TRUMP DESCUBRE A ORWELL Y LOS EXTREMISTAS SACAN PECHO

Donald Trump ha tenido un inicio horrible como Presidente: acusando a los periodistas de mentir por no comprar sus falsedades y manipulaciones, puestas tan palmariamente en evidencia que produce sonrojo y vergüenza ajena.

En un torpe intento por remedar el ridículo, una de sus principales consejeras calificó de “hechos alternativos” la falsa pretensión de su patrón sobre la asistencia récord de gente a la ceremonia de inauguración. Un reflejo orwelliano que puede convertir la proyección pública de su mandato en una pesadilla mediática. La primera comparecencia del portavoz de la Casa Blanca fué un desastre: como ejercicio de relaciones públicas y como producto informativo.

Poca o nula definición estratégica, por ahora. Quizás por este arranque fallido, sus primeros días en la Casa Blanca parecen dominados por el empeño de demostrar lealtad a ciertos compromisos de campaña, para recuperar una popularidad malgastada en torpezas.

A GOLPE DE IMPACTO

Trump está actuando como acostumbraba como candidato: a golpe de impacto. Por un lado, pretende afianzar su agenda proteccionista: insistencia en levantar un muro para detener la inmigración ilegal desde México, endurecimiento de los controles de entrada en el país de inmigrantes y refugiados, posible reapertura de prisiones opacas para sospechosos de terrorismo, vagas promesas de protección de la industria e insinuación de castigos fiscales a las empresas deslocalizadoras.

El otro impulso inicial de Trump está consagrado a desmontar, con más prisa que tiento, políticas emblemáticas de Obama: el modelo de atención sanitaria, el Tratado de libre comercio, las ayudas a grupos extranjeros de planificación familiar en el mundo en desarrollo o la protección medio-ambiental, simbolizada en la prohibición de dos polémicos oleoductos.

LA AMÉRICA CONSCIENTE

Frente a esta desagradable realidad, se ha alzado la América consciente, una sociedad civil comprometida con la defensa de los derechos de las minorías… y de las mayorías. Las manifestaciones promovidas por distintos colectivos feministas y multirraciales es la respuesta correcta e imprescindible. Se preguntaban estos días no pocos científicos sociales si estamos ante un movimiento estable y sólido o sólo ante una expresión momentánea y efímera de desagrado y protesta. El tiempo lo dirá.

La confirmación de una presidencia extremista o lesiva con derechos y libertades, despectiva en el exterior y agresiva en el interior puede ser el mejor cemento para la consolidación de un frente de resistencia activo. El Partido Demócrata, que gobierna en numerosos estados muy hostiles al actual Presidente, tiene una responsabilidad especial en articular una defensa inteligente del legado de Obama y resolver algunos de sus aspectos más vacilantes y contradictorios.

Después de todo, parte de esa América que no ha votado a Trump, tampoco respaldó la alternativa demócrata, o ni siquiera entregó su voto a una causa perdida de antemano, como la representada por la candidata verde. El voto es una asignatura pendiente en EEUU. El voto de que los pueden y no quieren y el voto de los que quieren y no pueden.

ALIENTO A LOS EXTREMISTAS DEL MUNDO

En el mundo, impera la cautela. Con una excepción: el apresuramiento de los radicales israelíes en aprovecharse del momento para embarcarse en proyecto de colonización de tierra palestina ocupada, contraviniendo escandalosamente la legalidad internacional.

En los márgenes del extremismo europeo cunde cierta euforia por el efecto Trump, reforzado con el impulso Brexit. Las formaciones ultranacionalistas y xenófobas se sienten alentadas por el resultado de las elecciones norteamericanas y hacen una lectura oportunista. Así lo han proclamado en una especie de mini-cumbre de Coblenza, aunque se hayan cuidado de no unir su suerte a la deriva de la Casa Blanca.

Más que otra cosa, esta cita ha tenido un evidente componente electoralista. En Holanda, Francia y Alemania (Italia podría ser la siguiente) se juega este año el porvenir inmediato de estas propuestas demagógicas. Pero es improbable, y hasta desaconsejable para sus intereses, que pueda surgir una especie de internacional xenófoba o internacional ultra-nacionalista, porque sería una contradicción in-terminis. Las dificultades para forjar una estrategia común en el Parlamento europeo han puesto en evidencia sus debilidades ideológicas y programáticas.

Esa Europa de las naciones que proclama la francesa Le Pen, o libre de contaminación cultural, como airea el holandés Wilders o, con otra retórica, la alemana Petry es un eslogan incompatible con la realidad mundial. Una cosa es corregir o encauzar los efectos de la globalización y otra es negar el fenómeno.

En realidad, el verdadero peligro de estos partidos extremistas reside tanto en su fuerza propia cuanto en la capacidad para contaminar el discurso de los demás. Lo estamos viendo en Holanda, donde el primer ministro conservador, Mark Rutte, ha empezado a adoptar mensajes de tono xenófobo, al denunciar ciertos comportamientos de los inmigrantes “que abusan de nuestra libertad”. El candidato de la derecha francesa, François Fillon, gusta de otro tono, pero no esconde su intención de acercarse a las destempladas propuestas de su presunta rival en la ronda final de las presidenciales de mayo.

Y en este panorama, la izquierda europea sigue atrapada en la perplejidad y el desconcierto. Los socialistas franceses se aprestan a señalar un candidato que, salvo aplicación concienzuda e inspiración monumental, está condenado a una derrota humillante. El triunfo provisional del crítico Benoît Hamon por delante del continuista Manuel Valls debe confirmarse o revertirse el domingo. Parece improbable que el exprimer ministro pueda remontar, a tenor de las recomendaciones de voto de los descartados a sus seguidores.

Hamon fue uno de los líderes de los “frondeurs”, los contestatarios de Hollande en la Asamblea Nacional. Sus orígenes de líder contestatario estudiantil y juvenil aporta cierta frescura ingenua a su perfil. Si afianzara su victoria interna, podría convertirse en una versión francesa, más light, más ambigua, del corbynismo laborista.