TEORÍA DEL TODO. SOBRE LAS CONTRADICCIONES EN LA POLÍTICA CLIMÁTICA

En 1859 “El origen de las Especies”, de Charles Darwin significo una revolución en el campo de la biología. En 1915, en su obra “La formación de los continentes y de los océanos”, Alfred Wegener revolucionó la geología con la teoría de la tectónica de placas y la deriva continental. En 1936, Alan Turing sentaría las bases de la computación y de lo que ahora se entiende por inteligencia artificial, cuyas potencialidades de transformación de las relaciones sociales y productivas en el siglo XXI son revolucionarias y de consecuencias imprevisibles. En los inicios del siglo XXI, Francis S. Collins coprotagonizó los primeros resultados del proceso de secuenciación del genoma humano, introduciendo un cambio revolucionario en la genética. En el siglo XXI se estima que los avances de la biología molecular, de la capacidad de computación (ordenadores cuánticos) y la aplicación del “machine learning” pueden revolucionar los campos de la vida y de la propia esencia del ser humano.

Hawking, en 1996, dio un primer paso fundamental en lo que denominaba la “teoría el todo” con la ecuación Bekenstein-Hawking, que conjuga electromagnetismo, termodinámica, gravitación universal y mecánica cuántica, sintetizando las aportaciones de otros tantos científicos geniales (como Newton, Einstein, Planck, Boltzmann, etc.) a la comprensión del universo, su origen y su destino. Al margen de su cuestionamiento científico posterior, el intento de Hawking de unificar la dinámica de la naturaleza y del universo en una “teoría del todo” marcaba un camino para la física lleno de promesas y retos que encontraba referencias más o menos indirectas en la Teoría general de sistemas, de L.v.Bertalanffy, que tan útil ha sido a disciplinas multidisciplinares como la ordenación del territorio, el urbanismo o el medio ambiente.

Camino que es paralelo al de la transdisciplinariedad en el conocimiento, en la investigación, en la innovación y en la gestión de la sociedad futura. Transdisciplinariedad que, como señalaba Edgar Morin, uno de los promotores del pensamiento complejo, plantea la necesidad de buscar un conocimiento relacional, complejo, que nunca será acabado, pero que aspira al diálogo y a su revisión permanente desde la perspectiva de la vida humana y del compromiso social. Aspectos ambos fundamentales en un mundo cada vez más interrelacionado y global no sólo en sus procesos de transformación (cambio global interconectado, calentamiento global, etc.) sino también en la necesaria introducción de consideraciones psicológicas y éticas en sus diseños técnicos y tecnológicos (¿a quién debe sacrificar un coche autónomo en caso de riesgo de accidente mortal: al conductor o al peatón?) o en las capacidades de alienación de la sociedad (¿hasta dónde debe llegar la capacidad de control de la firma o huella digital de una persona en poder de los poderes públicos o empresariales?…), por poner solo algunos de los ejemplos específicos que se plantean ante los nuevos alcances reales y potenciales de la actual revolución científico-técnica. Sin olvidar que tras la teoría del todo, tras la transdisciplinariedad, subyace un elemento común fundamental: la dialéctica; el reino de la contradicción.

En pocos días, a lo largo del mes de enero, empezarán a hacerse públicos los periódicos informes prospectivos de tendencias y riesgos que acompañan a los tradicionales de la OCDE y del FMI. En todos los más serios y fiables se van a reproducir, con escasas variaciones, las tendencias a medio-largo plazo de 2018, que reflejan las contradicciones de un planeta global cada vez más impactado por la disrupción en la dinámica de la globalización que ha significado, en particular, Donald Trump.

La primera y máxima contradicción ya ha sido objeto de consideración frecuente en esta sección de Política de la tierra: la de una sociedad de consumo capitalista con una población creciente, una tierra finita y un proceso de acumulación capitalista como objetivo básico de la dinámica global. Objetivo pilotado por las multinacionales, en base a sus intereses y procesos específicos de acumulación, que han sido las grandes beneficiarias de la revolución científico-técnica de los últimos setenta años, y han llevado a una dinámica de empobrecimiento de las clases medias en los países desarrollados, y al nacimiento de una clase media-baja en muchos países en desarrollo en la que la pobreza extrema ha tendido a reducirse.

