UN ATENTADO LARGO TIEMPO TEMIDO

sacalugadia230316

El timing de los atentados del 22 de marzo en Bruselas hace inevitable relacionarlos con la captura del último (que se sepa) de los autores de la masacre del pasado mes de noviembre en París. Sin embargo, no es del todo seguro que las células activas del Daesh en la capital belga (y europea) hayan querido o hayan podido actuar guiados por esta motivación tan inmediata.

Lo más probable es que esta acción terrorista estuviera preparada desde hace tiempo y la detención de Salah Abdeslam en Mollembek, el 18 de marzo, fuera simplemente el detonante de la operación, o la oportunidad para ejecutarla o precipitarla.

El atentado de Bruselas, en todo caso, difícilmente puede constituir una sorpresa, como ha reconocido el propio primer ministro belga, Charles Michel. No en vano, los expertos en terrorismo islamista consideran habitualmente a Bruselas como la capital del yihadismo internacional. Antes del comienzo de la ofensiva internacional contra el Daesh, en junio de 2014, la tasa belga de reclutamiento de yihadistas era, y con diferencia, la más elevada de Europa: 27 militantes por cada mil habitantes, frente a 15 en Dinamarca, 9 en Holanda y 6 en Francia.

Este señalamiento de Bélgica como epicentro del fenómeno terrorista islamista no puede explicarse solamente por el elevado porcentaje de población susceptible de ser captada por estas formaciones extremistas (últimamente, el Daesh casi en exclusiva). Algunos analistas suelen señalar a Bélgica como el eslabón más débil de la seguridad antiterrorista europea. De manera más específica, las críticas llovieron sobre las autoridades belgas por los errores de bulto que hicieron pasar por alto indicios de la preparación de la masacre de París.

En respuesta a estas críticas, el Estado belga intensificó el esfuerzo anti-terrorista, reforzando la colaboración policial y de inteligencia con otros Estados europeos, y singularmente con Francia, y agilizó, extendió profundizó las investigaciones de los grupos radicales.

El fiscal federal, Frédéric Van Leeuw, informó este lunes, después de ofrecer algunos detalles de la detención de Salah Abdeslam y los operativos pendientes, que su oficina había abierto 315 investigaciones relacionadas con el terrorismo islamista en 2015 y otras 60 en el presente año; en 244 casos se sigue trabajando y 772 personas están todavía bajo vigilancia más o menos estrecha.

Los atentados del martes en Bruselas resultan especialmente frustrantes. Ha quedado hecho trizas el efecto positivo en la percepción de seguridad que había generado la detención de Salah Abdeslam y la identificación de otro militante en paradero desconocido, Najim Laachraui, presuntamente vinculado con la célula terrorista de París.

Por lo demás, no se repetirá lo suficiente que nunca habrá seguridad plena ante este tipo de atentados suicidas e indiscriminados. Lo que hace más peligroso al Daesh no es su fortaleza, sino el debilitamiento de sus palancas de poder en Siria o Iraq, donde ha perdido un 22 por ciento del territorio conquistado en el verano de 2014. Estas respuestas desesperadas de represalia constituyen una amenaza permanente.

Es evidente que el esfuerzo policial y de inteligencia no es suficiente. Pero la insistencia en un discurso belicista por parte de los dirigentes políticos europeos, convirtiendo a estos extremistas en “enemigos de guerra”, es una estrategia de dudosa eficacia y constituye un enorme error conceptual. No se degrada moralmente al Daesh declarándole la guerra, porque al hacerlo se está elevando involuntariamente su estatus, al menos en términos de derecho internacional.

De igual manera, la tentación de reducir la libertad de movimientos de la ciudadanía o el recorte de derechos y libertades en nombre de un supuesto incremento de la seguridad también se ha demostrado fallida y, además, peligrosa.