TODAVÍA SALE AGUA POR LOS GRIFOS

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De acuerdo con la reciente encuesta del C.I.S apenas un 1,4% de los españoles sienten alguna preocupación porque España siga sin tener un gobierno tras las elecciones celebradas aquel ya lejano 20 de diciembre de 2015. La constante en el índice de preocupaciones continúa siendo el paro, y rebrota la corrupción como un mal endémico que ahoga nuestra salud colectiva. En contraste con esa toma de temperatura, los medios de comunicación rivalizan en bombardearnos con mensajes y debates en los que se desmenuzan todos y cada uno de los matices de las palabras con las que los múltiples portavoces de las formaciones en litigio por el poder modulan sus propuestas para alcanzar algún pacto de gobernabilidad. Por el momento, la única realidad objetivable es que, tras el fracaso de las dos votaciones de investidura, el PSOE y Ciudadanos ocupan la centralidad del debate político con una suma de diputados, un fondo de reserva, ligeramente superior al que Rajoy considerara como su gran baza para forzar el argumento de ser la lista más votada. Pero la realidad es, también, que ni 123 ni 131 diputados son suficientes por sí solos para presentarse ante el Rey y proponerle que abra un nuevo proceso de consultas y dar paso a una nueva sesión de investidura.

A todo esto, las tensiones internas, algunas explícitas y otras soterradas, empiezan a hacer mella en los principales actores políticos. Con mayor crudeza, por supuesto, en aquellos partidos que ven alejada la posibilidad de alcanzar una cuota de poder. Los observadores independientes, entre ellos algunos corresponsales extranjeros, no se dejan llevar por el espectáculo cambiante a tenor de una última entrevista o un mensaje ingenioso en las redes sociales. Sus crónicas son muy escuetas y tienen escasa resonancia en sus medios. La última idea colocada es que la opción más viable sería un gobierno de coalición bajo el eje programático elaborado por PSOE y Ciudadanos, al que pudiera sumarse con su abstención el Partido Popular. Todo ello a expensas de no convertir en una exigencia inexcusable el nombre del político que liderara el Pacto.

Es cierto que los movimientos de fondo, los que no tienen traducción en la pelea paralela por asegurarse una buena posición de salida en la hipótesis de unas nuevas elecciones, caminan en esa dirección. Es la opción preferida por los grandes agentes económicos y es muy ostensible en la línea editorial de los grupos mediáticos más influyentes. El aislamiento de Podemos, agudizadas sus propias contradicciones, figura en esa estrategia. Y parece funcionar adecuadamente. El escenario parlamentario español es inédito en nuestra democracia, por lo cual rechinan las aplicaciones miméticas de análisis basados en el pasado. La tentación de aludir a los comportamientos de los tiempos de la Transición es una pura retórica que satisface a los miembros de una generación -en la que me incluyo-, pero que suena vacía a quienes han nacido en una democracia asentada en su cuadro de libertades, pero que valoran con menor entusiasmo cuando hacen balance de resultados en conceptos básicos como el reparto de la riqueza, el acceso a un empleo de calidad o la reducción de las desigualdades. Dan por hecho lo conseguido, no añoran los tiempos preconstitucionales, pero se sienten protagonistas de una nueva etapa histórica. Es un sentimiento todavía difuso, en fase de construcción, porque conviven los viejos y los nuevos esquemas, pero que va impregnando los nuevos canales de comunicación. Y las formas de expresión de las ideas.

El agua sigue saliendo por los grifos. Los médicos y los maestros acuden a sus puestos. Se siguen poniendo multas de tráfico. Las Bolsas suben o bajan en función de factores externos. Tienen poco eco las advertencias sobre los posibles riesgos de inestabilidad gubernamental. Tal vez ahora valoramos mejor la descentralización del poder y el efecto positivo de que las Comunidades Autónomas y los Ayuntamientos manejen los recursos humanos y materiales que garantizan las prioridades esenciales de los ciudadanos. Recuerdo siempre a Ernest Lluch citando a Italia como un modelo de país que sobrevivía y crecía a pesar de sus continuas crisis de gobierno. Y a Felipe González llamando la atención -todavía muy recientemente- de que en España no hay italianos. Quizás no sean verdades excluyentes. En todo caso, “manca finezza”.