¿SON LAS CUOTAS DE AGOTAMIENTO UNA SOLUCIÓN AL DILEMA ENTRE DECRECIMIENTO O CAOS?

“El negro es donde el color se refugia”. Gaston Bachelard

El mes de agosto es un buen mes para realizar lecturas diversas y he querido comenzar este artículo con una cita de un epistemólogo historicista marxista. Y viene a cuento su cita a raíz del conjunto de informes y artículos publicados en estas fechas, en muchos de los cuales se vaticina un futuro fuertemente problemático para la sociedad de consumo capitalista actual, donde el negro parece ser, efectivamente, el color que mejor representaría ese futuro. Las periódicas crisis capitalistas han sido la base de previsiones de su agotamiento en muchas ocasiones a lo largo de su larga historia, pero los capitalistas en unión a instituciones y gobiernos han venido soslayando las contradicciones que las generaban, aunque siempre a costa del bienestar de la mayoría de la población.

¿Es ahora la situación diferente? Claramente sí, porque a las previsible cercana nueva crisis económico-financiera se asocian crisis ambientales de creciente magnitud y crisis sociales potenciales difíciles de predecir en cuanta a dirección o consecuencias.

Con respecto a la primera dimensión, Mervyn King, exgobernador del Banco de Inglaterra, en su libro The End of Alchemy (2016), hablaba de la “incertidumbre radical” para referirse a una situación en la que es casi imposible identificar las probabilidades de los diferentes Escenarios futuros, porque “las relaciones económicas entre dinero, renta, ahorro y tipos de interés se han vuelto impredecibles y no responden a ninguno de los tipos de modelos existentes”. Pretender que Gobiernos, Instituciones o Bancos Centrales pueden controlar una situación en la que los principios que realmente funcionan en la economía han dejado de comprenderse es, en su opinión, una quimera. Se incorpora así a la legión de teóricos y gestores (incluso de fondos y sociedades de inversiones) que observan como el explosivo crecimiento de la masa monetaria, tipos de interés negativos, y progresiva desigualdad conviven con baja inflación y cifras record en las cotizaciones bursátiles en países como EEUU, pese a que la Reserva Federal está incrementando los tipos de interés, a la vez que disminuye la tasa de inversión en formación neta de capital global, o que Donald Trump cambia las reglas del juego en favor de EEUU, poniendo en la cuerda floja al comercio mundial y a la estabilidad de países en desarrollo (Turquía, Argentina,…), hecho que ya en ocasiones anteriores ha sido prólogo de crisis globales, ya que afecta a la fiabilidad de que los Estados finalmente sean capaces de devolver sus elevados niveles de deuda pública que alcanzan cifras record a nivel global. El capital prefiere un Estado con impuestos bajos que se endeuda para cumplir sus necesarias funciones de mantenimiento del control social, y al que presta como inversión privada y con intereses los impuestos que no le detrae, a un Estado sin deuda y con impuestos altos al capital. El problema surge cuando la devolución de la deuda o sus intereses se ponen en cuestión por la pérdida de fiabilidad del capital en los correspondientes Estados, o cuando la debilidad global de estos abre las vías a una especulación financiera con esperanzas de beneficio a corto-medio plazo. Bancos Centrales e Instituciones Globales tienen un papel importante en la gestión del capitalismo financiero-especulativo, acudiendo en ayuda del capital, y haciendo recaer los costes –políticas de ajuste- sobre el conjunto de la sociedad.

Joseph Vogl (2017) en The Ascendancy of Finance señala como posible explicación de alguno de los procesos que caracterizan a la dinámica socioeconómica actual, la creciente supremacía de multinacionales ligadas a las nuevas tecnologías y a los mercados globalizados (lo que él llama empresa superstar) cuyos altos beneficios, asociados a una retribución pequeña del valor añadido al trabajo (salvo para los directivos y ejecutivos de estas empresas) derivada de las condiciones globales y tecnológicas incorporadas, y un elevado ahorro (muy superior a la inversión de estas multinacionales) explican en gran parte, tanto la creciente desigualdad de renta y riqueza, como una baja inflación salarial a pesar del descenso del desempleo; todo lo cual estaría contribuyendo al mantenimiento de los bajos tipos de interés reales y naturales, que a su vez mantienen unas valoraciones altas para las citadas multinacionales, que utilizan su elevado ahorro para la adquisición de nuevas empresas, concentrando de forma creciente la producción y la oferta en sus sectores de actividad. Aunque es evidente que el crecimiento de estas empresas es uno de los factores que explican los records continuados en los índices bursátiles norteamericanos, los temores a que un ascenso en los tipos de interés derivados de las políticas de reversión de la “expansión cuantitativa” de los bancos centrales principales, o de las crisis generadas en economías que obligan a tipos de intereses desproporcionados sean el origen de una nueva crisis cuya magnitud casi todos coinciden que puede llegar a ser muchísimo mayor que la de 2008, dada la elevadísima cifra alcanzada en la deuda pública global.