Teniendo en cuenta la importancia del sector financiero-especulativo en la economía globalizada actual, es preciso destacar que si algo ha cambiado en las tendencias a lo largo de 2018, ello es precisamente el fuerte retroceso en la rentabilidad de las inversiones en fondos y acciones en los principales mercados mundiales (en 2018, todas las principales bolsas salvo el S&P500 –que crece del orden del 0,5%- han evolucionado en negativo, por encima del 5%, al igual que sucede con los índices de fondos de renta fija, también con rentabilidades negativas) en los que el exclusivo 10% de mayores patrimonios mundiales obtienen una parte importante de su refugio; lo que previsiblemente mejorará, en algo, los indicadores tradicionales de muy elevada desigualdad mundial en el pasado 2018.

La fragilidad y sensibilidad del actual sistema financiero-especulativo mundial pueden dar lugar a un 2019 con una elevada volatilidad, aunque con menores correlaciones entre los activos (acciones versus bonos) que reduciría el riesgo para los elevados patrimonios financieros del 10% más rico. No obstante, la reducción de liquidez generada por los Bancos centrales, con la reducción de sus compras de deuda, y el aumento de los tipos de interés de la FED y del BCE, unidos al continuo crecimiento de las fintech o banca informal (de la que la autorización en Lituania a Google para operar como fintech, uniéndose a los ya existentes para Facebook en Irlanda y para Amazon en Luxemburgo, en ambos casos con alcance europeo, es un cambio cualitativo fundamental); al elevado nivel de deuda pública y privada de numerosos países (España superó los 2 billones de euros de deuda exterior en el tercer trimestre de este 2018, superando el 167% de su PIB, con un saldo negativo de endeudamiento total superior al 84% del PIB y muy lejos del 35% recomendado por la UE); o con la dificultad de reconducir los elevados niveles de déficit fiscal; por no hablar de situaciones excepcionales como las de Argentina, Italia,…; o de la impredecible y caótica política de Donald Trump en la búsqueda del beneficio propio y sus potenciales consecuencias, nos llevan a una escasa capacidad de predecir con una cierta fiabilidad la evolución que puede seguir el sector financiero-especulativo en 2019, más alláde constatar el renacimiento de la burbuja inmobiliario-especulativa en numerosos países y, en particular, en España.

Cobran así carta de naturaleza dos de las aportaciones básicas que los científicos no parecen cuestionarse: el principio de incertidumbre, derivado de la mecánica cuántica, en virtud del cual nada puede predecirse con completa exactitud, existiendo siempre un inevitable grado de incertidumbre en las predicciones, que tiende a ser mayor cuando nos referimos a comportamientos ligados a la acción socioeconómica; y la segunda ley de la termodinámica, que señala que el desorden, o la entropía, aumenta siempre con el tiempo.

Y buena muestra del incremento de este desorden en el marco de la sociedad de consumo capitalista está en una de las principales contradicciones que aparecen a la hora de conjugar las medidas contra el cambio climático y su repercusión social, económica y material, que obliga a ser muy cauto en la velocidad y amplitud de las mismas que se ponen en marcha sin antes evaluar el conjunto de efectos potenciales previsibles. Lo que, por otra parte, entra en contradicción con la urgencia para evitar situaciones de alto riesgo y mucho peores consecuencias si el calentamiento global supera los 2ºC.

