TAN JOVEN Y YA ES TODO UN PARTIDO CATCH-ALL

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Entre los diversos tipos de partidos (de notables, de masas, etc.), el alemán Otto Kirchheimer, en un famoso artículo publicado en 1965, se refirió a los partidos de electores, que son una evolución de los partidos de masas, para calificarlos como partidos catch-all porque quieren atrapar votos de todos los sectores de la sociedad y quieren atraer electores de todas las ideologías a costa de diluir los programas políticos y electorales en generalidades carentes de contenido político. Por eso el mismo Kirchheimer los denominaba también “partidos de todo el mundo” [Otto Kirchheimer: “El camino hacia el partido de todo el mundo”, en KurtLenk y Franz Neumann (eds.): Teoría y sociología críticas de los partidos políticos, Barcelona, 1980, págs. 328-337].

Los partidos catch-all de todo el mundo se explican históricamente si los consideramos una fase de la evolución tipológica de las formaciones partidarias que nacieron como partidos de cuadros, se transformaron en partidos de masas y han acabado por convertirse en partidos atrapa-todo con el fin de que no haya sectores sociales ni grupos ideológicos que no estén dispuestos a votar a ese partido. Va de suyo que ese partido sólo puede ofrecer generalidades vaporosas, pero como se trata de partidos de larga tradición en un determinado país, les queda siempre un vago halo ideológico que mantiene un leve hilo de unión con sus electores primigenios. Dicho de otra manera, un partido de masas suele transformase en un partido catch-all cuando lleva una larga trayectoria de Gobierno y de oposición y trata de ampliar sus conexiones con la sociedad, porque su obra gubernamental empieza a rutinizarse sin poder ofrecer nuevos objetivos a la sociedad. En ese momento hay que ampliar la base social del partido. Probablemente la deriva de un partido hasta adquirir la naturaleza de catch-all es una enfermedad senil de los partidos socialdemócratas (aunque también los hay de derechas), cuando agotan su estrategia transformadora y no son capaces de encontrar políticas que favorezcan el bienestar y la dignidad de los ciudadanos.

En España empezamos a detectar un fenómeno político novedoso, que es la aparición de un partido catch-all desde su irrupción en la vida política. Porque Podemos, a juzgar por su política de captación de votantes para las elecciones del próximo 26 de junio, es ya un partido catch-all, un partido atrapa-todo sin haber sido un partido de masas, sin haber gobernado (salvo en el Ayuntamiento de Cádiz) y sin haber terminado de perfilar un programa político coherente. Por eso sorprende que a pesar de ser un partido muy joven, ya ha incurrido en los mismos vicios que los viejos partidos que han sido de masas, que han gobernado y que tienen que reciclarse para volver a ser atractivos ante el electorado.

Las primeras líneas programáticas de Podemos, con las que concurrieron a las elecciones europeas de 2014, eran una mezcla de utopías del 15-M, de milenarismo y de populismo. Ese mismo año lo contó Iglesias Turrión en su Disputar la democracia. Política para tiempos de crisis [Tres Cantos (Madrid, 2014], texto que si bien no pasará a la historia de la Teoría Política tenía el doble valor de ofrecer el pensamiento político de Podemos y, además, mostrar sus diversas ramificaciones doctrinales, siempre en la línea del populismo. Pero sólo con populismo no se obtiene una mayoría suficiente para formar Gobierno y los estrategas de Podemos identificaron diversos caladeros de votos. El problema es que, como ocurre con los caladeros pesqueros, cada uno tiene unas características (en este caso ideológicas) distintas.

De modo que en la aventura de encontrar nuevas pesquerías, Podemos halló el caladero de Izquierda Unida, con un dirigente joven y ambicioso que no sabía qué hacer para integrarse en Podemos sin perder la dignidad. De modo que Garzón vendió Izquierda Unida a Podemos por unos escaños que quizá habría conseguido también en las próximas elecciones. Y para acabar de completar las redes, Podemos descubrió a Julio Anguita, al que sacó de su jubilación para dejarse abrazar… y nada más. Pero gracias al acuerdo electoral con Izquierda Unida, Podemos ya tiene echadas las redes hacia las zonas comunistas del electorado.

Sin embargo, ni con los votos de Izquierda Unida está seguro el ascenso electoral de Podemos. Y la semana pasada, el partido de Iglesias Turrión ha descubierto que es socialdemócrata. Dejando de lado la indignación de muchos socialistas que ven que les quieren arrebatar su identidad, el hecho cierto es que Podemos necesitaría votos procedentes de la socialdemocracia, que en un minuto ha dejado de formar parte de la casta para convertirse en una referencia respetable. ¡Iglesias Turrión socialdemócrata!

Pero si uno quiere presidir el Gobierno todavía hacen falta más votos. Y en ese momento la flota pesquera de Podemos viró a babor y descubrió que además de socialdemócratas son patriotas. Con un patriotismo sui generis, multinacional, pero patriotismo. Y a ver si cae algún voto despistado de Ciudadanos.

Aun así, para llegar a la Moncloa hace falta mucho voto y para ello Podemos se ha convertido en Cataluña, en el País Vasco y en Galicia en un partido que propugna un referéndum. El punto de partida de esta propuesta es sin duda la pereza intelectual de quienes conciben España como si estuviéramos en 1975 (véase Javier García Fernández: “El renacer del referéndum”, El País, 27 de mayo de 2016) pero esa opción cuasi-independentista permite a Iglesias Turrión aliarse con partidos y grupos igualmente partidarios de la independencia y del referéndum en todas estas Comunidades Autónomas.

Y en medio de esta ensalada de ideologías, Podemos no se desmarca del régimen autoritario de Venezuela, no sea que Maduro se enfade y publique algunas facturas embarazosas.

Un partido inicialmente populista, vinculado a las reivindicaciones del 15-M, que luego descubre su doble alma socialdemócrata y patriótica y que al mismo tiempo en Cataluña y otras Comunidades Autónomas defiende el referéndum para romper España sin separarse del autoritarismo venezolano. ¿Qué cóctel es éste?

El cóctel se explica porque el grupo dirigente de Podemos no tiene convicciones políticas, no es de izquierdas ni de derechas. Es un grupo que aspira a alcanzar el poder político para su propio beneficio y para eso se disfraza de todas las ideologías imaginables. Incluso no tardaremos en ver algún gesto simpático hacia la Iglesia Católica, como hacía Ortega en Nicaragua.

Por eso en las próximas elecciones todos los demócratas deben impedir con su voto que este grupo sin convicciones mejore sus resultados, porque sólo quieren ocupar el Estado.