TODAS LAS FORMAS DEL NACIONALISMO EMERGENTE EN EL MUNDO

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Las distintas manifestaciones del nacionalismo, desde las más conectadas con los intereses populares hasta las más extremas e incluso agresivas, pasando por las más clásicas o aparentemente neutras, se abren paso con energía en casi todos los continentes.

LA PLURALIDAD EUROPEA

En Gran Bretaña, una fiebre nacionalista impregna el discurso de los dos bandos enfrentados en el debate del Brexit. Que sean más evidentes los argumentos nacionalistas de los euroescépticos que colonizan el Partido Conservador o de los ultras xenófobos del UKIP, que encandilan a la población obrera blanca de Inglaterra, no quiere decir que Cameron no se refugie en un nacionalismo de tono más amable para defender la permanencia en la Unión. Después de todo, ¿no fue un argumentario nacionalista el utilizado por el primer ministro británico para arrancar vergonzantes concesiones a sus debilitados socios europeos?

Los propios socialistas franceses sucumben a las sacudidas nacionalistas, como pone de manifiesto la propuesta de privación de nacionalidad francesa a los terroristas binacionales o las continuas y sistemáticas discriminaciones que padece la población inmigrante, como acaba de denunciar en un inquietante informe el Defensor de Derechos francés (1). Todo para frenar el irresistible ascenso del nacionalismo populista, limado de sus aristas más extremas.

Esa misma intimidación nacionalista hizo echarse atrás al canciller socialdemócrata austríaco en la defensa de una acogida generosa a los refugiados, por temor a que la ultraderecha terminara capitalizando el miedo al extranjero. Al final, el candidato xenófobo se ha impuesto en la primera vuelta de las presidenciales con un resultado humillante para la coalición de centro, y se encuentra en condiciones casi imbatibles para confirmar su triunfo en los próximos días.

Algo parecido ha ocurrido en Alemania, donde el auge de la xenofobia y el racismo en las recientes elecciones regionales se ha apoyado en las contradicciones merkelianas. De pronto, se han avivado viejos fantasmas que se creían enterrados, tras la traumática experiencia del nazismo.

Este malestar germánico está azuzado también por la marejada en el Este europeo. El nacionalismo exclusivista y victimista erosiona cada día un poco más derechos y libertades en Hungría y en Polonia, y amenaza con contagiarse a los otros países de pasado comunista reciente.

Y qué decir de Rusia, donde el nacionalismo palaciego de Putin se ha convertido en doctrina de Estado, para camuflar la grave crisis económica y social provocada por la bajada de los precios del petróleo y las sanciones occidentales. El líder ruso bebe tanto de la vieja Rusia zarista y ortodoxa como del engendro del comunismo nacional estalinista.

El nacionalismo europeo presenta también una transversalidad extraordinaria. En Cataluña conviven el tradicional modelo victimista con una relectura sedicentemente popular. Y en Escocia, ocupa el espacio progresista que los laboristas han dilapidado en la deriva de la “tercera vía”.

UN AUGE PLANETARIO

Esta agitación nacionalista no se limita a Europa. Donald Trump parece haberse asegurado la nominación republicana en las elecciones norteamericanas con un mensaje facilón de prioridad y egoísmos nacionales. Los eslóganes “América, primero” o “América grande de nuevo” reflejan esa pulsión.

Ya estamos oyendo discursos del mismo estilo en el sur del continente. Las amplias posibilidades de Keiko Fujimori en Perú pueden confirmar el giro a la derecha en América Latina, con una fuerte impronta nacionalista. El argentino Macri puede verse obligado a disolver su propuesta liberal con una corrección nacionalista que le permita atraerse al peronismo blando. En Brasil, el ‘linchamiento” de Dilma Roussef obedece a unas agendas muy cortas de miras, pero ya empiezan a distinguirse los disfraces nacionalistas con que trataran de disimular un programa de defensa de los grandes intereses económicos.

Incluso en Asia, esta vorágine nacionalista hace estragos. China está tratando de enderezar la economía con unas recetas que privilegian la afirmación nacional por encima de la colaboración internacional y un programa de rearme y militarización basado en la defensa cerrada de supuestos derechos territoriales de rancio nacionalismo expansionista.

A los modernos mandarines pseudocomunistas no les van a la zaga sus vecinos. Japón entra en su cuarta década de estancamiento económico y declive social, sin que sus líderes políticos y su élite intelectual encuentren otro discurso movilizador que un nacionalismo clásico apenas barnizado de modernidad. Corea se atasca también en las viejas cuitas nacionalistas frente a Japón o China. Quizás la última y más estridente manifestación de ese nacionalismo pernicioso la encontremos en Filipinas, donde un defensor convicto y confeso del matonismo de los “escuadrones de la muerte” está a punto de convertirse en Presidente con un discurso nacionalista agresivo y delincuente.

En Oriente Medio, el nacionalismo supera el reto cultural. Un régimen cada vez más autoritario como el turco ha revestido el nacionalismo de un credo piadoso para sortear el integrismo. El descaradamente dictatorial de Egipto utiliza la retórica nacionalista para suprimir el islamismo militante, y de paso a cualquiera que se le resista. Los kurdos invocan la bandera nacional para desgajarse de la descomposición en Iraq o Siria. Las viejas monarquías se aferran a símbolos nacionales insustanciales para seguir perpetuando privilegios de familia o clan. Y en Israel, el proyecto originario de socialismo igualitario se ha disuelto definitivamente en un nacionalismo intolerante y connivente con una religiosidad cada vez más intransigente.

‘CONFUSIÓN DE CIVILIZACIONES’

Este repaso esquemático y apresurado de las distintas formas del nacionalismo sirve para traer aquí uno de los debates actuales más interesantes en la comunidad académica dedicada a las relaciones exteriores.

Kishore Mahbubani y Larry Summers, dos defensores de la supuesta hegemonía de la ideología y los valores liberales en el actual mundo globalizado, acaban de publicar un ensayo (2) en el que dan por superada la tesis del choque de civilizaciones, que defendiera hace un par de décadas Samuel Huntington, y proponen en cambio que asistimos ya a una “fusión de civilizaciones”. Stephan Walt, un especialista en relaciones internacionales de la Escuela John Kennedy (Harvard), ha refutado esta optimista afirmación, de manera elegante y sugerente, señalando que, en realidad, estamos ante una “(con) fusión de civilizaciones” (3).

No hay tiempo aquí para diseccionar el contenido de ese debate. Pero Walt sostiene, en la línea del presente comentario, que “el nacionalismo es la ideología política más poderosa en el mundo”, en la actualidad. Que las distintas formas del nacionalismo constituyan una ideología coherente es algo que podría discutirse. Pero que se ha convertido en el referente dominador de agendas y discursos políticos es un hecho cada más evidente y preocupante.

Hubo un tiempo en que se apelaba a las banderas desde las billeteras. Es decir, que el nacionalismo servía para legitimar intereses de unos pocos frente a las aspiraciones de la mayoría. Hoy, las banderas se han convertido en instrumentos útiles para ganar las aceras, es decir, la calle, cada vez más desorientada y asustada.

 

(1) LE MONDE, 9 de Mayo de 2016.

(2) FOREING AFFAIRS, 18 de Abril de 2016.

(3) FOREIGN POLICY, 4 de Mayo de 2016.