SUGERENCIAS PARA SALIR DEL LABERINTO

granado090916

Después de los dos procesos electorales y postelectorales, es comprensible la exasperación de un cierto sector de la opinión pública sobre la probable tercera convocatoria. Escribimos este artículo desde la perspectiva de lo que ha sucedido en los países de nuestro entorno (la OCDE) ante situaciones similares, ante dos evidencias. La primera, esta situación no es positiva, e incluso abre la posibilidad de reflexiones no del todo convenientes; por ejemplo, la de que las Presidencias de República son más útiles en estas coyunturas que las Monarquías, porque sus ataduras institucionales son menos rígidas; o la que el Estado no funciona y la secesión es la solución. La segunda, que se está produciendo un proceso de linchamiento del PSOE y de su secretario general, al que se le pide un compromiso difícilmente justificable, que será sin duda luego criticado por los mismos que lo solicitan ahora para exigir nuevos compromisos.

De antemano: esta situaciónno es frecuente, y si se produjera la convocatoria de unas terceras elecciones pasaría de excepcional a estrafalaria, y nos guste o no, comprometería la imagen democrática de España tanto dentro como fuera. En nuestro entorno un partido que renuncia a presentar una alternativa acaba reconociendo el derecho de los restantes a formar gobierno, no por una legitimidad inexistente de la fuerza más votada, sino por preservar el funcionamiento del sistema. Pero también debemos reconocer que la incertidumbre que deteriora la actividad económica no es la de un posible presidente que no alcanza la investidura, sino la de un Gobierno que carece de mayoría parlamentaria para aprobar techos de gasto, presupuestos del Estado, reformas ineludibles, etc. No estamos generando ahora tanta incertidumbre como posiblemente se genere después.

Vayamos ya con las sugerencias. La primera es la de que si un candidato no obtiene la investidura, porque presenta rémoras personales además de las ideológicas, es el cambio de candidato. En la realidad española dicha solución, la más sencilla y aceptada por la ciudadanía, es muy improbable. Los dos grandes partidos, y no digamos ya los más pequeños, han tenido episodios de cambio de liderazgo. En la entonces AP Aznar se impuso a Hernández Mancha, y en el PSOE Borrell a Almunia y Rodríguez Zapatero a Bono. Pero esto ha sucedido cuando el partido ocupaba la oposición parlamentaria; para recordar una destitución práctica de un gobernante debemos remontarnos a la descomposición de la UCD y la dimisión de Suárez, con golpe de Estado añadido, asociación que se ha asentado en el imaginario de los españoles firmemente: a los gobernantes no se les cuestiona.

La segunda es la búsqueda de una figura de consenso que pueda concitar acuerdos excepcionales, que gobierne con un respaldo inicial y luego deba negociar este respaldo con las fuerzas parlamentarias en cada momento. Parece muy difícil, pero el nuevo Gobierno habrá de conseguir esto mismo en cualquier circunstancia. Dada la realidad política española, esta figura sería antes más fácil de encontrar fuera de los dos grandes partidos que dentro. Y no parece razonable negar legitimidad a nadie por no haberse presentado a las elecciones, cuando quienes se presentaron no son capaces de concitar lo único que la concede en nuestro sistema, la mayoría parlamentaria.

La tercera es la hipótesis de la catástrofe presunta, que regulan algunas normativas. Imaginemos la desaparición súbita de todos los dirigentes políticos. Habría que buscar una autoridad fruto de consensos más amplios, el Presidente del Congreso o del Senado y nombrar un “Gobierno de subsecretarios”, es decir, un Gobierno de gestores administrativos, para tramitar un conjunto de reformas cediendo mucho protagonismo de las grandes reformas políticas a los grupos parlamentarios.

La cuarta, el puro y simple reconocimiento de que existe una minoría parlamentaria mayor, pero también un conjunto a su vez mayor de fuerzas parlamentarias en la oposición (tres de cuatro), que podrían intentar buscar puntos de encuentro para ofrecer una alternativa, aunque sea con un programa concreto y por tiempo limitado. Si no son capacesde articular una mayoría coherente, la oposición no debe poner sino una condición para permitir que salga elegido el candidato de la mayor minoría: la de que no se utilice la posición preeminente en las instituciones para bloquear las iniciativas legales de la oposición, porque su mayoría si puede cambiar las leyes aunque no pueda formar Gobierno. La idea de que el Parlamento no tiene otra función que la de elegir al Gobierno es un pensamiento más propio de los que tienen una visión insurreccional y autoritaria de la política que de los reformistas, y parecemos anclados en ella.

Sea cual sea el mal menor adoptado, exigiría explicar a todos los militantes y votantes que este juego no se gana tanto con órdagos como con envites. Nos quedan dos meses para salir del pantano.