TRUMP: EL TRIUNFO DE LA CULTURA NEOLIBERAL

Todos nos hemos quedado en shock ante el triunfo de Donald Trump. Si somos sinceros, en Europa (y, por supuesto, en España), daba igual el color político (salvo los extremistas de derecha) apostábamos abiertamente por Hillary, pero con la boca pequeña, pues era más un deseo que la seguridad de que ganaría ampliamente. Siempre añadíamos coletillas de “Trump no puede ganar, ¿verdad?”, “no estarán tan ciegos”, … es decir, algo en nuestro interior nos alertaba de que, pese a las encuestas, las sociedades están tambaleándose, la ciudadanía está insatisfecha, la desafección ciudadana es grande, y un fantasma de inseguridad y miedo recorre nuestro mundo.

Hace tiempo que, desde la izquierda, sobre todo, desde la socialdemocracia, no sabemos interpretar las señales que nos mandan los votantes.

Hay unos hechos objetivos e innegables. La crisis económica del 2008 está pasando una tremenda factura en una ciudadanía que cada vez vive peor, con mayor desigualdad, con trabajos precarios o con múltiples trabajos con los que apenas se llega a final de mes. La crisis económica ha hecho tambalear el “establishment” político que queremos mantener cohesionado, como si eso fuera garantía de salvación. Y la ciudadanía se empeña, una y otra vez, en votar lo contrario que “el sentido común que los dirigentes” aconsejan.

El diagnóstico de por qué una gran mayoría de la gente no atiende a razones y se nos “cuelan” por el “orden establecido” personajes, líderes o movimientos lo sabemos perfectamente, aunque muchos no quieran reconocerlo: la indignación. La gente está insatisfecha, vive frustrada, ya no proyecta sueños a medio plazo, tiene miedo (¡¡siempre el miedo!!).

Pero, en mi opinión, el problema no es el por qué, sino qué respuesta se da. Ahí es donde no acertamos. Ahí es donde la socialdemocracia está estrellándose, una y otra vez, contra el muro de la incomprensión.

Nos hacemos preguntas como: ¿por qué los trabajadores votan derecha y conservadores? ¿Por qué los ingleses han querido el Brexit? ¿Por qué España ha roto su “adorado” bipartidismo? ¿Por qué los socialdemócratas pierden? ¿Por qué los discursos populistas con tintes xenófobos y racistas calan en la ciudadanía?

En fin, ¿qué hemos hecho para que la gente no entienda las bondades del sistema?

La contestación de por qué vota la gente así, en contra de lo que nos parecen sus intereses de igualdad y bienestar, de reparto y distribución de la riqueza, de impuestos colectivos, de atención pública de los servicios, de solidaridad, y un largo etcétera, tiene una respuesta en la CULTURA.

No hemos querido ver ni entender que el sistema económico impuesto desde los años 80 no era solo un sistema económico, sino que iba acompañado de un sistema cultural, de una escala de valores sociales. Como una gota malaya, el neoliberalismo ha ido triunfando en la cultura social.

Podremos discutir abiertamente del gran fracaso que supone un sistema económico neoliberal que genera desigualdad, pobreza, hambre, guerras y enfrentamientos. Pero el objetivo del neoliberalismo no era la “igualdad” y mucho menos, “la fraternidad”. El neoliberalismo es un darwinismo social a macro escala. Un “sálvese quien pueda”, eso sí, el que se salva, el que se hace rico, el que tiene un golpe de suerte (aunque sea a base de engaños, fraudes, mentiras) alcanzará el paraíso terrenal.

¿Qué es lo que pide la gente con su voto a lo que representa Trump? Comprar el mismo boleto de lotería para ser rico, porque, como bien dicen los anuncios, “no hay sueños baratos”.

El sistema lleva décadas adocenando a los partidos políticos, ahogando el nacimiento de líderes, imponiendo criterios economicistas a todas las relaciones sociales (e incluso humanas), a enseñar competitividad y felicidad en base a resultados salariales y de éxito económico, a admirar a “corruptos de guante blanco” por ser grandes estafadores y no ladrones de poca monta, privatizando la “igualdad de oportunidades”, culpabilizando del fracaso a las propias personas, haciéndoles que se avergüencen de ser clase trabajadora y no subir en la escala social, paseándoles por el morro de la envidia y el deseo los grandes lujos.

Déjenme que les cuente dos anécdotas que me mantuvieron boquiabierta delante del televisor. Una cadena “supuestamente progresista” emite un programa de hoteles de lujo, con habitaciones que cuestan más de 1.000 euros la noche, y te hacen masajes en los pies con Moet Chandon. ¿Cómo calificamos tal aberración cultural? O, la enorme cola para comprar el último modelo de móvil, donde cualquier persona (gente humilde como una limpiadora) salía con el teléfono en la mano (unos 1.000 euros) pero se sentía “importante” por tenerlo y porque los empleados los recibían con aplausos. Algunos decían “era un sentimiento emocionante que se contagiaba”.

A la misma gente que le enseñamos que Trump es un triunfador, le decimos que compartan su miseria, su trabajo, sus pocos recursos, que recortamos prestaciones para que otros vengan a recibirlas, que hay que ser solidario “desde la pobreza”. Pero eso se lo decimos bajo unos valores impuestos de individualidad, de maximización del interés, de desconfianza permanente, de poca sociabilidad.

La cultura neoliberal es falsa, hipócrita, dañina para el ser humano como ser social y colectivo, pero es golosa, atractiva, y genera deseos. Justo lo que el sistema ha hecho durante tanto tiempo: no satisfacer necesidades, sino alimentar deseos.

Y ahora, que el sistema no puede atender los deseos, se encuentra con las frustraciones.

La socialdemocracia tiene una gran tarea por delante. En primer lugar, reconocer a todos los que pertenecen al mismo ámbito, sentarse a hablar, limar las diferencias (tanto en las confrontaciones nacionales como a nivel internacional), dejar sus cortoplacismos nacionales y sus disputas (que son claramente inferiores a los retos que tenemos por delante). Puede parecer fácil pero no lo es.

En segundo lugar, comenzar a hacer pedagogía y cultura. No se trata sólo de gestionar “mejor”, sino de explicar por qué se gestiona de determinada manera. Y esto tampoco es nada fácil, por tres razones fundamentales:

  • La primera, porque si no practicamos entre los propios socialdemócratas el entendimiento, difícil será que los demás vean una posición cohesionada y coherente (es más fácil pillar a un mentiroso que a un cojo, dice el refrán, y eso es lo que las divisiones entre los partidos de la izquierda han generado en el electorado, la sensación de que no se ponen de acuerdo);
  • La segunda, porque nos llevaremos una enorme sorpresa cuando veamos que la ciudadanía a la que nos dirigimos (las clases trabajadoras o con menos recursos) no quieren el reparto, sino ser “estrellas”, “triunfadores”, “ricos”, en definitiva, “tener su momento de gloria”, porque eso es lo que han aprendido y visto durante décadas. Y la cultura neoliberal ha ido anulándoles los sentimientos de “fraternidad” y alimentando la envidia y el egoísmo como motores del sistema consumista.
  • Y, en tercer lugar, porque la socialdemocracia ha perdido la práctica de “enseñar”.

Esto es mucho más difícil que hacer un “recetario” de propuestas. Es cambiar el sistema cultural de un neoliberalismo que nos lleva a grandes enfrentamientos sociales, a grandes frustraciones individuales, a hambrunas y guerras, incluso a la destrucción del planeta, pero ha calado en la médula de los individuos.