Ejemplos no faltan a diario: el levantamiento de los chalecos amarillos en Francia, que explota por la degradación de las condiciones de vida de amplios círculos de población, sobre las que el aumento del precio de los combustibles fósiles supone la gota que calma el vaso. El relativo fracaso de la 24 COP de Cambio climático de Katowice en la obtención de los objetivos previstos para la misma, comprensible ante los intereses de las multinacionales energéticas poseedoras de los recursos que tendrían que quedarse sin explotar, con fuertes mermas de su valor patrimonial si se desarrollaran las medidas previstas (con EEUU, Arabia Saudí, Egipto, Kuwait, Australia y Rusia como ejemplos de una resistencia que es mantenida en la sombra por bastantes más países, algunos incluso de la UE). La resistencia a la afectación de los beneficios del oligopolio de multinacionales de la automoción por la sustitución de los vehículos que utilizan energías fósiles por vehículos limpios, que afectan gravemente a la estructura productiva del sector y tendrá graves consecuencias sobre el empleo y la actividad del mismo, a la vez que exigen una moratoria no inferior a los 8 años, lo que ralentiza la sustitución de dichos automóviles que usan energías fósiles por vehículos limpios. La exigencia de incrementos en la potencia eléctrica instalada y la mejora de su eficiencia ambiental (energía renovable) para abastecer la demanda de los vehículos eléctricos, así como la disposición de electrolineras, de capacidad de carga en los garajes de los edificios, etc. Pero una producción eléctrica basada en energías renovables, adicionalmente a la superficie exigida para localizar los paneles solares y los aerogeneradores necesarios, se estima que implicará multiplicar por más de diez veces las producciones de metales raros (neodimio, terbio, indio, praseodimio…) de los que la UE es absolutamente dependiente (en mucha mayor medida de lo que lo es del petróleo, gas natural o uranio), cuyo precio previsiblemente se incrementará fuertemente, afectando al coste de la electricidad, y sobre los que China posee un altísimo grado de control. Y es obvio que estas contradicciones son evidentes en el seno de una UE que actúa y se mantiene como vanguardia relativa de las acciones por la mitigación del calentamiento global y en defensa de un enflaquecido y depauperado bienestar social, dificultando un avance real y con consecuencias que pueden ser muy graves en los resultados de las próximas elecciones al Parlamento Europeo.

La pregunta es entonces si la sociedad va a ser capaz de cambiar de rumbo y encontrar soluciones a una dinámica que conduce a catástrofes de consecuencias difíciles de prever, pero con respecto a cuya gravedad en el mundo científico no caben excesivas dudas.

Es evidente que aún en el marco de las señaladas contradicciones y riesgos, una población mundial en fuerte crecimiento mejora, en media, sus condiciones de vida y aumenta su esperanza de vida, pero a cambio de sobrepasar la biocapacidad y sostenibilidad de muchos de los recursos y de la biodiversidad del planeta, y de afectar a los equilibrios ambientales básicos del mismo. Y, aunque es imprescindible, no es suficiente con combatir la contaminación de los ríos, proteger especies en peligro de extinción o asegurar una cierta calidad del aire en las ciudades para preservar la salud de los ciudadanos, entre otras medidas sectoriales y parciales necesarias. Como se señalaba al comienzo del artículo, lo global exige una aproximación transdisciplinar y una “teoría del todo” entendida como una teoría de la comprensión de la compatibilidad de la existencia y evolución del ser humano con el propio planeta tierra.

Es aquí donde tienen sentido estrategias globales sociopolíticas, económicas, ambientales y territoriales que difícilmente tienen cabida en el marco de correlación de fuerzas actuales ni en el marco de Naciones Unidas, ni en el G20 ni en los distintos países que no aprecian como cosa suya el problema que se nos avecina. Tampoco las líneas de actuación propuestas desde el ecologismo más o menos radical (decrecimiento, renaturalización/veganismo, “Green new deal” a escala planetaria, etc.) tienen ninguna probabilidad práctica de ser llevadas a cabo, aquí y ahora, con la suficiente incidencia como para cambiar la dinámica global.

La única esperanza es que la creciente manifestación de las negativas consecuencias de los procesos anunciados desde el conocimiento científico, de lugar a una concienciación creciente de la población que obligue a cambios políticos que subordinen los intereses de la sociedad de consumo capitalista a nuevas formas productivas y de relación social, donde el interés general y la sostenibilidad ambiental del planeta sean los objetivos prioritarios.

En el mes de enero volveremos a considerar, como venimos haciendo en todos los meses de enero, las tendencias y riesgos que se prevén desde distintos foros para la sociedad global de la nueva revolución científico-técnica. Volveremos a valorar las aportaciones de una comunidad científica internacional cada vez más amplia, pero también donde el reducido número de universidades y centros de investigación que se encuentran en la frontera del conocimiento, cada vez está más concentrado territorialmente, y son dependientes de forma creciente de la investigación militar y de la financiación de multinacionales con intereses específicos en la potenciación de su acumulación de capital.