TENDENCIAS ELECTORALES Y PERSPECTIVAS POLÍTICAS EN ESPAÑA. I) LAS GRANDES TENDENCIAS

A medida que se vayan acercando –y desenvolviendo─ los procesos electorales irá en aumento el número de encuestas que se publicitarán en los medios de comunicación social, en la mayor parte de los casos con la intención de influir en la opinión pública e intentar que las opciones electorales se acomoden en el mayor grado posible a las posibilidades que pueden ofrecer las distribuciones estimadas de los votos.

Aunque ahora está de moda cuestionar el bipartidismo, lo cierto es que el modelo electoral español nunca ha llegado a ser un sistema bipartidista puro; algo que solo suele darse en países con una larga trayectoria de modelos electorales mayoritarios. Y no siempre.

Desde las elecciones de 1977, en España hemos tenido distintas combinaciones en la distribución de fuerzas políticas, aunque siempre con dos grandes partidos predominantes en torno a los que se han ido definiendo las opciones reales de gobierno. Primero coincidieron en el ámbito del centro y la derecha la UCD de Adolfo Suárez y la AP de Fraga Iribarne, y en el de la izquierda el PSOE y el PCE de Santiago Carrillo. A lo cual se unieron fuertes partidos nacionalistas, sobre todo en Cataluña y el País Vasco.

Esta correlación inicial de fuerzas se modificó en un segundo momento debido a la crisis de UCD –que abrió un espacio de mayor potencialidad para AP-PP─ y dio lugar a una hegemonía destacada del PSOE en los espacios de izquierda, acompañada de un declive del PCE. Lo cual posibilitó un largo período de predominio del PSOE.

El ascenso del Centro Democrático y Social en los espacios centristas-conservadores y el posterior diseño de Izquierda Unida condujeron a nuevos equilibrios de fuerzas, acompañados de desgastes que hicieron necesario recurrir a acuerdos y pactos de legislaturas, tanto por parte del PSOE como del PP.

En todos estos contextos, tanto el CDS, IU, como los principales partidos nacionalistas tuvieron grupos parlamentarios lo suficientemente fuertes como para condicionar la gobernabilidad de España.

Por lo tanto, no debe olvidarse que la práctica de los acuerdos y los pactos de legislatura no es ajena a la tradición política española. Con sus correspondientes consecuencias prácticas.

¿Qué hay, pues, de nuevo en el actual panorama político, amén de los deseos confesos de algunos de sustituir, o condicionar sustancialmente, al PSOE y al PP?

En realidad, lo que hay –o habrá─ no lo podemos saber aún con precisión, debido a que los deseos de algunos y el excesivo cocinamiento de algunas encuestas no coinciden siempre con la realidad final de los hechos. Lo cual, tampoco es algo que ocurra por primera vez. Por lo tanto, se impone un mayor grado de sosiego –y realismo─ en los análisis pre-electorales.

De momento, las experiencias del pasado, los datos de las encuestas más fiables y las propias elecciones que van realizándose (de momento, las andaluzas) permiten establecer algunas conclusiones claras:

La primera conclusión-evidencia es que ni el PSOE ni el PP están tan desarbolados y en decadencia como algunos pretenden hacernos creer, confundiendo sus deseos con la realidad.

La segunda evidencia es que el PSOE mantiene una potencialidad de voto muy notable, como se ha evidenciado en Andalucía, donde no eran pocos los que venían anunciando un descalabro de alto voltaje. Algo que no se ha producido ni de lejos.

La tercera evidencia es que el PP está sufriendo un desgaste bastante acusado, debido a razones de fondo y de forma que tienen más entidad que la que está siendo estimada por los que piensan que todo es, básicamente, una cuestión de “comunicación” y “comprensión”. El problema es mucho más de fondo y las tendencias parece que apuntan a descensos progresivos que verosímilmente darán lugar a que el PP llegue a cada una de las siguientes elecciones más desgastado que a las anteriores. Lo cual acentuará el nerviosismo y las tensiones internas en sus filas, con unos efectos de desgaste electoral reduplicados y encadenados.

Las tendencias de desgaste del PP pueden acentuarse aún más, debido a la pérdida del dominio casi absoluto que hasta ahora había tenido en los espacios de centro y derecha, en los que ha emergido un competidor potente que incide allí donde el desgaste del PP está siendo mayor: es decir, entre sus antiguos electores más de centro, que cada vez se sentían –y sienten─ más huérfanos políticamente, debido a la excesiva derechización del PP.

Por lo tanto, allí donde fracasó VOX, intentando competir en los espacios más a la derecha-derecha del PP, está triunfando un partido más centrista, moderado y moderno, como Ciudadanos, que “repele” menos al importante núcleo de los votantes centristas desencantados y preocupados por una deriva social y laboral que, se diga lo que se diga, continúa siendo valorada como muy negativa. Al menos, esto es lo que piensan sectores muy mayoritarios de la población.

No obstante, no hay que perder de vista que en su mayor parte Ciudadanos procede sociológica e ideológicamente de los mismos espacios del PP, y que lo que se está alumbrando en estos momentos es básicamente una competencia “interna” para ver cómo se distribuyen las representaciones dentro de la derecha y el centro-derecha (como ocurrió históricamente entre UCD, AP y CDS). El programa económico de Ciudadanos y el fichaje de algunos economistas de relieve y neta orientación neoliberal es una prueba evidente de dónde se sitúa este partido realmente, tanto en términos internos, como de una comparativa europea.

Es decir, podemos estar ante un importante reajuste interno de las representaciones de la derecha y el centro-derecha español. Reajuste que no es la primera vez que se produce en el actual ciclo político español.

El ascenso de Ciudadanos –como reajuste interno─ no debe hacernos perder de vista que una de las principales tendencias que se está produciendo en el panorama pre-electoral español es el aumento de los votos de izquierda en general. Tanto de la izquierda moderada, como de las izquierdas radicales, tanto las de viejo como las de nuevo cuño. Por ejemplo, no se está teniendo en cuenta suficientemente que, más allá de lo que digan las encuestas, en las recientes elecciones andaluzas el conjunto de las tres grandes fuerzas de izquierdas (PSOE, IU y Podemos) ha llegado a sumar un 57,2% de los votos, en contraste con solo un 36% de las dos principales fuerzas del centro y de la derecha (PP y Ciudadanos). Resultados que contrastan con los de 2012, en los que los principales partidos de izquierdas sumaron un 50,9% de los votos (casi siete puntos menos que ahora), frente a un 44% de los dos principales partidos de la derecha y el centro de entonces (PP y UPyD). Ocho puntos más que ahora.

Y todo ello sin considerar los efectos lógicos del desgaste experimentado por el PSOE en sus largos años de gobierno y el fuerte envite de las campañas recurrentes de cuestionamiento –y denigración─ que está sufriendo el PSOE en particular, y la izquierda, en general. ¿Alguien puede poner en duda, pues, la notable inflexión hacia la izquierda que se está dando en el electorado español en estos momentos? Asunto de considerable importancia que no está siendo adecuadamente valorado por aquellos que solo están obsesionados en anunciar, un día sí y otro también, el fin del bipartidismo.