Rafael Simancas

TRAVESTISMO Y PODER

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Primero fueron la izquierda auténtica, a diferencia de la izquierda socialdemócrata traidora. Después fueron los transversales de abajo, porque hablar de izquierdas y derechas era de “trileros”. Ahora a ratos son nuevamente de izquierdas, y a ratos son solo patriotas.

En sus orígenes militaban en las juventudes comunistas. Después los comunistas eran viejunos, comprobaron que Chávez pagaba mejor y se convirtieron en bolivarianos. Más tarde descubrieron al rebelde Tsipras y fueron la Syriza española. Pero aquello no fue bien y volvieron a viajar, ahora hasta la socialdemocracia danesa. Esta semana prescinden del apellido nórdico y son solo la nueva socialdemocracia.

Según el día y según la ciudad o la cadena de televisión en la que hablen, pueden ser patriotas españoles en un barrio bien de Madrid o anticapitalistas apátridas en el barrio de Gràcia de Barcelona. Pueden defender la autodeterminación del pueblo gallego en Ferrol o reivindicar la unidad de la patria en Chiclana.

Pueden ser nuevos socialistas en Vallecas y furibundos antisocialistas en Donosti. Por la mañana llaman a la nacionalización de los medios de comunicación en su círculo de Alcorcón y por la tarde coquetean con Susana Griso en Antena 3 como defensores del diálogo y el buen rollito periodístico. Esta tarde reclaman impagar las deudas, salir del euro y estatalizar las grandes distribuidoras de alimentos y mañana por la tarde se ponen corbata y regalan su sonrisa cómplice a cualquier círculo de empresarios.

En las asambleas de Izquierda Unida agitan las banderas republicanas y los símbolos comunistas, pero esconden las banderas rojas, las estrellas y las tricolores en los mítines televisados de Podemos. En sus aquelarres gritan “menos rosarios y más bolas chinas”, en sus conferencias a estudiantes desprecian al vaticanismo, pero en los programas de la tele se declaran admiradores del papa Francisco.

La evolución personal es legítima. La impostura, no. La evolución colectiva es lícita. El fraude, no. Cambiar de ideas, de opinión, hasta de identidad ideológica, puede resultar explicable. El travestismo político permanente, no.

Ya no son nuevos. Durante estos últimos años han demostrado cuál es su auténtica ideología: el poder, cuanto antes y a toda costa. “Dadme los telediarios y quedaros con las consejerías que crean puestos de trabajo”. Y ya conocemos su estrategia: el populismo. Decir a cada cual y en cada momento lo que quiere escuchar.

Ideológicamente es un fraude. Políticamente es un peligro.

No se es socialdemócrata con solo proclamarlo, después de haber proclamado otras muchas identidades sucesivas. Es socialdemócrata quien piensa y actúa como socialdemócrata. Hacer socialdemocracia en España es trabajar por la modernización y la justicia de la sociedad española. Como hace el PSOE desde 1879, como han hecho y hacen cada día los grandes referentes socialdemócratas de este país, como Felipe, como Alfonso, como Zapatero, como Rubalcaba, como Pedro Sánchez, a los que estos falsos “nuevos socialdemócratas” insultan constantemente. Votar socialdemócrata es votar PSOE.

No es patriota el que lo proclama con oportunismo. Para una persona de izquierdas, la patria está en la caja única de la Seguridad Social, que recauda cotizaciones sociales de grandes asalariados en Barcelona y paga pensiones en Parla. La patria está en la agencia tributaria que cobra impuestos a millonarios en Bilbao y paga subsidios de supervivencia en Jerez. Y no es patriota quien alienta el nacionalismo egoísta y el independentismo disgregador. La patria de un socialdemócrata está en la igualdad, en la libertad, en la solidaridad y en la justicia de su gente. ¿Y qué patriotas son esos que buscan romper su patria en Cataluña, en Galicia y en Euskadi?

Durante estos últimos 38 años los españoles hemos logrado muchas cosas juntos y, en la mayor parte del recorrido, de la mano de Gobiernos socialistas. Justicia, bienestar, derechos, libertades. Nada de eso es irreversible. Y todo esto es mejorable, muy mejorable, claro que sí. Pero no se mejora desde los extremos, sino desde la centralidad. Los recortes de la derecha son un peligro. La radicalidad del travestismo populista, también.

¿Cambio? Sí, pero cambio a mejor. El cambio en España solo tiene cuatro siglas. La socialdemocracia, también.