Pero a la inestabilidad y fragilidad económico-financiera actual, y a la incidencia de la actual Revolución Científico-Técnica en las condiciones de “destrucción creativa” socioeconómica, a la que nos hemos referido de forma más amplia en otros artículos, hay que unir la crisis ambiental.

En el recientemente publicado artículo de Aengenheyster, M., Feng, Q. Y., van der Ploeg, F., and Dijkstra, H. A. (30 de Agosto de 2018: The point of no return for climate action: effects of climate uncertainty and risk tolerance. Earth Syst. Dynam., 9, 1085-1095, https://doi.org/10.5194/esd-9-1085-2018, 2018), como recoge textualmente su título, la Tierra podría atravesar un punto de no retorno en el freno al calentamiento global hacia 2035, si no se cambia la forma y eficiencia de las actuaciones de los distintos Gobiernos contra el cambio climático. Según su modelización, para mantener con una probabilidad del 67% el calentamiento global por debajo de 2°C en 2100, sería imprescindible que las emisiones acumuladas de CO2 a partir de 2015 no superaran las 424GtC en 2035, lo que exige políticas donde la participación de la energía renovable aumente un 2% al año. Si el aumento se produce al 5% anual, el punto de no retorno se retrasa al 2045. Si queremos que la probabilidad de no superar los 2ºC sea del 95%, el punto de no retorno se producirá en 2022, salvo que se promuevan políticas de captura de carbono con emisiones negativas sustanciales hasta el final del siglo. Aspectos ambos difíciles de esperar con las políticas de EEUU. China, India, Rusia y Australia, por citar sólo algunos ejemplos sobre los que las noticas de este mismo mes de agosto nos señalan que sus políticas no van precisamente en esa dirección, salvo en el caso de China. Como botón de muestra, BP señala que por primera vez en el último cuatrienio se ha incrementado el consumo de carbón global, con el ejemplo paradigmático de India –segundo consumidor de carbón en el mundo- que lo incremento en un 4,8%; o en el nuevo Gobierno de Australia, con el nombramiento de Angus Taylor, un escéptico del calentamiento global que desestima el papel de las renovables apoyando al lobby del carbón, como nuevo encargado de la energía y el medio ambiente, siguiendo los pasos de Donald Trump en EEUU.

Cada vez es más claro que el calentamiento va a proseguir salvo que respuestas inesperadas y muy improbables de un sistema climático mundial todavía muy desconocido, dieran lugar a respuestas que cuestionaran el conocimiento científico actual. En caso contrario, lo más probable y evidente va a ser un calentamiento mucho más rápido y de consecuencias crecientemente más graves a las que sería prioritario y urgente responder con medidas de adaptación y resiliencia territorial y urbana. Las dos Figuras siguientes son suficientemente explícitas.

Crecimiento de la población, crecimiento del consumo energético y de materias primas y crecimiento de los residuos, emisiones de gases de efecto invernadero y contaminación son los factores que llevan a los decrecionistas, amparados en las leyes de la termodinámica, a señalar la inevitable crisis global que acabaría de forma catastrófica para gran parte de la humanidad, salvo que se inicie urgentemente una fase de transición que cambie el crecimiento en el consumo por decrecimiento, cuestionando radicalmente las bases de la sociedad de consumo capitalista en la que nos encontramos.

Ante la evidente radical inviabilidad de llevar a cabo políticas del tipo señalado, desde cualquier Gobierno -progresista o no- se plantea la necesidad de buscar soluciones pragmáticas que puedan llegar a ser viables desde ámbitos ejemplarizantes. Y en este sentido es oportuno repasar algunas de las aportaciones de Herman Daly, una de las figuras más sobresalientes de la teoría económica ecológica, particularmente en lo que se refiere a las “cuotas de agotamiento”, uno de cuyos ejemplos paradigmáticos podría asociarse a los mercados de emisión de CO2. Pero esto ya será objeto del artículo siguiente.