UN CIERTO HARTAZGO

Temas180_FotoAna Noguera

Las celebraciones navideñas, con lo que ello supone de tregua en la normalidad laboral y las relaciones habituales, han atemperado la sensibilidad de los ciudadanos ante los avatares de la política nacional, a pesar del bombardeo incesante de informaciones sobre los movimientos estratégicos de los partidos políticos en búsqueda de una salida al laberinto dibujado tras las elecciones del 20 de diciembre. Concluido el ciclo de los buenos deseos a familiares y amigos, el español se despierta con las mismas o similares incertidumbres. Cuando depositó su voto realizó un ejercicio libre de su voluntad. Respaldó a una u otra opción considerando que sería la que mejor pudiera representar sus aspiraciones y, en algunos casos, las que mejor respondieran a las demandas colectivas. No se atendió la razonable propuesta de que durante la campaña electoral se indicara cual habría de ser la política de pactos a desarrollar el día después, y que habría de ser de obligado cumplimiento a la vista de todas las predicciones sobre un Parlamento fragmentado, sin ninguna posibilidad de mayorías absolutas. Asistimos, por el contrario, a una apelación tan voluntarista como irreal a la consecución de la victoria aislada. Seguramente no era posible esperar otra táctica si se seguía operando con los viejos patrones de la vieja política.

El cuadro que contemplamos hoy es el de un país dividido, con todos los mecanismos del poder en funciones, mientras a nuestro alrededor se reproduce el temor a una nueva crisis económica internacional que ha llevado a las Bolsas a los niveles de hace una década y se lastra el comercio, dificultando nuestro capítulo de exportaciones y, por tanto, el crecimiento y la generación de empleo. Con el factor añadido de la inestabilidad en Cataluña, donde una nuevas elecciones presagian una amplia mayoría de los que apuestan por la independencia o, en todo caso, por la celebración de una consulta sobre la autodeterminación, que va a condicionar inexorablemente la viabilidad de algún acuerdo a escala nacional.

Los movimientos del Partido Popular en la línea de conformar una mayoría parlamentaria con el Partido Socialista y Ciudadanos, realizando unas ofertas de última hora que contradicen absolutamente con su práctica de gobierno apoyada en la mayoría absoluta, generan las lógicas sospechas de que se trata de una maniobra para hacer recaer la responsabilidad del fracaso en sus interlocutores, notablemente el Partido Socialista. Y reforzar, de paso, su mensaje ante unas nuevas elecciones que se consideran inevitables.

El gesto de Pedro Sánchez de viajar a Lisboa para encontrarse con Antonio Costa es un indudable acierto de comunicación. Hace visible, mejor que cualquier discurso, la voluntad de intentar una fórmula de colaboración entre la izquierda en condiciones de gran dificultad si nos atenemos a los antecedentes históricos que marcaron los radicales antagonismos entre socialistas y comunistas portugueses y las incógnitas del Bloco de Esquerda, que, como Podemos en España, se ha abierto un gran espacio en los medios más jóvenes y en las zonas urbanas. Intentar trasladar ese escenario, automáticamente, a la realidad española sería engañoso. Ni la aritmética es la misma, ya que aquí sería imprescindible asegurarse la complicidad de otras y muy discrepantes formaciones políticas para conseguir, apenas, una investidura muy condicionada en su acción de gobierno, pero sobre todo porque el rasgo diferencial con Portugal es la existencia en España de un fuerte ingrediente nacionalista, con decisiva presencia parlamentaria tradicional -PNV,ERC, ex Convergentes, etc.- a los que añadir las formaciones agrupadas en torno a Podemos, cuya aspiración declarada es conseguir su grupo propio o ejercer, al menos, la libertad de voto poniendo como condición inexcusable el llamado “derecho a decidir”

Se comprende, así, que el horizonte de la convocatoria de nuevas elecciones se atisbe como un recurso indeseado, tal vez como un fracaso político, pero inesquivable. Ante ello, no se trata de cerrar los ojos y reproducir miméticamente los discursos del pasado y , mucho menos, actuar en clave partidista, anteponiendo la resolución de las discrepancias y ambiciones internas, a la demanda de soluciones que exigen, que exigimos, los españoles. Hasta hoy, convengamos en que el mensaje que nos llega es el de un juego, no ya de tronos sino de sillas, que va minando nuestra confianza y justificando la peligrosa sensación de hartazgo. Si vamos a una nueva cita electoral, vayamos con nuevas ilusiones, con las cartas a la vista. Sin resignación.