TRUMP Y LA XENOFOBIA EUROPEA: SIMILITUDES Y CONTRASTES

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El auge social y electoral de los partidos xenófobos, neonacionalistas y populistas en Europa ha coincidido con la eclosión del fenómeno Trump en Estados Unidos.

Las últimas novedades refuerzan esta percepción. La formación xenófoba populista Alternativa por Alemania ha obtenido los mejores resultados electorales de su corta historia en tres länder, el pasado fin de semana. El avance de la llamada extrema derecha siempre inquieta. Pero si ocurre en Alemania, la preocupación se convierte en alarma.

A su vez, el éxito de Donald Trump en Florida elimina de manera definitiva al único rival por el que los sectores oficialistas del Partido Republicano habían apostado para frenar su imparable carrera hacia la nominación. La derrota en Ohio no parece suficiente. El candidato Kasich parece haber obtenido apenas un éxito honorífico en el Estado donde es Gobernador. Y el único rival que resta, el hispano y ultraconservador Cruz, ve menguar sus posibilidades tras un SuperMartes-2 bastante decepcionante.

Parafraseando el inicio del Manifiesto Comunista, podría decirse que “un fantasma surca y se arraiga a ambos lados del Atlántico: el fantasma del malestar como agente político”. En un mundo tan interconectado como el actual, no extraña que ambos fenómenos presenten fundamentos ideológicos y políticos similares. Destacamos tres, con sus matices y contrastes.

EL IMPULSO XENÓFOBO

Trump y los xenófobos alemanes, franceses, británicos, daneses, suecos, holandeses y un largo etcétera se aprovechan de un creciente malestar por la gestión del fenómeno migratorio. Han conseguido movilizar a un electorado inseguro o temeroso a salir perdiendo en asignación de recursos. En Europa, eso significa competencia reforzada en el estrecho mercado de trabajo y, sobre todo, en el acceso a beneficios sociales compensatorios, cada vez más escasos y cuestionados. En Estados Unidos, el problema se reduce al empleo, porque el concepto de ayudas sociales, salvo algunos programas para los muy pobres, es casi inexistente, o muy débil y parcial. De la misma manera que, por ejemplo, Marine Le Pen o Frauke Petry gritan “Francia para los franceses” o “Alemania para los alemanes”, Donald Trump truena contra los inmigrantes mexicanos o amenaza con muros de contención de personas.

Esta conducta de intolerancia tiene raíces comunes y universales, pero las respectivas manifestaciones culturales y sociales son distintas en Europa y Estados Unidos. A pesar de que el problema afro-americano no está resuelto en Estados Unidos, por mucho que no pocas investigaciones creen demostrar lo contrario, la naturaleza acrisolada de la sociedad norteamericana ha suavizado sus aristas. No es el rechazo por razón del color de la piel lo que alimenta algunos de los exabruptos de Trump y sus seguidores.

En Europa, por el contrario, la consolidación de comunidades de otras razas no ha resuelto los conflictos heredados de la condición de poderes coloniales de los principales Estados europeos. La esclavitud sigue motivando agitación de conciencias en EEUU, pero nadie cuestiona que un negro de Carolina o Georgia es un ciudadano norteamericano. En Europa, esos partidos xenófobos discuten la nacionalidad junto con la chequera de servicios.

EL RECHAZO DEL SISTEMA POLÍTICO TRADICIONAL

Hay una sintonía muy amplia entre los discursos “renovadores” de Trump y el de los principales líderes ultras europeos. El desprecio con el que despachan a sus rivales asentados en el panorama político es absoluto. Les niegan legitimidad y honestidad. Hay un espíritu compartido de demolición, de aniquilación de las estructuras políticas convencionales. Se alimenta el victimismo, la noción de que son atacados porque quieren sanear la vida política, porque no se allanan o acomodan a unas reglas tramposas y corruptas. Proclaman una destrucción creativa, nuevas ideas y nuevas formas de adhesión (no tanto de organización). La posibilidad de acuerdo, pacto o consenso se destierra de inmediato por considerar que es la antesala de la rendición o de la traición a sus bases euforizadas.

En este rechazo a los sistemas políticos tradicionales, hay, no obstante, notables peculiaridades a uno y otro lado del Atlántico. La maquinaria que ha puesto en marcha Trump se fundamenta, instrumentalmente, en lo mismo que ha dominado la realidad política norteamericana desde hace decenios: el dinero. Trump es un multimillonario, y no se hubiera convertido, no ya en un serio aspirante a la Casa Blanca, sino en un simple competidor por la nominación republicana, sin ese componente imprescindible. En Europa, el dinero también es importante en la emergencia de las opciones políticas, pero de una manera mucho menos determinante. De hecho, esas formaciones radicales de inspiración nacionalista nacen de abajo a arriba, adquieren fuerza económica cuando ya han ganado solidez social y mediática. Trump, en cambio, se ha propulsado desde su fortuna personal para posicionarse, con instintos oportunistas y complicidades políticas y sociales en la élite del sistema.

UNA EXCESIVA ATENCIÓN MEDIÁTICA

Las sucesivas victorias electorales de Trump y sus afines europeos son seguidas con singular interés por la mayoría de los medios, no porque simpaticen con ellos (algunos, sí, pero son minoría). Lo hacen por el irrefrenable gusto por la novedad, la distinción o el puro morbo. Lo nuevo, lo distinto, vende. Aunque provoque, al principio, incomodidad o rechazo. Es un caso similar a la violencia. Casi todo el mundo la condena, pero a muchos atrae fatalmente. Eso ocurre con estos políticos que proclaman la catástrofe, inculcan la agresividad y se complacen en discursos de confrontación y ruptura. No todos les votan, pero casi nadie aparta la mirada o los oídos. Provocan curiosidad. Magnetizan. Y, al cabo, en ciertos sectores poco preparados para resistir esta influencia oscura y perniciosa, terminan arraigando. Incluso los medios serios se ocupan de estos grupos extremos cuando son aun relativamente pequeños, o al poco de iniciar sus éxitos políticos o callejeros. Lo que genera una bola de nieve difícil cuyos efectos resultan difíciles de controlar.

Trump no hubiera llegado hasta donde lo ha hecho sin que los medios (las televisiones, en particular, o las redes sociales) no hubieran brindado una cobertura tan exagerada a lo que, inicialmente, no eran más que bravuconadas, boutades o exabruptos. Y aunque los medios más racionales hayan querido contrarrestar ese efecto enfermizo, lo cierto es que han terminado contribuyendo involuntariamente a propagar el fenómeno, porque han generado mayor interés y exposición.

En Europa, los medios serios se han mostrado más comedidos, más renuentes, pero el ambiente general no les ha permitido mantener cordones sanitarios racionales, serenidad o distancia. La fatal atracción por la novedad es condición intrínseca de la naturaleza mediática. El distanciamiento de las páginas editoriales no compensa el impacto de los titulares, los reportajes de contenido humanos o las historias particularizadas que orillan la razón y apelan a los sentimientos.