos guerrilleros que van elevando el nivel de violencia pero es significativo que Maragall, que fue Consejero de la Generalidad, muestre tanto desprecio (vacío, sin argumentos) hacia el Rey. Al final a los secesionistas les molesta todo lo que evoca un proyecto común.