TRUMP Y EL ELOGIO DE LA LOCURA

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Donald Trump se ha convertido en un personaje de talla mediática mundial, muy por encima del valor de sus principios e, incluso, de la eficacia de sus bizarras propuestas, muchas de las cuales son inaplicables, según muchos expertos norteamericanos, por mucho que las enuncie.

Pero, en las ya muy próximas elecciones americanas va a obtener el voto de millones de ciudadanos de ese gran país donde la democracia está implantada desde su fundación. ¿Cómo es posible, no solo que haya llegado hasta ahí sino que vaya a obtener el apoyo, entusiasta en muchos casos, de tanta gente?

Desde la orilla opuesta podríamos pensar que, así como el sueño de la razón produce monstruos, el de la democracia también. Pero, para una gran parte de la población norteamericana, Trump debería ser el presidente de la nación, su comandante en jefe y el custodio del famoso maletín nuclear, ese que podría llevar a nuestro planeta a una nueva edad de piedra si se llegara a usar.

No es la primera vez que un sistema democrático engendra gobernantes tan heterodoxos como lamentables, desde Hitler hasta personajes y partidos contemporáneos que no es preciso detallar, pero como tambien son de lamentar algunos otros líderes ortodoxos elegidos igualmente, no parece justo pensar en un problema sistémico de la democracia. El sistema está lo suficientemente prestigiado y, felizmente, arraigado.

La aparición de Trump, del género Trump, parece tener un origen concreto en el que la influencia de la propaganda es esencial. Hitler y Mussolini emplearon para ello la radio y los grandes espectáculos de masas pero ahora es la televisión el instrumento utilizado para ello, todavía no superado por las redes sociales.

Y, dentro del género televisivo hay que fijarse en la especialidad conocida como televisión basura (trash TV) cuyo principal referente son los reality show. La actualización de la frase “el que se mueve no sale en la foto” es, en la era de la televisión, “el que no se mueve no sale en el video”, lo que obliga a destacarse en el escaparate de la pantalla de TV por aristas más sobresalientes que las de sus competidores en ese mercado de la imagen.

Al repetirse el modelo, determinados comportamientos pasan de ser tabú a canon de comportamiento entre algunas capas de población: algunos exabruptos se convierten en trending tropic, algunas vacuidades en frases sonoras y algunos disparates en ideas. Solo falta que alguien se convierta en prototipo de todo eso y llegue a líder de opinión. Inmediatamente los medios, probablemente todos de una u otra forma, colaborarán en hacerlo popular. Y ya tenemos un líder disfrutando del nada discreto encanto de la heterodoxia.

Esto se pone de manifiesto en algunos programas de debate político que han copiado el formato de los reality show. Cuando el “moderador” invita a los participantes a interrumpirse para hacer más vivo el debate y estos, los participantes, tienen claro como se hace eso de “chupar cámara”, comienza el camino de la heterodoxia: se trata de forzar el gesto, retorcer el argumento, elevar el tono y, si hace falta, perder las formas, todo ello con el único objetivo de atraer la atención y convertirse en el protagonista del debate.    Al día siguiente otros medios le convertirán en titular y ayudarán al nuevo líder a moldear una personalidad acorde con esas características. La fama le impedirá ya deshacerse del personaje creado y tendremos un candidato de la heterodoxia.

Y como Trump, producto destacado de esa forma de hacer televisión, y política, domina el medio, ha rellenado su corpus ideológico (Think tank, ya que estamos en USA) con ideas que, todavía, nos parecen malsonantes a una mayoría de la población.

En un país, USA, donde se acuñó la frase de que “solo hay dos cosas que te llegan seguro, la muerte y los impuestos”, presumir, como ha hecho Donald Trump, de habilidad para sortear el pago de impuestos es inducir a que, probablemente, sea tambien inmortal. Prohibir, prácticamente, la inmigración en un país como el suyo, autentico melting pot social, es tan paradójico como eficaz entre amplias capas de la población. Y tampoco es probable que sus declaraciones denigrantes sobre la mujer le vayan a perjudicar entre sus fieles: al fin y al cabo su contrincante es una mujer y, por tanto, objeto también de su denigración y merecedora de ello. Bastante debe agradecer Hilary Clinton que no la acose cada vez que la ve.

Así, resulta que la xenofobia, el desprecio a los perdedores, la opinión grosera sobre las mujeres o el jactarse de no pagar impuestos son ideas elogiables por una parte de la gente, que, además, admira a quien tiene el desparpajo de exponerlas. Y ese elogio de la locura que en unos pocos días se va a reflejar en un voto, en todo caso, masivo, debería preocuparnos.

Porque el problema se puede volver irreversible cuando esa gente sea mayoría.