THE TWITER DEMOCRACY

Paradójicamente, alguien ha firmado ya el acta de defunción de la democracia representativa. Y digo que es una paradoja porque esa decisión debería haber sido, obviamente, colectiva. Para estar a tono con los nuevos tiempos que ese certificado funerario anuncia.

Bien pensado, si eso fuera así, la democracia se ahorraría esa antigua necesidad de tener que elegir representantes de la población entre aquellas personas que aparentaban tener unas ideas similares a las de las personas que querían representar. Nunca se ha sabido si los inconvenientes del sistema, coste de las campañas electorales, que te tocara de presidente de mesa, conversión de algunos en ranas, etc, compensaban la ventaja de que gente mejor preparada fuera la que decidiera sosegadamente la cosa pública evitando errores impulsivos.

Por otra parte, el mundo antiguo no disponía de las nuevas tecnologías y nosotros sí. Además de que hay quien dice que debemos, ya podemos, gracias a las redes sociales, ahorrarnos esos engorrosos representantes políticos. Como dijo Asimov, todo está inventado, solo hace falta diseñarlo. Y a eso vamos.

Imagínense que todos, incluido yo mismo, tenemos en nuestro teléfono una aplicación, desarrollada a partir de twitter, mediante la que podamos decir, en todo momento y además de las trivialidades de rigor, lo que pensamos sobre cualquier tema terreno. Y, ¿por qué no?, divino.

En ese caso bastaría que el Sistema (nota al editor: póngalo con mayúsculas) recogiera esas opiniones de manera universal y un algoritmo adecuado adoptara las decisiones pertinentes que serían transmitidas por la misma vía, pero en sentido contrario naturalmente, a los emisores de partida (ya no se llamarían ciudadanos, pero eso es lo de menos) convertidas en pautas de conducta colectiva. Es decir, en tiempo real (o sea, ya) ocurrirían las cosas que quisiera la mayoría de la población. Habría que buscar un nuevo nombre para la democracia, aunque con un prefijo como súper, mega o gigademocracia podría ser suficiente.

Incluso, yendo un paso más allá, ya que el avance de la ciencia es imparable y para eso tenemos i+d, el uso de los big data podría ahorrarnos el funesto deber de pensar y opinar a cada uno de nosotros. Recordemos que eso de los big data se basa en el análisis de miles de millones de datos que son capaces de relacionar fenómenos y procesos sociales inexplicablemente relacionados. Por ejemplo, la venta de pantalones vaqueros en un territorio con la aparición de la gripe aviar, en su momento (y no es broma).

Pues bien, en ese momento sí que habría que cambiar de nombre la democracia y no porque no pudiera explicarse que las decisiones políticas responden, en el fondo, a los deseos de la población, sino por todo lo contrario. Analistas políticos “punto dos” sabrían convencernos de que eso es un estado más avanzado del gobierno del pueblo.

Bueno, pues lo peor de todo es que, eso, no se ve venir y que habrá quien piense que las líneas anteriores están dictadas por una opinión critica con la apelación continua a las bases o a la calle. Descreídos.